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Backrooms

🌟🌟🌟


La próxima vez que vea un cargo excesivo en la factura eléctrica voy a cagarme en los pantalones. Ya no valdrán las explicaciones habituales: que me he excedido en el uso, o que me está robando la compañía. Que un portaaviones americano está sembrando el pánico en Oriente y el sector energético se ha vuelto turulato. Después de ver “Backrooms” ya nada será como antes. Abrir la factura de la luz será como abrir el resultado de un análisis clínico, o el Whatsapp de una amante despechada. Más allá de una cifra razonable, empezaré a pensar que al otro lado de mi pared hay un mundo de locos que me está chupando la energía y cargándola en mi cuenta. Una cuarta dimensión poblada de ladrones a la que se accede como hacía Homer Simpson en su episodio: traspasando la pared como si fuera una cortina de leche que no mancha.

“Backrooms” parte de una idea original y luego aburre a las ovejas. No hace falta llegar hasta el final para anticipar que nada de lo que ves tiene sentido o congruencia. O sí, pero un sentido delirante, de esos que luego buscas en internet y producen delirios más locos todavía. En el caso de “Backrooms", ellos, los exégetas, dicen que si la física cuántica o no sé qué... Hay gente para todo. “Backrooms” es una parida mental y punto pelota. Muy original, subyugante a ratos, pero una parida. Hay quien dice que no necesita explicación, que basta con dejarse llevar por la experiencia y ya está. Pues vale. Yo no soy de esos: yo tengo un déficit cognitivo que me obliga a encontrar un hilo argumental. ¿”Backrooms” habla de un proyecto secreto del gobierno, de una epidemia de esquizofrenia, de un universo alternativo que vive tras el pladur? Supongo que ya nunca lo sabremos. 

Pero da igual. ¡Sursum corda! La mujer que pasea por el laberinto es Renate Reinsve y para mí eso ya es suficiente. Yo piso por donde pisa Renate sin rechistar, como un amante platónico, o como un niño tras el flautista, aunque el argumento termine en una alcantarilla tan sucia como indescifrable. 




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