El astronauta
José Luis López Vázquez: ¡Qué disparate!
🌟🌟🌟🌟
Los actores españoles del siglo XXI ya se parecen muy poco a José Luis López Vázquez. Tanto que ya puedes confundirlos con europeos de verdad, tan altos como son, y tan estilizados, ligando con extranjeras tirando del inglés. Las nuevas generaciones se crían con muesli y con yogur desnatado y eso se nota mucho en los fenotipos.
Pero eso es en las pantallas de cine, claro, donde escogen al ganado: en la vida real, en La Pedanía misma, los paisanos de los bares siguen siendo más o menos como don José Luis: bajitos, calvetes, feotes, histriónicos, celtibéricos de pura cepa. Fuera de la televisión, la mezcla genética resiste los asaltos multiculturales como atrincherada en un cromosoma numantino.
José Luis López Vázquez era un actor genial y un trabajador incansable. Pero es que además, en los años 60 y 70, era uno de los nuestros. Él encarnaba como nadie al español medio, reconocible en cualquier lugar. Y la gente, cuando le veía en las películas, se identificaba con sus sueños y con sus manías. Sus personajes solían pertenecer a la clase media aspiracional, y en aquellos tiempos, la aspiración de cualquier españolito era forrarse sin dar golpe y tirarse a las suecorras en la playa. O sea, como ahora, pero sin apenas armamento, a pecho lobo descubierto, poniéndose de puntillas para disimular el 1’60 y tirando de retóricas imperiales y machirulas que siempre conducían al fracaso.
Lo cuentan en el documental, pero yo ya lo había leído: que cuando George Cukor trabajó con López Vázquez en “Viajes con mi tía” se quedó de piedra y le dijo a un periodista que ese tipo, si hubiera trabajado en Hollywood, habría ganado cuatro Oscars como cuatro catedrales de la Almudena. Cuentan que Cukor le invitó a su mansión de California para ver si le seducía con las palmeras y con los dólares, pero José Luis estaba demasiado apegado a Madrid, y a su público, y además le costaba mucho manejar lo del inglés.
El puto inglés... Aquí, en la época de López Vázquez, lo llamaban “el idioma de los bárbaros”, como un parloteo muy alejado de la cristiandad. Ahora todos presumimos de un nivel medio en su manejo. Ja.
Mi querida señorita
🌟🌟🌟🌟
No hizo falta que llegara la democracia -este régimen atado y bien atado que supervisa atentamente el IBEX 35- para que Jaime de Armiñán y José Luis Borau se atrevieran a contar la historia de una mujer sin deseo sexual -o más bien con aversión sexual- que tuvo que ir a un médico para descubrir que en realidad era un hombre. Todo son preguntas: ¿Adela Castro, además de afeitarse la barba y de patear el balón como si fuera Pirri en pretemporada, tenía un pene malformado, un clítoris atrofiado...? ¿Tenía una pareja de cromosomas XY que se puso a construir una mujer sin hacer caso de los planos? Nunca lo sabremos. En 1972 no se podía ir mucho más allá. Los Javis, hoy en día, nos contarían pelos y señales sobre el asunto: lo que hubo que cortar, lo que hubo que añadir, lo que se reconstruyó y luego se recosió... Un lujo de detalles que en el fondo nos da igual. Nos quedamos con la copla y seguimos avanzando.
“Mi querida señorita” es una película muy arriesgada. Tanto que a Mónica Randall se le ve un pezón cuando va a enseñarle a José Luis López Vázquez cómo se hace eso de follar. Es un detalle subrepticio, casi de darle al pause como hicimos con el DVD de “Instinto básico”. Lo dejo apuntado para los nostálgicos del destape y para los enamorados de doña Mónica -que jo, qué mujer.
Por cierto: entre “Mi querida señorita” e “Instinto básico”, que parecen películas rodadas en dos eras geológicas diferentes, sólo transcurrieron 20 años. Entre “Instinto básico” y cualquier proyecto en marcha de los Javis han pasado más de 30. El paso del tiempo es un bulldozer que va arrasando los años como árboles en la selva.
Sobre la actuación de José Luis Vázquez ya está todo dicho. No quiero ser redundante. La idea de Armiñán era rompedora pero también muy arriesgada. Del drama conmovedor al número de vodevil no hay más distancia que una ceja bien puesta o que una mirada convincente.
Usted puede ser un asesino
🌟🌟
Si matar saliera gratis nos pasaríamos la vida matándonos unos a otros. Solo los santurrones apelan a un principio moral para no conculcar el quinto mandamiento que nos enseñaron de pequeñitos. Menuda memez. No nos matamos porque no sabemos, porque no nos atrevemos, porque al final nos pillaría la policía, o porque pueden matarnos en el mismo intento de matar, o ser asesinados tiempo después en justa venganza. El ojo por ojo es sin duda lo que más acojona de todo: la espiral que no cesa. Pero son cuestiones de índole práctica, no razones etéreas que viven en las nubes. La ética es humo en el viento y los dioses tres cuartos de lo mismo.
Yo mismo, si tuviera el poder de la telequinesia y pudiera mover objetos con un golpe imperceptible de la ceja, causaría estragos en mi entorno más cercano: no quedaría, por ejemplo, ni un hijoputa de esos que van con el tubo de escape recortado, a todo lo que da, atravesando La Pedanía al triple de la velocidad permitida. Esa gentuza no merece vivir, pero con otro instrumento que no fuese la telequinesia mi crimen justiciero dejaría rastro, huella, pesquisa material para el CSI de Ponferrada. Y al final, claro, desisto del empeño.
“Usted puede ser un asesino”, reza el título de la película, y es una verdad tan grande como un templo. Pero usted, ay, no debe, o no le compensa. Y además, la película es una tontería. No le hagan mucho caso. Es un thriller criminal con música marchosa de Augusto Algueró, y eso no pega ni con cola. Jo, Augusto Algueró, qué recuerdos de la infancia... Ese señor gafapasta salía en todos lo programas de variedades de TVE dirigiendo la orquesta que acompañaba a los cantantes y a las cantantas. Fue el primer compositor musical que yo supe mencionar, mucho antes que Mozart o que Johann Sebastian. No sale en la película, pero le escuchas todo el rato.
La película es una pura ridiculez, ya digo. Yo venía envalentonado con José María Forqué después de ver “Atraco a las 3” y me estrellé. Ni López Vázquez ha sido capaz de calmar mi irritación y sosegar mi aburrimiento, o viceversa.
Atraco a las 3
La prima Angélica
🌟🌟🌟
La ciudad de mis recuerdos
infantiles no es Segovia, sino León, aunque se parezcan mucho en lo reseco de
sus alfoces. Además, cuando voy de visita, y me asaltan los recuerdos por la
calle, o por los rincones de la casa, yo hago nostalgias de un tiempo mucho más
cercano, los años 70 y primeros de los 80, no aquellos años de la Guerra Civil
en los que Luis se enamoraba de su prima Angélica a escondidas de la familia y
de los curas.
Pero la película me vale.
Me la creo. También ayuda mucho que José Luis López Vázquez te valga igual para
hacer de niño enamorado que de hombre maduro; de pionero transexual que de
señor Quintanilla siempre a su servicio. Cada vez que le veo me acuerdo de lo que
dijo George Cukor sobre él: que si hubiera nacido en Wisconsin habría ganado cuatros Oscar en Hollywood e incluso más.
Lo que le pasa a su
personaje cuando regresa a Segovia es lo mismo que me pasa a mí cuando voy a
León. Que vuelvo a ser niño, y revivo todo lo que viví con mi cuerpo de hombre,
o de hombretón, ya pasada con mucho la mitad de la biografía. Es esa misma
experiencia de ver fantasmas por las esquinas, escenas revividas, y filmaciones
tridimensionales, que se proyectan por aquí y por allá como en un festival de
cine callejero en el que tu infancia fuese la temática principal. Un revival, o una
retrospectiva, que la ciudad te dedica a modo de homenaje.
Yo no tuve una prima
llamada Angélica, pero sí otros amores de barrio, huidizos y avergonzados, bajo
el escrutinio de los crucifijos omnipresentes. El posfranquismo que yo viví
era, en esencia, el mismo franquismo inaugural: curas dando po’l culo en todos
los sentidos y militares guardando las esencias de la patria. Mucha represión,
mucha culpa, mucha mandanga. Y mucho sufrimiento en los niños enamorados. Y yo
también fui un niño enamorado.
Peppermint Frappé
🌟🌟🌟
El problema irresoluble
de la humanidad es que todo el mundo quiere follar. La fealdad no anula el
ímpetu de los instintos, y eso provoca desequilibrios en el mercado porque los
feos, de entrada, no se resignan a entroncar con sus semejantes en la fealdad. Todos
anhelamos la compañía de la belleza porque la belleza de nuestra pareja nos
distingue y nos ennoblece. Nos da un estatus superior y nos endereza un poco al
caminar. Y no hay nada turbio ni superficial en ese anhelo: simplemente es un
instinto contra el que no se puede batallar.
Es por eso que los feos nos
hemos inventado la “belleza interior”, para que lo intangible equilibre lo
tangible. Para que el sentido del humor, la cultura, la inteligencia... el aura
inexplicable, nos conceda una oportunidad de aspirar a la gran belleza, la que
no necesita subterfugios ni eufemismos. La que es evidente por sí misma, instintiva
y natural. La que entra por los ojos y se agarra a las tripas en un santiamén. La
que no necesita un procesamiento mental que siempre tiene algo de circunloquio.
Luego, a los feos, la
vida nos va poniendo en nuestro lugar. A veces tenemos una suerte de la hostia
-a mí me ha pasado- pero son habas contadas en realidad. Conocer tu lugar en el
ecosistema es un proceso más o menos
largo y doloroso. Una universidad de la vida, como dicen por ahí. Al final
sales de la carrera con una nota de expediente que no es exacta ni cerrada,
pero con la que más o menos sabes a qué atenerte. La mayoría recuerda lo
aprendido y ya no se lleva grandes desengaños. Pero otros, como Julián en “Peppermint
Frappé”, no terminan de asumir su rol en
el escenario, y se llevan unas hostias como panes. Enamorado hasta las patillas
de Geraldine Chaplin, Julián se mira al espejo y quizá no se ve. O sí se ve, pero
prefiere rebelarse contra la suerte cochina y la dictadura de los genes. Una
batalla perdida, en cualquier caso, y una neurosis garantizada.
El verdugo
“El verdugo” fue aplaudida por el antifranquismo como una
comedia negra que protestaba contra la pena de muerte. La crítica escribió que
la película era una excusa muy hábil para retratar la inmoralidad de las leyes, y la podredumbre del sistema, y que Azcona y Berlanga eran dos tipos muy listos
que habían liado a los censores con los escarceos sexuales mientras cebaban con pólvora los cañones de la pena capital.
Es indudable que Azcona y Berlanga se
posicionan contra la pena de muerte en "El verdugo", y que dejan caer su crítica en un par de líneas
de diálogos “inocentes”, aparte de lo grotesco de las situaciones. “Yo pienso
que todo el mundo tiene que morirse en su cama...”, dice el personaje de Nino
Manfredi. Pero tengo la impresión de que Azcona y Berlanga sobrevuelan lo
espinoso como queriendo pasar rápidamente a lo sustancial, que es otra cosa. Me
da -es un pálpito, una lectura quizá demasiado personal- que en “El verdugo” se
ponen más antropólogos que políticos, más biólogos que filósofos, y que lo que
les interesaba de verdad era hablar de la maldición del trabajo, y del hombre
atrapado en el matrimonio. De la suerte que le espera al homínido que se deja
llevar por los instintos genitales y luego se ve atrapado en las
responsabilidades derivadas.
Que Franco era un militar carnicero o que la pena de
muerte era una práctica del Medievo son dos evidencias que no necesitaban mayor
explicación. Azcona y Berlanga, más inteligentes que todo eso, dan el asunto
por archisabido y lo utilizan como telón de fondo para narrar una historia de
pobres que se enamoran. Aquí lo que importa es que hay un piso precioso en
Madrid, amplio, luminoso, con vistas a la sierra de Guadarrama, y que si José
Luis Rodríguez -que no es el Puma, sino un pobre desgraciado- no hereda el
oficio de su suegro, todos tendrán que regresar al piso de mala muerte a
malvivir de su parco sueldo en la funeraria. Un asunto socioeconómico, en un
último término, si es que en la vida hay algo que no sea socioeconómico. La
infraestructura, y la superestructura, que explicaba el abuelo Karl.
Plácido
🌟🌟🌟🌟🌟
La escena más sangrante de “Plácido” -y mira que hay escenas
sangrantes en “Plácido”- llega cuando un pobre tiene que repartir su cesta con
otro pobre y se niega. Es Nochebuena, sí, y ha nacido el niño Dios, pero da
igual. Que le den morcilla, si acaso, al pedigüeño. Haber estudiado, o ponte a
trabajar, o mira, directamente, que te den por el culo, como diría doña Espe
muchos años después ante el pelotón de los micrófonos. Y digo doña Espe porque esa
mujer, que sigue siendo la musa del darwinismo social, hubiera quedado perfecta
como presidenta del Comité de Caridad, con su sonrisa de falsa y su alma putrefacta.
En manos de Azcona y Berlanga la escena del pobre parece un
chiste, y además el que hace de agarrado es Manuel Alexandre, clavando como
siempre al bobalicón. Te ríes mucho con su egoísmo de miserable, con su mala
uva de proletario insolidario. Pero en realidad no te ríes, te escalofrías, como sucede en toda la película. “Plácido” parece un desmadre, una comedia, una
astracanada en la que salen cuatro majaderos y toda su parentela. Pero en
realidad es la lucha de clases a pie de calle, en acción, marxista que te
cagas. Es la caridad frente al deber del Estado. Los corazones usurpando las
funciones de la rectitud. Un capricho y un descalabro. Es Amancio Ortega con
cenas de Navidad, en lugar de con mamógrafos para hospitales. Sentar un pobre a
tu mesa de Nochebuena da para estar diseccionando politologías hasta las tantas de la mañana.
“Plácido” es una obra maestra que no deja títere con cabeza. Nadie
se salva. A lo ricos ya los dábamos por descantados en su sociopatía y en su
cinismo. Por ahí no se aprende nada. De la Nochebuena de “Plácido” a la
Nochebuena de Felipe VI dando la matraca con la decencia de los pudientes no
existe gran diferencia. Ahora los pobres están más recogidos y mejor
disimulados, eso sí. Algo hemos avanzado. Negarlo sería de necios. Pero los
pobres tampoco salen bien parados de la película. Por eso el abuelo Marx gritó
ante todo que nos uniéramos. Que eso era lo primero. No le hicimos ni puto caso
y así nos va.
Todos a la cárcel
🌟🌟🌟
Berlanga, sin Azcona, era como Butragueño sin Hugo Sánchez;
como Cansado sin Faemino; como el Dúo sin Dinámico... Buenos en lo suyo, pero
sin mordiente. Oliver sin Hardy, Oliver sin Benji, Esteso sin Pajares, que me he
quedado sin más Olivers... Cumplidores, pero romos. Profesionales, pero alejados
de la genialidad. Berlanga, al igual que ellos, tuvo que encontrar una pareja
de baile para soltar los pies y echar a volar.
Antes de conocer a Rafael Azcona en los cafés de Madrid,
Berlanga rodaba películas amables, divertidas, precuelas hispánicas y grises de
Modern Family. Después de conocer al diablillo de Logroño -que ya había
sembrado de maldades las películas de Ferreri- Berlanga trascendió su cuerpo mortal
para rodar una obra maestra tras otra: películas cargadas de mala leche, ácidas
como pomelos, incisivas, inteligentes, inmisericordes con la miseria moral de
los humanos. Estos dos tunantes nos desnudaron. Nos enseñaron que la comunicación
humana es posible -de hecho se da a todas horas- pero el entendimiento no. Que
todos hemos venido a hablar de nuestro libro, como decía el otro. Que siempre
hay alguien jodiendo los diálogos, las escenas, las reuniones, los besos... Que
llevamos la chapuza no como un hábito adquirido, sino como un fragmento de ADN
fundamental. Que somos egoístas, cicateros, pesados, plomizos, a veces
absurdos, pero que la civilización nos ha enseñado a disimular cojonudamente. A
veces... Todo eso nos enseñaron Azcona y Berlanga trabajando codo con codo,
meninge con meninge.
Todos a la cárcel, ay, es Berlanga sin Azcona. La fase
última de su filmografía. La película está bien, pero no es lo mismo. Donde no llega
Azcona ponemos una pedorreta, un cagarro, un mecagoendiós y todo solucionado.
Te ríes, pero echas de menos al logroñés. Todos a la cárcel es Marianico
el corto y el señor Barragán. No queda ni rastro de los Monty Python, que eran
otros denunciantes sanguinarios de nuestra estupidez, entre risas y tal, con muchos
gags inolvidables.
Nacional III
🌟🌟🌟🌟🌟
Por La Pedanía pasa la N-VI que ahora llaman N-6, no sé por
qué. Le han quitado el número romano para ponerle uno arábigo que a veces,
imagino, despista a los conductores, y tal vez les pone mirando a Cuenca, o a
La Meca. No sé si es una política cultural o un rediseño del estilismo. A saber...
En tiempos del marqués de Leguineche aún no habían construido
la autopista que sortea la orografía con viales de mucho vértigo. Así que ese
tunante, y la tunanta de su familia, habrían tardado muchas horas en llegar a La
Coruña, cargados con su maletín. Y además para nada, porque ellos querían
evadir los capitales por la vía francesa, y para eso solo les valía la N-I o la
N-II, que son las que acercaban -y siguen acercando- al delito financiero. Ni
siquiera les hubiera servido la N-III, que da título a la película, pero que
termina en Valencia y luego en el mar Mediterráneo. Y así hasta Estambul.
La película se titula “Nacional III” porque es la tercera
parte de la trilogía de los Leguineche, y cuando en la radio, y en los podcasts,
y en las revistas culturales o culturetas, se ponen a discutir por la mejor
trilogía de la historia -que si la primera de Star Wars, que si los Padrinos,
que si la Trilogía del Anillo, que si aquella tristeza infinita de Kieślowski...-,
yo, con mi humildad de cinéfilo provinciano y provincial, siempre protesto por
la no inclusión de esta cachondada tan celtibérica y poco exportable. Las
películas de Azcona y Berlanga nunca rompieron la taquilla mundial, pero que ni
falta que les hacía.
Lo normal, para estas cuatro líneas que me quedan, sería
hablar de la evasión de capitales, que cuarenta años después sigue siendo un deporte
exclusivo de clase alta, como el polo, o la caza del rojo. Pero prefiero aprovechar
el espacio para pedirle a ese internauta que tiene por nick “Marqués de
Leguineche”, que si algún día se aburre, y lo deja por otro, me lo preste.
Estoy muy contento con este de Augusto Faroni, tan literario y tan personal,
pero las canas que crecen, y la rijosidad que no decrece, me están dando un
aire a Luis Escobar que quedaría cojonudo en Second Life.
Patrimonio Nacional
Como vivo en provincias, la primera vez que oí hablar del
Palacio de Linares fue cuando el asunto aquel de las psicofonías, que la verdad
es que acojonaban. Todos los ateos sabíamos que era un fraude colosal -como
luego se demostró-, pero nos reímos mucho con la movida, y recordamos nuestras propias psicofonías de la adolescencia,
cuando íbamos con el radiocasete al parque que antes fue fosa común y cementerio
de represaliados, a las doce de la noche, en el verano sin deberes ni obligaciones, a ver si captábamos el susurro de un alma en pena que nos hiciera cagar en los pantalones, pero nos catapultara a la fama, y nos
convirtiera en héroes de acción ante las chicas del barrio, que siempre fue el
objeto primordial de todo lo que hacíamos (casi como ahora).
Yo no sabía entonces que Berlanga había rodado “Patrimonio Nacional” justo en el palacio maldito, donde al parecer vagaba el espíritu de una niña concebida en incesto y luego asesinada. Donde además dicen que se fusiló a mansalva en tiempos de Napoleón o de la Guerra Civil. Un palacio que cambiaba de dueño cada vez que se oía el chirriar de una puerta o el crujir de una madera. Azcona y Berlanga, en 1981, aprovecharon un interregno del palacio cerrado, a la espera de una venta, para meter allí a toda la troupe del marqués de Leguineche, que venía del exilio rural para instalarse en la Villa y Corte a hacerle zalamerías a Juan Carlos I de Borbón, el rey pre-emérito.
La familia del marqués de Leguineche produce rechazo moral en el espectador, angustia de bolchevique, pero no puedes evitar la carcajada porque en el fondo son listos, atravesados, pesados, rijosos, tunantes, vividores, sólo imbéciles a medias. Yo, al menos, me descojono con sus trapisondas. Pero luego, al terminar la película, me dio por pensar que todos ellos – José Luis López Vázquez, Mary Santpere, Luis Escobar, Agustín González, Luis Ciges, Berlanga, Azcona...- ya son fantasmas que habitan otra planta del palacio. Que ya están todos muertos, y nunca volverán. No sé si sus apariciones en mi televisor podrían llamarse “videofonías”, o “psicovidencias”.
La escopeta nacional
En 1978, Azcona y Berlanga decidieron que ya podían reírse
del franquismo sin peligro. Llevaban veinte años riéndose de un modo simbólico,
subrepticio, metiendo escenas de petting para que los censores se escandalizaran
y las cortaran, y no se fijaran en lo demás. Sus películas anteriores fueron
radiografías del enfermo, chequeos del paciente, pero ahora, con el régimen de
cuerpo presente, tocaba hacer un examen exhaustivo de sus vísceras. De sus
entresijos intestinales.
Y lo que salió a la luz fue una inmundicia muy nutritiva, de
alto valor humorístico. “La escopeta nacional” es una película sobre Franco
pero sin Franco, porque el Caudillo era un personaje tan tétrico que no cabía
ni de secundario en esta cuchipanda. Sí eran muy risibles, en cambio, sus
ministros, sus lameculos, sus tecnócratas de las gafas y sus opusdeístas del
librito. La flora y fauna del régimen que se reunía en las cacerías para
asestarse puñaladas, coger sitio en las fotos y dejar muy claro qué comisión se
llevaba cada uno.
Jaume Canivell, el empresario que llega a la
finca de los Leguineche para vender sus porteros automáticos, aprenderá a
fuerza de vejaciones que en estas cacerías no se dirime el bien común de la
patria, ni el justo margen del comerciante. Envueltos en la Bandera, protegidos
por el Ejército y bendecidos por la Iglesia, a los prebostes del régimen les
importa un bledo que el portero automático traiga el bienestar a los hogares o
cree nuevos puestos de trabajo. A ellos sólo les importa su parte, y la parte
del amiguete, y joderle la parte al rival que ahora mismo está mejor visto en
El Pardo.
Azcona y Berlanga eran muy largos, y muy cínicos, y sabían
que la historia tiende a repetirse. Por eso despiden la película sin
despedirla, porque Franco estaba muy muerto, pero el franquismo no. Años
después supimos que esta recidiva bacteriana se llamaba “franquismo sociológico”.
Estos sociópatas se hicieron resistentes
a los antibióticos y ahora están aquí de nuevo, de cacería, conspirando,
amañando, señalando objetivos con la escopeta. Que Dios -que es de derechas-
nos pille confesados.
Moros y cristianos
🌟🌟🌟🌟🌟
Todas las películas de Azcona y Berlanga son esencialmente la
misma: el personaje principal desea conseguir algo y a su alrededor se
confabulan los estúpidos para ponerle una zancadilla. A veces, demasiadas, el estúpido es el personaje principal, pero él no se da cuenta.
Algunos desgraciados, como Plácido con su motocarro, o
Canivell con sus porteros, salvan la jornada a costa de volverse casi locos. Otros,
como el verdugo que no deseaba ejercer, o el bancario que no quería casarse,
fracasarán en su lucha liberadora, y vivirán existencias muy tristes más allá
del “Fin” anunciado por el rótulo. Pero aquí, la verdad, en Moros y cristianos,
los turroneros se quedan en un limbo difícil de definir. Al final logran
promocionar sus productos, pero por el camino se dejan un muerto, muchos
dineros y la dignidad pisoteada de los apellidos: Planchadell, el de los
listos, y Calabuig, el del tonto, que son sustituidos en los cartelones por una
familia anglosajona muy alejada de Jijona.
Alrededor de los
personajes azcona-berlanguianos pulula una nube de moscas cojoneras que jamás
aportan nada y siempre andan molestando. Son los amigos, los familiares, los
extraños..., gentes que jamás escuchan a nadie y sólo están esperando su turno
para colocar su rollo más o menos pertinente. Las películas de Azcona y
Berlanga son, básicamente, el grito de Francisco Umbral en aquel programa de la
Milá, donde exigió hablar de su libro tras tanto escuchar a los demás.
Toda esta filmografía -quiero decir- es un estudio sobre la
incomunicación humana. Cuando me sumerjo en las tramas, no noto fractura entre
la realidad y la ficción. Cambia el contexto, pero la fauna es exactamente la
misma que me encuentro por la vida. La vida, más allá de la tele, también está
poblada por un ejército de incapaces, de pesados, de neuróticos, de egoístas,
de pendencieros, de tarados, que salen cada mañana de sus trincheras para tomar
posiciones en las colinas. Yo me creo Moros y cristianos a pies
juntillas, con sus peseteros y sus liantes, sus imbéciles y sus salidos, sus
mendrugos y sus aprovechados. Y me meo de la risa. Quizá porque yo también tengo
lo mío...
¡Vivan los novios!
¡Vivan los novios! es quizá la película más minusvalorada del dúo Azcona-Berlanga. Y a mí- siempre tan raro, pero no por vocación, ni por afán de destacar, sino porque simplemente soy raro- me parece de las mejores.
Un millón en la basura
Si yo -como José Luis López Vázquez en la película- me encontrara un millón de euros en una maleta, abandonada en una papelera, y en ella hubiera una tarjeta que señalara a Fulano de Tal y Tal, banquero de profesión, empresario en sus ratos libres, como dueño del botín extraviado, me iban a ver a mí, por las narices, en la comisaría más cercana de mi pedanía...
Tres de la Cruz Roja
Por el año del Señor de 1961 -que hacía el número 22 en el calendario de la Victoria- el gobierno de los militares encargó una película para hacer publicidad de la Cruz Roja Española, que era un cuerpo de voluntarios que ahorraba mucho dinero a las arcas del Estado. Como los chavales que hacían la mili, o como los rojos que penaban en la cárcel. Lo que pasa es que a la mili te llevaban a punta de bayoneta, y a la cárcel con cuatro hostias soltadas tras la manifestación, pero para ingresar en la Cruz Roja tenían que seducirte o liarte de mala manera. El placer gratuito de servir a la Patria y de socorrer a los compatriotas quizá era suficiente para los campeones de la españolía, pero poca cosa, pura retórica, para el común de los mortales, más apegados a los placeres concretos de los sentidos. Y para los mocetones de la época, como para los mocetones de ahora, que en eso no influye vivir bajo el nacionalcatolicismo o bajo el parlamentarismo, los dos reclamos infalibles, irrenunciables, las flautas mágicas del flautista de Hamelín, eran el sexo y el fútbol.
El cochecito
Todas las mañanas de escuela, cuando saco a mi perro Eddie para mear, me encuentro con una vecina que lleva su hijo al colegio. En coche. Sólo trescientos metros separan su domicilio del centro escolar, y el chaval, ya crecidito, no padece ninguna minusvalía física que yo sepa, ni ningún sentido trágico de la desorientación. El primer día que los vi pensé: "Será que está buena mujer va a trabajar a la misma hora, o que el colegio le pilla justo de paso para hacer los recados..." Pero no hay tal caso. A los cinco minutos exactos, ella, invariablemente, sin más propósito que haber hecho el recorrido escolar, ya está de vuelta en su portal. No hay que ser Sherlock Holmes para deducir que esa familia es un poco disfuncional, muy poco ecológica, y que lo del coche es un vicio adquirido como cualquier otro. Siempre que los veo subirse al coche, gravemente, como si fueran a emprender un largo viaje hacia las Chimbambas, me acuerdo de aquella frase que escribió Bukowski en sus diarios cuando conoció las escaleras mecánicas en unos grandes almacenes:
El pisito
A finales de los años 50, en Madrid, cuando todavía no habían desembarcado las suecas para sonrojar a los biempensantes, se cruzaron los periplos vitales de Rafael Azcona, exiliado de Logroño, y Marco Ferreri, exiliado italiano que vendía objetivos fotográficos. Azcona y Ferreri se conocieron en los cafés literarios, en los mundillos de la cultura, y rápidamente se descubrieron como personalidades afines, proclives al humor negro y al retrato vitriólico. Entre que Azcona buscaba nuevas formas de expresarse, y que Ferreri siempre tuvo interés en hacer cine, los dos amigos -uno que jamás había escrito un guión y otro que jamás había dirigido una película- eligieron un relato del propio Azcona y lo convirtieron en El pisito, que es una película que parece del neorrealismo italiano pero que está filmada en Madrid, y que contiene una carga de mala leche que hubiera espantado a los mismísimos Rossellini o De Sica.
Pero ay, de los pobres. que siempre fracasan en sus planes enrevesados y algo malévolos, porque doña Martina, rejuvenecida por el matrimonio, se resiste a abandonar este cochino mundo, y ese decadente piso, y Petrita y Rodolfo, resignados a su perra suerte, tendrán que seguir contando los días en el calendario mientras se vuelven más viejos y más gordos, más feos y más tristes, y el antiguo amor empieza a evaporarse siguiendo las rigurosas leyes de la edad.
El turismo es un gran invento
En El turismo es un gran invento, Benito Requejo, que es el alcalde de Valdemorillo del Moncayo, has a dream durante una noche de pesada digestión, y a la mañana siguiente, iluminado como Juana de Arco, convoca al vecindario para exponer su plan de desarrollo: convertir el pueblo en un gran centro turístico.
Con estos argumentos irrebatibles, los vecinos tragan, las ilusiones se disparan, y en lo que ahora se llamaría un crowfunding -y que antes se llamaba suscripción popular- todos ponen un dinero para que don Benito y el secretario se vayan a la costa a estudiar las cosas del turismo. O lo que es lo mismo: alojarse en hoteles muy caros, tostarse los callos en las piscinas y sobre todo, por encima de cualquier estudio de mercado, departir con las extranjeras que por allí se exhiben, tan distintas a las cejijuntas y bigotudas que se han quedado en Valdemorillo rezando los rosarios y bailando las jotas.











