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Han Solo: Una historia de Star Wars

🌟🌟🌟

No es tan mala como la recordaba. De verdad que no. Lo que pasa es que en su día nos dejó helados y chafados, a los frikis de Star Wars, como panolis aterrizados en un planeta congelado. Uno parecido a Hoth, pero del tamaño de Júpiter, o de Saturno.

La película, aunque entretiene, nos da poco, muy poco. Apenas tres referencias mitológicas entre tiros y explosiones. Queríamos que saliera Darth Vader, o al menos Obi Wan, para establecer una conexión directa con el evangelio canónico de san Lucas. Pero al final tuvimos que conformarnos con Darth Maul apoltronado en una butaca medieval. Ni siquiera una danza de su sable pudimos llevarnos a la boca... Han Solo fue un héroe de nuestra infancia y queríamos una película tan buena como “Rogue One”: una que estuviera a la altura del mito y de la bobada, y no esta “buddy movie” de policías y ladrones, tan disfrutable como hueca, toda ella gominola.

Los niños del barrio terrícola queríamos ser como Han Solo: surcar las estrellas con el “Halcon Milenario" y llevarnos de parranda a un peluchón tan valiente como mañoso. Saltar de planeta en planeta y manejar el bláster con una sonrisa socarrona. Ser un poco como Han: guapos, decididos, un poco chulitos, buena gente en realidad. Codiciosos pero nobles. Y si todo eso no era posible -porque el planeta Tierra da para lo que da- tener, al menos, una maqueta del “Halcón Milenario” como aquella que mi amigo O. tuvo expuesta durante años en su habitación: un juguete carísimo, inasequible a nuestro estatus, que su padre comerciante le trajo de Madrid. Una joya de la corona, pero del tamaño de una ensaimada, que nadie, salvo su dueño, podía tocar con sus manazas de pordiosero. 

Mientras O. habría las portezuelas y desplegaba los cañones láser para derribar los cazas imperiales, los demás, admirados y envidiosos, nos situábamos a un metro de distancia, en corrillo,  como visitantes de un museo ante una pieza prodigiosa. 




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Master and Commander

🌟🌟🌟🌟🌟

Hoy en día, tal como está el patio (de butacas), los neuróticos ya no podemos ir al cine. O sólo en sesiones muy escogidas, casi clandestinas, como de ambiente de sala X vergonzante. Horarios de cenobitas que ya han desistido de encontrar un comportamiento comunitario como de melómanos en la platea, o de cartujos en los maitines.

¿Por qué la gente guarda las formas en una ópera de Mozart y no en una película de Scorsese? Es un misterio. ¿Por qué está gentuza que rebusca las palomitas, sorbe la Coca-Cola, habla sin rubor, corre por los pasillos, juega con el móvil, golpea los respaldos, se ríe a destiempo, por qué, Dios mío, por qué, cuando van a otros espectáculos de más alta etiqueta se callan como hijos de puta y se comportan como seres humanos civilizados y no como gremlins recién salidos de su Mogwai?

Hoy he vuelto a ver “Master and Commander” en la tele de mi salón, y aunque mi tele es de muchas pulgadas y mi predisposición como espectador era de entrega absoluta y alborozada, la experiencia me ha dejado un regusto de melancolía. Hace muchos años, en la otra vida de León, vi “Master and Commander” en la pantalla enorme del Teatro Emperador y aquella experiencia casi me puso al borde del misticismo. Recuerdo que salí del cine casi tambaleándome, con un colocón de sales marinas y de pólvoras remojadas. “Master and Commander” me pareció la puta película de todos los tiempos quizá porque aquel pantallón era como el mismo mar inabarcable que surcaban la “Surprise” y el “Acheron”.

Recuerdo que éramos cuatro gatos en aquella sesión marginal: cinéfilos recelosos que nos vigilábamos las manos como cowboys a punto de entrar en duelo, a ver si alguien sacaba la bolsa de patatas o el teléfono móvil del bolsillo. Pero no hubo caso, y en apenas unos segundos ya éramos todos marineros a bordo de la “Surprise”, acojonados por el miedo pero excitados por la aventura. Compañeros de armas y colegas de trinquete, sea el trinquete lo que sea.  La pantalla ocupaba todo nuestro horizonte, y el bramido del mar y el cañonazo del enemigo a veces nos cogían de improviso y nos unían en hermandad.




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Here

🌟🌟


En esta casa en la que vivo nunca ha vivido nadie más. Bueno, sí: una pareja, por tiempo limitado, que la ocupó cuando yo me mudé por culpa del amor. Tardaron pocos días en descubrir que la casa no se ajustaba a sus necesidades, así que estaba nuevamente disponible cuando al cabo de un par de meses regresé con el rabo entre las piernas: donde siempre ha estado, para mi suerte, pero aquella vez muy tristón y hasta humillado. 

(Iba a decir que regresó con la lección aprendida, pero el hombre, y su miniyó, son los únicos animales que tropiezan dos veces -y las que hagan falta- con la misma piedra del camino).

Mal lo tendría, pues, Robert Zemeckis, si quisiera rodar aquí una película como “Here”. En esta casa no hay fantasmas de las Navidades pasadas rondando por el salón, a no ser los que vivieron conmigo en carne y hueso y ahora son presencias energéticas que se desvanecen sólo por la noche. Por ahí ronda el hijo que voló del nido, y las ex amantes, y los dos compañeros de piso que se murieron del mismo mal... Amigos que vinieron a ver partidos del Madrid y fontaneros que vinieron a desatascar alguna tubería. En el salón de mi casa hubo polvos del siglo y llantos de incomprensión; mucho snooker en Eurosport y discusiones telefónicas que prefiero no recordar. Mucha comida y siestas rotundas. Películas maravillosas y películas ridículas como “Here”.

Porque “Here” es eso: una ridiculez, un monumento a la ñoñería. Un “experimento sociológico” que consiste en imaginar la vida que habrían llevado Forrest Gump y Jenny Curran si él no hubiera sido una persona con capacidades diferentes en un entorno socioeducativo poco inclusivo, y ella, bellísima, pero más bien imbécil, no hubiera tropezado cien veces con los machos más indeseables del ecosistema

Zemeckis quiere imaginarlos así, normales, funcionales, americanos puros de extrarradio, y para no aburrirnos demasiado salpica sus arrumacos y sus mierdas con flashbacks de las parejas que habitaron la misma casa y también soñaron con los polvos de la felicidad y la esperanza de una muerte lejana y poco dolorosa. 



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Mi tío Frank

🌟🌟🌟🌟


Hay que escribir sobre lo que uno conoce y ha vivido. Y sigue viviendo. Lo decía el otro día un personaje de “Mank” y tiene toda la razón. Si no escribes desde la tripa de la memoria, desde la amígdala de lo cotidiano, se nota la impostura. El falsete. Luego, sino quieres caer en la mera autobiografía, están los recursos del fabulador para quitar y poner, subrayar y desdibujar, exagerar y mentir... Que el relato salga propio pero literario. Lo universal siempre es algo particular que está bien contado. El plasta es un plasta porque no es capaz de trascender el bucle de su rollo. Eso, la trascendencia de lo personal, de la paja mental, de la obsesión intransferible, es lo que logran los escritores de las novelas y los guionistas de las películas.

    Es obvio que Alan Ball cuenta algo muy personal en “Mi tío Frank”. Algún incidente de su propia homosexualidad chocando con la incomprensión de la familia, de la América Profunda, de los gañanes de la Biblia temerosos de Dios. O quizá -porque la edad de Alan Ball y la edad del tío Frank no cuadran- la historia de alguien muy próximo, tal vez un amante, o un pariente que vivió ese desprecio medieval, ese escupitajo inquisitorial. Da lo mismo. Podría buscarlo por internet, a ver si en alguna entrevista se desliza el dato, pero prefiero dejarlo así. Lo que importa es que a Alan Ball se le ve la tripa, se le escapa la lágrima, se le nota el pulso temblón en alguna escena. Y eso es lo que a uno le conmueve.

    Aunque parezca que no viene al caso, he estado toda la película acordándome de Ignatius Farray, porque él sostiene que si hubiera pertenecido a una minoría racial, sexual o discapacitada, le habría ido mucho mejor en su arte de la comedia. Porque material nunca le hubiera faltado, y mala baba para ridiculizar al intolerante, tampoco. Él, para paliar un poco ese déficit, se inventó lo de que era “un tinerfeño divorciado miope”, que es una minoría algo forzada, insustancial, pero minoritaria de cojones. Yo, por mi parte, me declaro muy rojo, pero del Madrid, que no creo que haya muchos por ahí. Y divorciado miope también.





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Vengadores: Infinity War

🌟🌟🌟

El otro día, en un foro de internet que suele hablar del amor y de las flores, regresaron las teorías conspiratorias sobre el origen de esta pandemia. Como avispas retornadas... El consenso general en Speaker’s Corner es que algún gobierno canalla ha soltado el virus para exterminarnos, así, en plural, a tomar por el culo todos, que uno se pregunta que harían los gobiernos sin nosotros, el pueblo llano: echar el cierre, quitarse las corbatas y ponerse a plantar lechugas, digo yo. Y agacharse a recogerlas, claro, que es lo más jodido, sin parias que estén dispuestos a cobrar la mitad de lo que cobrarías tú por el trabajo,  para que en la próxima lechuga te propongan un nuevo contrato y agaches la cabeza, resignado. No nos aman, pero no pueden vivir sin nosotros.



    El razonamiento de los conspiranoicos no se sostiene, pero uno, por educación, hace como que no lo ha leído y sigue para delante, con sus pesquisas y sus lecturas. Cada uno, con sus cadaunadas, que decía mi abuela…  Otros disertadores cadaúnicos apuntan la posibilidad más selectiva de que los chinos o los americanos hayan diseñado este virus para ahorrarse un pico en las pensiones, un verdadero matasuegras, y matasuegros, y en esto me recuerdan a los que decían hace treinta años que el virus del SIDA lo habían fabricado en Occidente para acabar con la población africana, que daba mucho la lata en los telediarios, y le amargaba la comida a más de uno con las imágenes de las hambrunas, y el miedo a la invasión de los famélicos. Mucho lío, veo yo, en esto de diseñar virus en laboratorios, con lo fácil que sería envenenarnos el agua, o dejarnos sin fútbol no dos meses, sino dos años, a los futboleros, y morirnos de asco casi la mitad de los terrícolas.

    Si algún día me dejara llevar por estas teorías genocidas, creo que me apuntaría a la que sostiene que Thanos, el supervillano de Los Vengadores, no es un personaje de ficción, sino un impresentable bastante real y forzudo, nacido en Titán, que sueña con cargarse a la mitad de los seres vivos del ¡Universo! porque vive angustiado con la posibilidad de que la superpoblación devaste los planetas y arruine su belleza.

    Para alcanzar tal superpoder de exterminio, Thanos necesita poseer las Seis Gemas del Infinito, que son Siete, en algunas mitologías, y para impedírselo, a hostia limpia, como sucede siempre en estas películas, se plantan ante él Los Vengadores en quimérica alineación. Los Vengadores, de todos modos, son una banda de superhéroes que me parece a mí que ya está un poco en las últimas giras triunfales, como los Rolling Stones.



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