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La empresa de sillas. Temporada 1

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Saulo se cayó del caballo camino de Damasco y del hostiazo que se pegó descubrió a Jesucristo para consagrarle el resto de su vida. Dos mil años después, en Estados Unidos, Ronald Trosper se cayó de su silla cuando presentaba un proyecto empresarial y del hostiazo que se pegó descubrió al mismísimo demonio -la empresa de sillas TECCA- y empezó a consagrarle tanto tiempo que terminó convirtiéndose en un auténtico desgraciado. 

(Moraleja: hay caídas que de rebote te elevan a los Cielos y hay caídas que abren un abismo en el suelo y te mandan al Averno).

Hasta que se cayó de su silla, Ronald Trosper era un arquitecto reconocido y un padre de familia bien avenida y ejemplar. Pero tuvo la mala suerte de aterrizar bajo las piernas de una compañera y ésta le denunció ante el Comité Encargado del Asunto. La serie, de haber sido española, hubiese tirado por ahí y ya tendríamos a Leticia Dolera en todas las tertulias radiofónicas clamando contra la cultura de la violación, pero estos locos americanos decidieron tirar por otro lado más práctico y capitalista: las reclamaciones en internet. 

Parece mentira que un tipo tan inteligente como Ronald Trosper no supiera que estas reclamaciones son la antesala de un derrumbe emocional y que es mejor no menearlas demasiado. Si el perjuicio económico no es excesivo, siempre es mejor dejarlo correr. ¿Qué le importa a Ronald una silla de oficina que además ni siquiera es suya, que es propiedad de la empresa y va a ser fácilmente reemplazada por otra parecida?

Reclamar está bien, aunque sólo sea por orgullo. Yo mismo, hace unas semanas, le reclamé a RENFE una devolución de billete por haber llegado dos horas tarde a mi destino. El importe era de apenas 12 euros y no pensaba reiterar mi petición. Si me atendían a la primera, pues cojonudo; y si no, pues nada. Lo que importa es la salud. Ronald Trosper se creyó más listo que nadie y desafió al silencio irritante de la fábrica de sillas. Él, por supuesto, no sabía que estaba descorriendo uno de esos cortinajes rojos que salen en las películas de David Lynch.





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Mi tío Frank

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Hay que escribir sobre lo que uno conoce y ha vivido. Y sigue viviendo. Lo decía el otro día un personaje de “Mank” y tiene toda la razón. Si no escribes desde la tripa de la memoria, desde la amígdala de lo cotidiano, se nota la impostura. El falsete. Luego, sino quieres caer en la mera autobiografía, están los recursos del fabulador para quitar y poner, subrayar y desdibujar, exagerar y mentir... Que el relato salga propio pero literario. Lo universal siempre es algo particular que está bien contado. El plasta es un plasta porque no es capaz de trascender el bucle de su rollo. Eso, la trascendencia de lo personal, de la paja mental, de la obsesión intransferible, es lo que logran los escritores de las novelas y los guionistas de las películas.

    Es obvio que Alan Ball cuenta algo muy personal en “Mi tío Frank”. Algún incidente de su propia homosexualidad chocando con la incomprensión de la familia, de la América Profunda, de los gañanes de la Biblia temerosos de Dios. O quizá -porque la edad de Alan Ball y la edad del tío Frank no cuadran- la historia de alguien muy próximo, tal vez un amante, o un pariente que vivió ese desprecio medieval, ese escupitajo inquisitorial. Da lo mismo. Podría buscarlo por internet, a ver si en alguna entrevista se desliza el dato, pero prefiero dejarlo así. Lo que importa es que a Alan Ball se le ve la tripa, se le escapa la lágrima, se le nota el pulso temblón en alguna escena. Y eso es lo que a uno le conmueve.

    Aunque parezca que no viene al caso, he estado toda la película acordándome de Ignatius Farray, porque él sostiene que si hubiera pertenecido a una minoría racial, sexual o discapacitada, le habría ido mucho mejor en su arte de la comedia. Porque material nunca le hubiera faltado, y mala baba para ridiculizar al intolerante, tampoco. Él, para paliar un poco ese déficit, se inventó lo de que era “un tinerfeño divorciado miope”, que es una minoría algo forzada, insustancial, pero minoritaria de cojones. Yo, por mi parte, me declaro muy rojo, pero del Madrid, que no creo que haya muchos por ahí. Y divorciado miope también.





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