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El ser querido

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Antes de que apareciera la bola negra rodando por el horizonte, “El ser querido” iba a ser la película española del año: la ganadora de los Goya, y nuestra embajadora en California. Sorogoyen y Vicky Luengo –lo recuerdo perfectamente- recorrían las emisoras de radio y los talk-shows de la televisión, siempre sonrientes y didácticos, mientras Javier Bardem, allá en Ítaca, abrazado a Penélope, desbrozaba el desembarco en las Américas. 

Yo me moría de ganas por ver la película porque soy muy de Sorogoyen, y sobre todo de Bardem. También de Vicky Luengo, en lo profesional y en lo inconfesable. Pero como ya nunca voy al cine porque las salas han sido tomadas por los bárbaros, y porque no hay ninguna señorita que me presione en aras del amor, he tenido que esperar hasta hoy para ver “El ser querido” en un pirateo de calidad incuestionable, indistinguible del original. De todos modos, la van a poner dentro de poco en Movistar +, y yo, esa cuota sí que la pago religiosamente.

Han pasado apenas dos meses desde aquella ubicuidad y es como si hubieran pasado dos años, o dos décadas. Ya nadie habla de “El ser querido” en el foro de la ciudad. Y si hablan, ya no les viene el título exacto a la lengua: “Sí, coño, ésa, la última de Sorogoyen...”. 

“La bola negra” -que también vino en el último cargamento procedente de Maracaibo- es como un agujero negro que se ha comido el resplandor de todo lo demás. No sé cómo será la película de los Javis, porque aún no la he visto, pero dudo mucho que esta absorción de la materia esté del todo justificada. “El ser querido” me ha dejado tocado y pensativo. No es perfecta, desde luego, pero que le den por culo a la perfección. Cuando Bardem tuerce el gesto y Vicky Luengo se lo sostiene, aquí se produce una tensión cósmica de dos planetas en colisión. No hace falta ser padre, o hija, para entender este fenómeno astronómico. Pero ayuda mucho, desde luego, como es mi caso. 




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Antidisturbios

 🌟🌟🌟🌟🌟


A veces basta con ver medio episodio de una serie para saber que no va contigo. A veces, como en Antidisturbios, bastan tres minutos para saber que has dado en el clavo y que ya vas a engancharte hasta el final, a pesar de las sospechas iniciales, de los recelos del bolchevique que esperaba la primera excusa para darle al stop y recular.

    Porque yo, la verdad, venía a Antidisturbios sin mucha confianza, sólo porque un amigo me la recomendó la última noche de los bares, antes de que los cerraran, y porque en los títulos de crédito figuraban Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña, aunque eso último que perpetraron en Madre no tenga perdón de Dios. Mi pedrada con Antidisturbios es que nos las iban a endiñar, los del gobierno, ahora que la cosa se pone cruda en lo económico, y que las calles se llenarán de pobres a los que habrá que meter otra vez en vereda porque se manifiestan andando y no en coches, y sin portar banderitas rojigualdas. Y dentro de nada, los catalanes, ya cíclicos como la gripe, a los que también habrá que reconducir cuando se empeñen en votar, ¡en una democracia!, que dónde se habrá visto semejante despropósito.

    Tenía yo la imagen clavada del Jefazo de la Policía que en las ruedas de prensa de Fernando Simón, allá por la primavera, salía junto al generalote y el picoletísimo como diciendo: llevamos cuarenta años sin salir al recreo y ya nos tocaba disfrutar un poquitín. ¿Y si Antidisturbios -pensaba yo- fuera una campaña de blanqueamiento? ¿Una cosa de Movistar + subvencionada por el gobierno para reclutar jovenzuelos como hacen los americanos cuando emprenden una nueva guerra, y cantan las bondades de su ejército en las películas belicosas?

    Pero no, no hay nada de eso en Antidisturbios. Ni siquiera se aborda la cuestión. Esto va de otra cosa. Todo es gris, contradictorio, ambivalente, en sus personajes. En los que hacen de antidisturbios y en los que no. Aquí te tratan como un espectador inteligente, que puede sacar sus propias conclusiones. Aquí no hay santos ni bestias, ni buenos ni malos: sólo gente que hace su trabajo y que tiene muchas debilidades, y un sueldo que perder, como todo hijo de vecino. Bueno sí: hay unos malos impepinables, que son los corruptos de toda la vida, los del traje y la corbata. Esos cabrones que hacen la pasta gansa a costa de todos nosotros, de los currelas y de los antidisturbios, que en realidad vivimos en el mismo saco de los enculados. En la próxima movida, a los polis de la porra, volveremos a invitarlos a que se pongan de nuestro lado, en la barricada, porque son nuestros hermanos, aunque ellos todavía no lo sepan.



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