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No hace mucho, en un podcast de cinéfilos futboleros, un contertulio comentó que tenía un amigo al que no le gustaba nada “Better
Call Saul”. Según él, ese malandrín, ese desnortado de la ficción, había
despachado nuestra serie favorita con una frase que yo también he oído alguna vez en mi
triste realidad de la provincia:
- Ah, sí, “Better
Calll Saul”, esa serie que nunca termina de arrancar...
Sus compañeros de tertulia -que a pesar de ser futboleros son hombres de bien y espectadores cultivados- se rieron del disidente
y vinieron a decir que tiene que haber gente para todo. Gente,
incluso, o gentucilla, que no termina de verle la gracia a “Better
Call Saul” porque "no suceden cosas" o suceden a un ritmo narrativo
más propio de otra época. Gente, o gentuza, que confunde la
velocidad con el tocino y piensa que arrancar es hacer ruido, y que haya muchos choques, y muchas hostias, y heroísmos de novela, como si una ficción tuviera que ser ese gran premio de Fórmula 1 que jamás se pierden en
sus pantallas.
Mientras escuchaba las burlas inteligentes de los contertulios -que
me parecieron muy comedidas para el gran pecado cometido- me acordé, como me
acuerdo muchas veces, de Carlos Pumares en la madrugada de mi adolescencia. A
Pumares, coincidiendo con las noches más negras de su humor, solía llamarle
algún mentecato para decirle que tenía un amigo que se lo pasaba bomba con las
películas de Chuck Norris y qué él no sabía si verlas o no.
- ¿Tú qué opinas, Carlos? ¿Qué hago?
Y Pumares, no menos divertido por previsible, le
respondía:
- Cambiar de amigo.
Viendo el último episodio de esta tercera temporada volví a sentir el viejo escalofrío del amor pre-fracasado. ¿Qué pasaría si la vida me deparara un último amor luminoso al que sin embargo “Better Call Saul” no le emocionara, o incluso le resultara aburrido, y fuera, por tanto, menos luminoso de lo que parecía al principio, incluso tristón y tenebroso?
