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Tengo miedo de que Sorrentino no vuelva a rodar otra película como “La Gran Belleza”. Pero si lo hace, será otro santo del calendario, porque los santos necesitan al menos dos milagros acreditados, y no uno solo como los beatos olvidados. “La Grazia” es como todas las películas que han venido después de Jep Gambardella: hipnótica y extraña, excepcionalmente hermosa, pero no es un acontecimiento único en nuestra cinefilia.
Es cuestión de gustos, claro, y más todavía si hablamos de Paolo Sorrentino, que es un cineasta como el patio de mi casa: particular. Sorrentino, si lo piensas bien, es un creador muy parecido al mismísimo Creador: luminoso pero hermético; original pero falible; descifrable o indescifrable según el poema que componga. Todavía no sé si Sorrentino, al igual que Dios, es más profundo de lo que parece o si solo disimula la falta de profundidad con imágenes maravillosas. Da igual. Non mi dispiace. Sus películas siempre son aire fresco. Un recreo de la mirada. El (puto) teléfono móvil ya no existe cuando entras en su mundo.
Si la gracia es, como dicen en la película, la belleza de la duda, yo todavía no vivo en gracia de Dios ni en gracia de los hombres. Y mucho menos en gracia de las mujeres. Aún tengo certezas arraigadas: la lucha de clases y la corrupción de la Liga sólo son las más comentadas en este confesionario. Pero hay muchas más. Aún no he alcanzado la amplitud de miras ni la ecuanimidad del pensamiento. Si sólo es cuestión de hacerse viejo, estoy en manos de la suerte; y si es cuestión de nacer con los genes adecuados, tres cuartos de lo mismo. En cualquier caso no tengo que esforzarme: que la gracia venga o no venga ya está escrito en mi destino. Tampoco sé si será una bendición lo que se pose sobre mi cabeza. La Gracia se parece mucho al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo no es un ente confiable.
