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Better Call Saul. Temporada 4

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“Better Call Saul” cuenta, en seis temporadas que son casi siete, la caída en el lado oscuro de Jimmy McGill. “Breaking Bad”, en otras cinco temporadas que son casi seis, contaba la caída en el reverso tenebroso de Walter White. 

Jimmy, tras su caída, se dio en llamar Saul Goodman, un malvado tan simpático como corrupto. Walter, ya seducido por el mal, se puso el nombre artístico de Hesisenberg para darse importancia ante los narcos. Si Saul Goodman era el juego de palabras de “It’s all good, man”, Heisenberg era el homenaje de Walter White al principio de incertidumbre que enunciara el físico alemán: todo es posible hasta que fijamos la mirada y se produce el colapso de la onda.

Vince Gilligan utilizó el mismo leitmotiv en sus sagas de Albuquerque porque sabe que la vida misma de cualquiera de nosotros -o casi- es una caída en el lado oscuro del cinismo o la desesperanza. Estamos los románticos contrariados, pero también los exvotantes de la izquierda, los cristianos descreídos, los maestros amargados... Nosotros no vivimos en Albuquerque pero también hemos sido derrotados. Por las buenas nos hemos quedado en una nada irrelevante, y por las malas, cuando nos sale la vena, fracasamos con estrépito. Desearíamos ser tan malos y eficientes como Jimmy o como Walter, pero no estamos capacitados. No somos personajes de ficción ni antihéroes americanos.

Mientras veía la cuarta temporada de “Better Call Saul” me dio por pensar que el desierto de Nuevo México se parece mucho al desierto de Tatooine. Allí, en la galaxia lejana, y hace muchos años, vivió otro personaje de ficción que también cayó seducido por el lado oscuro de la Fuerza. Cuando era bueno y estaba enamorado de Amidala, él se llamaba Anakin Skywalker; cuando encontró el atajo del mal y se le puso la cara de vinagre se hizo llamar Darth Vader para acojono general de sus enemigos y de los espectadores en la platea. Vince Gilligan mamó de aquella historia y nos alimenta y nos divierte con la misma leche primordial.






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Better Call Saul. Temporada 3

🌟🌟🌟🌟🌟


No hace mucho, en un podcast de cinéfilos futboleros, un contertulio comentó que tenía un amigo al que no le gustaba nada “Better Call Saul”. Según él, ese malandrín, ese desnortado de la ficción, había despachado nuestra serie favorita con una frase que yo también he oído alguna vez en mi triste realidad de la provincia:

-  Ah, sí, “Better Calll Saul”, esa serie que nunca termina de arrancar...

Sus compañeros de tertulia -que a pesar de ser futboleros son hombres de bien y espectadores cultivados- se rieron del disidente y vinieron a decir que tiene que haber gente para todo. Gente, incluso, o gentucilla, que no termina de verle la gracia a “Better Call Saul” porque "no suceden cosas" o suceden a un ritmo narrativo más propio de otra época. Gente, o gentuza, que confunde la velocidad con el tocino y piensa que arrancar es hacer ruido, y que haya muchos choques, y muchas hostias, y heroísmos de novela, como si una ficción tuviera que ser ese gran premio de Fórmula 1 que jamás se pierden en sus pantallas.

Mientras escuchaba las burlas inteligentes de los contertulios -que me parecieron muy comedidas para el gran pecado cometido- me acordé, como me acuerdo muchas veces, de Carlos Pumares en la madrugada de mi adolescencia. A Pumares, coincidiendo con las noches más negras de su humor, solía llamarle algún mentecato para decirle que tenía un amigo que se lo pasaba bomba con las películas de Chuck Norris y qué él no sabía si verlas o no.

- ¿Tú qué opinas, Carlos? ¿Qué hago?

Y Pumares, no menos divertido por previsible, le respondía:

- Cambiar de amigo.

Viendo el último episodio de esta tercera temporada volví a sentir el viejo escalofrío del amor pre-fracasado. ¿Qué pasaría si la vida me deparara un último amor luminoso al que sin embargo “Better Call Saul” no le emocionara, o incluso le resultara aburrido, y fuera, por tanto, menos luminoso de lo que parecía al principio, incluso tristón y tenebroso?




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