Breaking Bad. Temporada 2
Better Call Saul. Temporada 6.
🌟🌟🌟🌟🌟
No quería que se terminara, pero se terminó. La entropía es implacable con la realidad y también con la ficción. Revivir “Better Call Saul” ha sido como retomar un amor gozoso y primordial, pero traía -como todos- fecha de caducidad.
Ha sido una segunda oportunidad más corta que la primera, pero también más madura y reposada. Un puro gozo hasta ese cigarrillo presidiario. Tras él, los títulos de crédito se desgranaron como la letra pequeña de un acuerdo de divorcio... Pero ha estado bien: ha sido una primavera pactada entre amantes veteranos. Porque así son, aunque nos duelan, los regresos de las ex.
“Better Call Saul” duró siete años en pantalla, que es el tiempo de vida de un amor excepcional: ése que sobrevive al consumo de hidrógeno antes de convertirse en una estrella apagada pero apacible, o de explotar en forma de supernova para dejar un agujero negro y mosqueante. Son las leyes de la física. Ahora, en el reencuentro, porque el tiempo se comprime cada vez más, “Better Call Saul” apenas ha durado cinco meses hipersónicos: justo el tiempo que tardan los amores retornados en agotar el combustible. La gravedad se vuelve insostenible cuando no quedan reacciones que oponer. El amor, como el universo mismo, es una ordenación de partículas elementales.
Hice todo lo posible por estirar “Better Call Saul”. Traté de dosificar las temporadas y los episodios, pero el final me dominó el ansia, y me pudo la tentación. La última temporada ha pasado como un cometa por mi ventana. He llegado a llorar en las dos despedidas traumáticas: la de Kim marchándose del apartamento y la de Kim marchándose de la cárcel. No tengo nada que ver con esta gente -tan inteligentes todos, tan liantes, tan decididos para lo suyo- pero mis neuronas espejo, tan caprichosas, trabajaban a destajo. Se ve que ya no hay desamor que me deje como estaba. Los amores ideales, pero fallidos, rasgan el tejido del universo.
Better Call Saul. Temporada 5
🌟🌟🌟🌟🌟
Vivo enamorado de Kim Wexler. De Rhea Seehorn no lo sé. Rhea es tan guapa como Kim pero no la conozco como a ella. Rhea cuenta con la ventaja de ser real -aunque viva muy lejos- pero podría ser una persona deleznable tras esa belleza deslumbrante. No lo sé, me lo invento. Pobre Rhea: yo aquí, elucubrando... Si tuviera que apostar diría que se parece mucho a Kim Wexler en los sentimientos. Los que saben de actuación dicen que es imposible no plasmarse de algún modo en los personajes.
Kim Wexler parece de mentira, pero no lo es. Es sólo de ficción. Los hombres reales la miramos como a veces la mira el propio Jimmy McGill -que siendo ficticio es el único que la toca: incrédulos. Un poco boquiabiertos. Un poco como niños ante el truco más refinado del gran mago. Jimmy la sondea como nosotros, con un ojo alegre y el otro inquieto, por si de repente se esfumara. Por si fuera un espejismo, un holograma, un sueño que no acaba de disolverse... Jimmy no termina de creérsela. Hay algo muy pervertido -pero una perversión de caballeros, ojo- en la creación de Kim Wexler. Vince Gilligan y Peter Gould son un par de tunantes. Unos románticos empedernidos.
Kim Wexler, en el mundo real, habría nacido para ser la esposa de un abogado de relumbrón, o de un banquero, de una estrella del balompié; o, en su defecto, una mujer desligada de los hombres que se limita a devorarlos, uno por uno, según su humor y su apetito. Aquí sin embargo, dentro del televisor, ella es la esposa -ahora ya sí, en la quinta temporada- de un chiquilicuatre como cualquiera de nosotros. De un tipo que necesitaría cien vidas ejemplares para merecerla.
Kim Wexler es buena y malvada, fría y sexy, retorcida y sincera. Es un enigma que “Better Call Saul” jamás resolverá. Me tiene encandilado. La serie cuenta la caída de un hombre en la oscuridad, pero también la ascensión de una mujer hacia la luz.
Better Call Saul. Temporada 4
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“Better Call Saul” cuenta, en seis temporadas que son casi siete, la caída en el lado oscuro de Jimmy McGill. “Breaking Bad”, en otras cinco temporadas que son casi seis, contaba la caída en el reverso tenebroso de Walter White.
Jimmy, tras su caída, se dio en llamar Saul Goodman, un malvado tan simpático como corrupto. Walter, ya seducido por el mal, se puso el nombre artístico de Hesisenberg para darse importancia ante los narcos. Si Saul Goodman era el juego de palabras de “It’s all good, man”, Heisenberg era el homenaje de Walter White al principio de incertidumbre que enunciara el físico alemán: todo es posible hasta que fijamos la mirada y se produce el colapso de la onda.
Vince Gilligan utilizó el mismo leitmotiv en sus sagas de Albuquerque porque sabe que la vida misma de cualquiera de nosotros -o casi- es una caída en el lado oscuro del cinismo o la desesperanza. Estamos los románticos contrariados, pero también los exvotantes de la izquierda, los cristianos descreídos, los maestros amargados... Nosotros no vivimos en Albuquerque pero también hemos sido derrotados. Por las buenas nos hemos quedado en una nada irrelevante, y por las malas, cuando nos sale la vena, fracasamos con estrépito. Desearíamos ser tan malos y eficientes como Jimmy o como Walter, pero no estamos capacitados. No somos personajes de ficción ni antihéroes americanos.
Mientras veía la cuarta temporada de “Better Call Saul” me dio por pensar que el desierto de Nuevo México se parece mucho al desierto de Tatooine. Allí, en la galaxia lejana, y hace muchos años, vivió otro personaje de ficción que también cayó seducido por el lado oscuro de la Fuerza. Cuando era bueno y estaba enamorado de Amidala, él se llamaba Anakin Skywalker; cuando encontró el atajo del mal y se le puso la cara de vinagre se hizo llamar Darth Vader para acojono general de sus enemigos y de los espectadores en la platea. Vince Gilligan mamó de aquella historia y nos alimenta y nos divierte con la misma leche primordial.
Better Call Saul. Temporada 3
🌟🌟🌟🌟🌟
No hace mucho, en un podcast de cinéfilos futboleros, un contertulio comentó que tenía un amigo al que no le gustaba nada “Better
Call Saul”. Según él, ese malandrín, ese desnortado de la ficción, había
despachado nuestra serie favorita con una frase que yo también he oído alguna vez en mi
triste realidad de la provincia:
- Ah, sí, “Better
Calll Saul”, esa serie que nunca termina de arrancar...
Sus compañeros de tertulia -que a pesar de ser futboleros son hombres de bien y espectadores cultivados- se rieron del disidente
y vinieron a decir que tiene que haber gente para todo. Gente,
incluso, o gentucilla, que no termina de verle la gracia a “Better
Call Saul” porque "no suceden cosas" o suceden a un ritmo narrativo
más propio de otra época. Gente, o gentuza, que confunde la
velocidad con el tocino y piensa que arrancar es hacer ruido, y que haya muchos choques, y muchas hostias, y heroísmos de novela, como si una ficción tuviera que ser ese gran premio de Fórmula 1 que jamás se pierden en
sus pantallas.
Mientras escuchaba las burlas inteligentes de los contertulios -que
me parecieron muy comedidas para el gran pecado cometido- me acordé, como me
acuerdo muchas veces, de Carlos Pumares en la madrugada de mi adolescencia. A
Pumares, coincidiendo con las noches más negras de su humor, solía llamarle
algún mentecato para decirle que tenía un amigo que se lo pasaba bomba con las
películas de Chuck Norris y qué él no sabía si verlas o no.
- ¿Tú qué opinas, Carlos? ¿Qué hago?
Y Pumares, no menos divertido por previsible, le
respondía:
- Cambiar de amigo.
Viendo el último episodio de esta tercera temporada volví a sentir el viejo escalofrío del amor pre-fracasado. ¿Qué pasaría si la vida me deparara un último amor luminoso al que sin embargo “Better Call Saul” no le emocionara, o incluso le resultara aburrido, y fuera, por tanto, menos luminoso de lo que parecía al principio, incluso tristón y tenebroso?
El rey de Nueva York
🌟🌟
1. A veces transcurre tanto tiempo entre que descargo una película y por fin me siento a verla que ya no recuerdo el motivo de mi elección. Todavía no sé si mi cinefilia es un caos organizado o un desastre controlado.
Mientras veía “El rey de Nueva York” yo buscaba una respuesta a mi propio estupor de espectador estafado. ¿Qué crítico, qué podcast, qué reseña en la revista me puso en la pista de esta majadería ultraviolenta? La película es de Abel Ferrara, sí, pero como si fuera de Perico de los Palotes ¿Qué lengua malhadada o qué pluma desnortada me influyó para que yo descargara esta película que en realidad he estado rehuyendo durante meses, retenida durante 6 meses en mi disco duro porque una vocecita interior me advertía que la borrara como si nunca hubiera existido?
Ah, mi vocecita, siempre con voz pero casi siempre sin voto...
2. De todos modos, cualquier película que tenga en su reparto a Christopher Walken siempre tendrá, al menos, un oasis donde refugiarse y reposar el asombro. Walken siempre ha tenido una cara de puto loco que no puedes dejar de contemplar. Lo mismo cuando hace de pirado a tiempo completo que de tipo inquietante que nunca sabes por dónde te va a salir. Si había alguien capaz de interpretar a este rey de Nueva York era él: un capo ultraviolento y fascinante, tierno con los niños y salvaje con los rivales.
3. La película, por supuesto, incumple todos los ítems del test de Bechdel. Las mujeres sólo están aquí para consumir droga al lado de sus maromos y bajarles los pantalones con afanes recreativos. El descanso de los guerreros... Corría el año 1990 y todavía se rodaban películas así, de tíos-tíos, para compensar las películas de tías-tías que también hacían furor en la taquilla, casi siempre de damas victorianas que tomaban el té a las 5 y despellejaban a la buena sociedad más cercana a sus mansiones.
Megalópolis
🌟🌟
Acto 1
Se estrena “Megalópolis” en los cines de Ciudad Capital. Yo, por supuesto, no voy a verla. Prefiero esperar a que esté disponible en las plataformas o en las alforjas de la mula. En el cine no puedo soportar los ruidos de la gente que habla, que mastica, que consulta sus teléfonos móviles. Soy -o me he vuelto- un neurótico perdido.
También me he convertido en un sibarita que ya lo ve todo en versión original, con rotulicos en castellano, y en los cines de provincias -y más aún, en los cines comarcales- los subtítulos espantan a las gentes y hunden las taquillas. En Europa, con el precio de la entrada, te regalan cursos de idiomas. Pero esto no es exactamente Europa, sino la puerta de.
Acto 2
Mi amigo, que sí ha ido al cine, y me dice que “Megalópolis” ni le ha gustado ni le ha disgustado. Que más bien todo lo contrario. En la primera cerveza me dice que no la ha entendido; en la segunda que sí; en la tercera que sólo a medias.
Acto 3
Pasan los meses. Muchos meses. Anuncian que “Megalópolis” podrá verse próximamente en Apple TV. Pero yo sólo me dejo el sueldo en Movistar +, así que empiezo la búsqueda ilegal a la antigua usanza. Las copias decentes de “Megalópolis” están hiperprotegidas y no aparecen por ningún lado. Sólo screeners y mierdas así. No me pongo nervioso. No es como otras veces, que me mata la impaciencia. Si por un lado está el penúltimo legado del señor Coppola, por el otro caen las críticas terribles como hojas en otoño.
Acto 4
Por fin aparece “Megalópolis” gracias a un dealer de confianza. La pongo a descargar a varios Mbs por segundo. La cosa va que chuta. Aunque la película no ha sido nominada a ningún premio -sí, quizá, a alguno de los risibles- se ve que hay ganas de verla entre el personal. Somos muchos los cinéfilos arrastrados por la curiosidad.
Acto 5
Busco un día sin fútbol para ver “Megalópolis” en el horario estelar de las diez de la noche. Me repantigo en el sofá y apenas tardo diez minutos en reconocer que sigo viéndola porque viene firmada por Francis Ford Coppola. Si no, de qué... Esto es infumable. Un puro desvarío. La obra -tiene toda la pinta- de un megalómano octogenario.
The Mandalorian. Temporada 3
🌟🌟🌟🌟
Eddie y yo somos el Grogu y el Mando de La Pedanía. Yo soy grandote, y ancho de espadas, y también muy parco en palabras, mientras que Eddie es pequeñín, con las orejas también retráctiles y puntiagudas, y se deshace en cariños con todo el mundo que le saluda.
Aunque Eddie vaya con su correa y no subido en un medio huevo, yo creo que nos
parecemos mucho a los héroes de Star Wars cuando paseamos por la calle. De todos modos, aquí nadie sabe de la existencia del mandaloriano ni de su mascota. Ni
siquiera saben que existe una galaxia lejana donde estas aventuras trepidantes sucedieron
hace la hostia de años. Es posible que el camino de Santiago -que pasa por aquí- no tenga nada
que ver con el Camino de Mandalore.
Eddie, mi pequeñín, no
es tan listo como Grogu o como el maestro Yoda, que según la Star Wars Wiki -qué
haría yo sin ella- pertenecen a una “especie tridáctil desconocida”, pero muy
sintonizada con los derroteros de la Fuerza. Eddie es un perrete mestizo, proveniente
de mil leches, que no recorre los caminos de la Fuerza sino los senderos que
discurren entre viñedos y cerezos, donde él sigue los rastros y deja su
impronta orgánica sin rastro de midiclorianos. La Fuerza, además, aunque él hubiera
nacido con esos bichitos prodigiosos, no llega a estos pagos de La Pedanía,
como no llega tampoco la fibra óptica porque tres garrulos con boina se oponen
a que los cables pasen por sus fachadas. Puede que ese mismo rabo de la boina
sea el que altere el espacio electromagnético para que la Fuerza salga rebotada
e ilumine otras poblaciones aledañas.
Yo, por mi parte, solo llevo el casco cuando pedaleo con la bicicleta, y camino por ahí sin una armadura de Beskar que me proteja. Para aislarme de la atmósfera inclemente llevo ropas muy modestas, de andar por casa, compradas en las rebajas del Carrefour. Una vez tuve una novia que me vistió de arriba abajo -no en el Bershka, sino en el Springfield de al lado- porque decía que yo era pintón y no sé qué, y que así estaba más guapo, incluso más mandaloriano, cuando venía a visitarme.
The Mandalorian. Temporada 2
🌟🌟🌟🌟🌟
La mejor serie del año es, digan lo que digan por ahí, The
Mandalorian. A varios años-luz de las demás. Tantos como pársecs nos
separan de Mandalore. Lo que pasa es que si uno viniera aquí, al foro público,
a confesar el entusiasmo, le caerían las chanzas y las sonrisas compasivas. Los
fanáticos pondrían un corazón, los no creyentes me ignorarían por cortesía, y
la mayoría ni siquiera sabrían responder quién narices es el mandaloriano. Así que prefiero no escribir nada. Que queden
para mí solo, las emociones, y para los allegados en la Fuerza. Voy a hacer como que
tecleo, pero esta vez lo haré en el vacío. Dejaré este folio en blanco para rellenarlo
con alguna crítica de serie menor, de película segundona, algo que no pueda ni
compararse con las aventuras de Mando y Grogu por la galaxia muy lejana.
Pero quizá me engaño, quién sabe. Quizá me estoy dejando
llevar por el frikismo, por el infantilismo, por el entreguismo a George Lucas
y sus padawans que trabajan en Hollywood. No digo que no. Puede que The
Mandalorian sólo sea eso: un producto para frikis, diseñado para
engatusarnos, y que en realidad, visto con ojos racionales, de habitante de
esta galaxia tan presente y tan cercana, todo sea humo, gaseosa, parafernalia.
Guiño para iniciados. Conozco a más de una mujer que sentada a mi lado, en el sofá,
se habría quedado fría, indiferente, incomprendiéndome por el rabillo del ojo,
pensando para sus adentros -o quizá para sus afueras decepcionadas: “¿Qué estoy
haciendo yo con este tipo?”
Puede ser, sí. Pero esto es lo que hay. Refugiado en mi
salón, donde ya no tengo que fingir que soy un tipo medio culto con
aspiraciones intelectuales, lo mío es esto: los Jedis, los mandalorianos, los
mini Yodas que han olvidado su poderío de la hostia... Ayer era la una de la
madrugada y yo estaba en WhatsApp hablando con otros dos seres adultos desnudados
de su adultez. Nos confesábamos la inquietud del día, las emociones, lo mucho
que hemos llorado con esa despedida tan esperada como puñetera... Los tres
habíamos visto el último episodio de la temporada y teníamos que desahogarnos
con algún cofrade de la hermandad. This is the way... Además, Luke Skywalker había regresado a
nuestras vidas, y eso, para nosotros, es más importante que el regreso anual de
Jesucristo, que ya está al caer por estas fechas. Nuestro Luke no
multiplica los panes y los peces, y ni falta que le hace. Él destroza Dark Troopers
con sólo apretar el puño en el aire. Ahí es nada.
The Mandalorian. Temporada 1
Llevo cuarenta y tantos años recorriendo los caminos de la Fuerza. Viajando en el puente aéreo que une la provincia de León con la galaxia muy lejana donde el Imperio y la República se disputaban los sistemas habitados. Donde los Sith y los Jedi se destripaban con las espadas láser que aquí en la Tierra nadie ha patentado todavía, porque serían el juguete más vendido de la historia, eso seguro, pero al mismo tiempo el más mortífero. Padres e hijos asesinándose sin querer, con la tontería... Llevo cuarenta y tantos años de carnet, de militancia, de proselitismo entre los amigos que pasan de Star Wars y prefieren ver las películas de Stallone, o las óperas de Puccini. Desde 1977 que no he parado de ver, de leer, de comprar, de contribuir a la fortuna millonaria de George Lucas bronceado en su rancho. La de veces que habré soñado, y seguiré soñando, con subirme al Halcón Milenario si algún día aterrizara en este miserable planeta a coger provisiones, o a trapichear un poco de carbonita.
Ciudadano Bob Roberts
Antes de que Donald Trump asiente sus reales en el Despacho Oval y se ponga a jugar con las cosas que no tienen repuesto, como cantaba Serrat, no estaría de más programar un ciclo de anticristos que también aspiraron a ser presidentes de los Estados Unidos. Un ciclo que empezaría con la trilogía de La Profecía -pues hay que recordar que el niño Damien, ya crecidito y repeinado, ansiaba jugar con los códigos nucleares que desatarían el Armagedón- y que terminaría, en tiempos más recientes, con Frank Underwood golpeando la mesa del Despacho Oval con sus nudillos insensibles, toc, toc.









