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La maldición de Widow's Bay. Temporada 1

 🌟🌟🌟


La Pedanía, si la observas de cerca, se parece un poco a Widow’s Bay. No es una isla remota, pero sí un enclave singular. No voy a decir que un lugar maldito, pero sí, desde luego, una reserva espiritual. Por aquí también rondan los fantasmas de los antepasados y las deidades politeístas: hablo de los santos, y de las santas, que se ponen a enredar cuando menos te lo esperas. 

Cada vez que acontece una desgracia -un motero que se estampa, un bebedor que se resbala, un cazador que se automutila- los creyentes se santiguan y acuden a los altares. “Nos ha caído una desgracia”, se lamentan las beatas. “La Virgen anda enfadada por culpa de nuestros pecados”, se dicen los meapilas. O: “Ha sido el señor Ambrosio, que se levanta de su tumba porque se fue sin concretar…”. Son una minoría, pero tienen un altavoz estruendoso que es la campana de su iglesia. Sucede un poco como en Widow’s Bay: algunos nos reímos de ellos y otros no se ríen por si acaso. Es la eterna lucha entre creyentes e ilustrados. Si monsieur Voltaire regresara de los muertos no terminaría  de asumirlo.

Ésa era, al principio, la gracia de la serie: la lucha de un alcalde racional contra su electorado supersticioso. Su afán por mantener el espíritu científico a costa de perder las próximas elecciones. Había humor, refriega, hechos ambivalentes... Pero la tensión filosófica dura muy poco, más o menos cinco episodios. A partir de ahí,  "La maldición de Widow's Bay" se decanta por el mundo metafísico y ya todo son sustos y golpes, chirridos y pesadillas. El despliegue habitual. Pirotecnia y bostezo. Café para cafeteros. No me interesa en absoluto. Ya anuncian una segunda temporada la mar de tenebrosa. Estupendo.




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The Americans. Temporada 1

🌟🌟🌟🌟

Estuve muchos meses remoloneando con The Americans, deshojando margaritas siberianas con la hoz afilada y el martillo de minero. Mi disco duro es como la sala de urgencias de un hospital, que va tramitando los casos no por orden de llegada, sino por la gravedad de la lesión. Y antes de llamar por megafonía a los espías soviéticos había muchas series inaplazables, porque las quitaban del pago, o porque los amigos demandaban, o porque la apetencia, sin más, imprevisible y caprichosa, iba concediendo la oportunidad a otros seriales. Hasta que un buen día, mi cuñado balear, que es de un gusto mujeriego exquisito -aunque algo tendente a los pechos excesivos- me habló en términos muy laudatorios de la actriz principal, y fue entonces cuando The americans se saltó todas las listas de espera. 

     La muchacha se llama Keri Russell, en la vida real; Elizabeth Jennings, en el registro ficticio de los americanos; y Nadezhda, a secas, que es un nombre precioso que sabe a estepa en verano y a nieves en invierno, cuando deja de fingir y regresa a sus recuerdos de la Madre Rusia, a la que sirve fielmente en territorio enemigo mientras compra en el hipermercado, ve la tele en colorines y maneja los modernos electrodomésticos. Y finge, por las noches, con marxista resignación, un matrimonio ideal con un pazguato que también es espía ruso, y también se sacrifica por sus compatriotas mientras come perritos calientes, bebe Budweisers refrigeradas  y anima con la gorra vuelta a los Yankees de Nueva York. 

    Eso sí, para ganarse el sueldo, y quién sabe si una futura medalla de la Orden de Lenin, nuestra Nadezhda las pasa canutas en cada episodio, y cuando no tiene que hacer de francotiradora, o de luchadora de kárate, o de experta en explosivos, ha de manejarse con el cuchillo o conducir a toda hostia por las calles. O liarse a patadas voladoras con las huestes torponas del FBI, que no sé por qué, siempre acuden a las refriegas con gruesos abrigos que entorpecen sus movimientos, mientras que ella, nuestra guapérrima comunista, tiene un fondo de armario con mucho ropaje de ninja y mucho perifostio de camuflaje.

    La serie, como se ve, es un poco pasote, y en los trece primeros episodios nuestra Nadezhda y nuestro Mischa -como el osito- ya han salvado el pellejo las mismas veces, y han impedido la escalada nuclear entre ambas superpotencias otras tantas. Peccata minuta, en todo caso, porque The Americans es sumamente entretenida, y porque Nadezhda, efectivamente, es una mujer bellísima que bien vale las trece misas de guardar.
 




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