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Better Call Saul. Temporada 2

🌟🌟🌟🌟🌟


El personaje de Kim Wexler no aparece en “Breaking Bad”. Tampoco aparece al principio de cada temporada de “Better Call Saul”, acompañando a Jimmy en su destierro. Deducimos, pues, que el amor se terminó en algún punto de la serie, o quizá después, en el interregno, justo antes de que Heisenberg -el químico, no el físico- formulase un nuevo principio de incertidumbre. 

Lo que “Hamlin, Hamlin & Mc Gill” unió, luego vino el hombre -o la mujer, o el destino, el guionista malvado en todo caso- y lo separó. Sea como sea, es un pecado gravísimo. Un atentado contra el amor, porque Kim y Jimmy son parte de la familia y nos destroza saberlos separados. En la segunda temporada -si fingimos que nunca hemos visto “Better call Saul”- aún están abiertas todas las posibilidades: que Kim le mande a tomar por el culo; que Kim muera en un tiroteo de los narcos; que Kim conozca al hombre de su vida trabajando en un caso importantísimo. Que Jimmy deje a Kim no entra en nuestros cabales porque ella es un trébol de cinco hojas en el desierto de Albuquerque.

O podría suceder, simplemente, que se les marchitara la complicidad. Porque a veces no es más que eso: una sensación rara en el estómago que los días no disipan. Un malestar creciente, no verbal, que poco a poco encuentra las palabras adecuadas. Y ambos, Kim y Jimmy, son abogados que viven precisamente de las palabras. De la clarificación exacta de una discrepancia.

Es por eso que el amor entre Kim y Jimmy lo vivimos con cierta tristeza y fatalidad. Nos alegramos, pero no mucho, cuando arreglan sus peleas. “Better Call Saul” cuenta la caída en el Lado Oscuro de Jimmy McGill. Pero mientras tanto, mientras lucha contra sí mismo, Kim Wexler le aguanta y le sostiene. Y hasta participa de sus deslices.  Entre otras historias, “Better Call Saul” también cuenta la desventura de un ángel que poco a poco va ensuciándose las alas. Kim, al lado de Jimmy, irá descubriendo que entre el cielo y el infierno hay muchas capas de atmósfera enrarecida.




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Better Call Saul. Temporada 1

🌟🌟🌟🌟🌟


En los extras de mi Bluray antediluviano, Peter Gould y Vince Gilligan comentan que la primera idea tras el éxito de “Breaking Bad” fue hacer un spin-off sobre el personaje de Jesse Pinkman. De hecho, Pinkman protagonizó aquella película-secuela que pasó sin pena ni gloria por nuestra memoria: “El Camino”, una desventura sangrienta que gracias a Dios no versaba sobre la peregrinación a Compostela ni sobre las visiones monetarias de Escrivá de Balaguer.

El otro personaje al que Gould y Gilligan guardaban un cariño especial era Mike Ehrmantraut, el expolicía metido a buen ladrón y a buen asesino, pero cuando AMC les pidió que deshojaran la margarita descubrieron que habían acumulado innumerables ideas sobre aquel secundario chirigótico que robaba las escenas: el abogado tan inteligente como cutre llamado Saul Goodman. Fue una suerte para todos nosotros, los devotos de su ser, que lo pedíamos a gritos. Goodman era un cactus en el desierto que merecía una tesis doctoral. Un libro del Génesis explicando su origen mitológico. ¿Quién era ese fulano? ¿De qué manicomio legal se había escapado? ¿Era de verdad un abogado? Las cuestiones se acumulaban y nosotros teníamos sed de conocimiento.

El problema de hacer una precuela sobre Saul Goodman -y ya, de paso, sobre Mike Ehrmantraut- era que el tiempo biológico de los actores había corrido justo en dirección contraria. El maquillaje hace milagros pero se nota. Gilligan y Gould lo sabían pero confiaron en nosotros. Intuían, porque nos saben (medianamente) inteligentes, que nos iba a importar un pimiento que se notara. Que íbamos a asumir la paradoja como creyentes guiados por la fe.

“Y vio Dios que era bueno”.

“Better Call Saul” es la hija dignísima de su padre. Carne de su carne y sangre de su sangre. Es la serie peor tratada por esos mentecatos que otorgan los premios rimbombantes. Ya sé que es tarde, pero yo, para que escarmentaran, les haría caminar descalzos por el desierto de Nuevo México sin agua y sin sombrero, hasta que pidan perdón sollozando, y de rodillas, con las rótulas clavadas en los guijarros y la pipa de Tuco Salamanca clavada en los cojones.




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The Bear. Temporada 2

🌟🌟🌟


Viendo la segunda temporada de “The Bear” no hacía más que pensar en el colegio donde trabajo. Una risa...

Pero antes de empezar a repartir cera, tengo que decir que yo mismo, en el restaurante de Carmy Berzatto,  no pararía de romper platos, traspapelar pedidos o quemar estofados en el horno. Además de funcionario siempre he sido muy torpe con las manos. Si el pan de mis hijos -es un decir- dependiera de trabajar en su flamante restaurante, sería mejor ir buscándoles una inclusa o un padre sustituto. Yo sería como Coco en aquellos sketches de “Barrio Sésamo" donde hacía de camarero incompetente. Nunca he estado para esos ritmos. Aquí, en el colegio, nadie lo está. Pero yo, al menos, como otros cuantos veteranos de guerra, vengo a trabajar todos los días.

Hay un chiste de Forges en el que se ve a dos tipos en una oficina leyendo el periódico: uno tiene los pies sobre la mesa y el otro no. La pregunta es: ¿cuál de los dos es el funcionario interino y cuál el que tiene plaza fija? El chiste es genial, pero no refleja del todo la realidad de este colegio: aquí serías incapaz de distinguirlos. Aquí el chiste sería: un funcionario siempre escoge los viernes para acompañar a un familiar al médico y otro siempre escoge los lunes para tener unas ligeras molestias en el estómago. El objetivo, en cualquier caso, es convertir todos los fines de semana en puentes de guardar. ¿Cuál es la maestra interina y cuál la que aprobó la oposición? Ya digo: es imposible distinguirlas. Las mañas de la gente más veterana se aprenden cagando leches. Si de pronto nos reconvirtieran en un restaurante como "The Bear" sólo podríamos abrir de martes a jueves por falta de personal.

Al final, por fortuna, aquí no hay que cocinar a los alumnos para luego trocearlos en finas lonchas sobre una base de alcaparras con destilado de melón indonesio.  A veces basta con devolverlos sanos y salvos a sus casas, y para eso sólo se requiere un mínimo de personal cualificado. Ellos, y ellas, son la condición necesaria para que cualquier negocio lucrativo o asistencial mantenga las puertas abiertas y se disimule el despropósito.





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Larry David. Temporada 1

 🌟🌟🌟🌟🌟


Acabo de ponerme una foto de Larry David como avatar en el WhatsApp. Los que me conocen ya saben que no soy yo, y los que no me conocen, pues mira, qué más da. 

No es la primera vez que me transformo en Larry David para comparecer en sociedad. Cada vez que retomo sus aventuras en el DVD me acuerdo de que somos hermanos separados por un océano y le hago el homenaje. Larry, por supuesto, no sabe que yo existo, pero yo sí le tengo muy presente en mis oraciones. Él es el santo varón que nos guía en la cruzada contra los estúpidos, y yo soy el caballero armado que le secunda. El más humilde de sus templarios destemplados.

En "Black Mirror" hay un episodio que pronostica que algún día encenderás la tele y encontrarás una serie que habla exactamente de ti: las aventuras y desventuras de un fulano igualito a ti en el físico, con tu mismo nombre y tu mismo contexto, con la misma mujer (si la hay) y los mismos amigotes en el bar. Un auténtico clon que exhibe las mismas virtudes y oculta las mismas manías. Un shock capaz de dejarte turulato, claro. Y algo parecido me sucedió cuando descubrí las andanzas de Larry David hará cosa de veinte años. Le veía y es como si me hubieran fotocopiado el alma, o escaneado el carácter. 

Larry David es millonario, vive en Los Ángeles y seduce a mujeres que yo no puedo ni soñar, pero su temperamento, y su idiosincrasia, son, ya digo, como si me hubieran comprado los derechos televisivos. No existe un personaje de ficción al que yo me parezca tanto. A veces es... mosqueante, de tan divertido. En uno de los primeros episodios le dan una clave de cuatro números para desactivar una alarma del hogar y Larry se anticipa: “Me liaré, me confundiré, se me olvidará, no seré capaz de acertar a la primera y montaré un cristo del copón...”. Y la caga, claro. Joder: es que yo debería pedirles dinero por el plagio.

Cuando se estrenó la 1ª temporada de “Larry David” él tenía 53 años. Yo ahora tengo casi 52. Quiero decir que en cierto modo ya soy más Larry que nunca. La distancia que nos separaba se la han ido comiendo los calendarios. Hemos convergido. “De viejo seré como él”, pensaba yo cuando le conocí. Y en el año 2023 resulta que ya soy viejo y que las profecías se han cumplido. 



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Breaking Bad. Temporada 5

🌟🌟🌟🌟🌟

“Breaking Bad” no habría terminado como el rosario de la aurora si Walter hubiera sido un padre que se lo pule todo en cachondeos y solo deja las migajas para que la familia tire mes a mes, sin preocuparse por el futuro. Un Walter White más jaranero habría protagonizado otra serie muy diferente: quizá un dramón de sobremesa, puede que turco o venezolano, en el que la mujer está hasta los ovarios de sus despilfarros y decide ponerle los cuernos con el compañero más salado de la oficina, mientras que el hijo con parálisis cerebral, allá en el instituto de Ankara o de Maracaibo, duda entre ser un muchacho virtuoso y alejarse de su influencia, o seguir los pasos de su padre para que dentro de unos años, cuando le venga el cáncer o la cirrosis, tengan que quitarle con fórceps lo bailado.

Pero gracias a que Walt Whitman -perdón, Walter White- era un padre responsable que quería legar muchos millones antes de morirse, nosotros hemos disfrutado como enanos de esta serie que ya es patrimonio cultural y calcio de nuestros huesos. Hubo, incluso, quienes se compraron camisetas con la imagen de Heisenberg frunciendo el ceño y oteando el horizonte de los desiertos. Yo mismo, recuerdo, lo tuve algún tiempo de fondo de pantalla, como si Willy Wonka -perdón otra vez, Walter White- fuera un héroe de la voluntad o algo parecido. Ahora mismo, después de ver la serie por tercera vez, siento un poco de vergüenza por aquella concesión a su mitología. 

A veces se nos olvida que el título de la serie, traducido al román paladino, es “Volviéndose malo”, “O tomando el camino equivocado”. La gente, en las tertulias de la seriefilia,  todavía debate si Walter White es un héroe trágico zarandeado por las olas o un genio del mal que vivía embotellado en su apariencia de pusilánime. No sé... Yo estoy cada día más convencido de lo segundo. Cada vez que repaso la serie me parece un personaje más imperdonable e hijoputesco. Pero ojo, no solo Walter White. El orgullo cerril anida en cada uno de nosotros, esperando su oportunidad. Y un orgullo desatado es una fuerza indomable de la naturaleza.




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Better Call Saul. Temporada final.

🌟🌟🌟🌟🌟


La vida tiene casualidades que puestas en un guion nadie se las creería. Ni siquiera en un guion escrito a cuatro manos por Vince Gilligan y Peter Gould.

Ayer, por ejemplo, mientras yo veía el último episodio de “Better Call Saul” y cerraba el universo expandido de Albuquerque y sus proveedores de la droga, T., al otro lado de la cordillera, desconsolada aún por la muerte del agente Hank Schrader, veía el último episodio de “Breaking Bad” sin todavía creerse que Walter White hubiera devenido un criminal cegado por el ego. No estaba pactado este visionado paralelo de ambos finales, que llegaron con apenas veinte minutos de separación en el WhatsApp, “Joder, qué final más bueno, ya terminé la serie. ¿Tú por dónde vas..?”.  Simplemente, coincidió. Los hados se encargaron de que ambos destinos se entrecruzaran en el vasto espacio electromagnético, yo muy tranquilo en mi cama, con el ordenador puesto en la rodillas asistiendo al último timo de Jimmy McGill, y T. hecha un manojo de nervios aovillada en su sofá, con la tele de muchas pulgadas escupiendo la balacera final donde se decidió el destino final de Walter White y Jesse Pinkman.

Yo había tardado siete años en completar “Better Call Saul” en una digestión lenta pero muy saludable, mientras que T. se había zampado “Breaking Bad” en apenas dos semanas de deberes aparcados y sueños hipotecados. 62 episodios como aquellos huevos duros que se comió Paul Newman de una sola sentada en “La leyenda del indomable”. De ahí mi mansedumbre final, y su descomposición por momentos.

Pero ahora, ante mí, ya no queda nada. Dicen que Gilligan ha dicho que volverá y tal, pero yo no veo de dónde sacar hilo para una tercera serie. Los muchos muertos ya están en el hoyo y los pocos vivos siguen a su bollo. T., en cambio superada la llorera y la perplejidad, aún tiene por delante las seis temporadas de la segunda parte del espectáculo: la conversión de Jimmy en Saul, y la conversión de Kim Wexler en su ángel de la guarda.





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Breaking Bad. Temporada 4

🌟🌟🌟🌟🌟


Sí, la temporada 4, sin haber repasado las tres anteriores, porque T. llegó a casa como un vendaval y me pidió que le chutase mis viejos DVD para seguir la trama donde ella la dejó, justo cuando Walter y Gustavo deciden matarse a la primera oportunidad.

T. -que venía muy agitada, un tanto demacrada desde la última vez que la vi- me dijo que no podía aguantar más, que desfallecía, que confesaba ser una adicta a la serie y vivir descoyuntada desde que salió conduciendo de su pueblo. Que las pocas horas que había pasado sin su dosis de metanfetamina  habían sido para ella como el sueño del mono loco, o como la última abstinencia de Renton en “Trainspotting”.

Mientras yo rebuscaba los DVD en la estantería del salón, T. me confesó que llevaba días sin apenas dormir, amorrada al logotipo de Netflix y a la cabecera del Bromo y del Bario. Que no atendía los recados, que apenas comía, que ya ni siquiera descolgaba el teléfono ni atendía a los wasaps. Que por eso había estado perdida, asociable, incomunicante... Que se había encerrado en casa a cal y canto, a pestillo puesto y a persiana bajada. Que la perdonara, pero que la culpa era mía, por haberle recomendado la serie semanas atrás, “¿Cómo es posible que nunca hayas visto “Breaking Bad”..?

Me dijo, nada más desplomarse en el sofá, que a la porra las películas que teníamos programadas, y las otras series, y la vida más o menos en general. Que ella consumía la droga televisiva más pura y ya no podía detenerse. La droga que fabrica Walter White en los desiertos de Nuevo México y que luego vende Vince Gilligan a 11 euros la suscripción. Me dijo– impaciente, nerviosa, casi atacada, porque el viejo aparato tarda en cargar los DVD y primero salen las advertencias de la autoridad- que las horas pasadas lejos de Albuquerque le habían parecido el decimoquinto círculo de los infiernos. Pero que no se engañaba, y que era plenamente consciente de su adicción, y que yo, que también había pasado por estos trances, tenía que entenderla y arroparla. Y ponerle los DVD de una puta vez... Y sentarme a su lado para hacer de pañuelo de lágrimas, y de alivio de tensiones, y de confidente de teorías.





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Better Call Saul. Temporada 6.

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Lo que me pasa con “Better Call Saul” no me pasa con ninguna otra serie del santoral cristiano: que me deslumbra, y me llena de gozo, pero muchas veces no entiendo lo que me cuenta. Supongo que ese es el milagro de la religión, tan parecido al milagro del amor. Y yo vivo enamorado de “Better Call Saul”. El misterio y la fascinación. Quizá si la entendiera del todo dejaría de interesarme y migraría a otras costas para pasar la primavera.

La precuela de “Breaking Bad” consigue que se pasen los minutos como palomitas de maíz. Pero me pierdo con más frecuencia de la debida, incluso teniendo en cuenta mi edad, y mis ánimos fluctuantes entre la placidez de quien dormita y la agitación de quien se preocupa. Muchas veces no sé qué motivos empujan a los personajes más allá de la trama básica de los abogados corruptos y los psicópatas mexicanos. Entre una temporada y otra pasa demasiado tiempo, y Vince Gilligan y Peter Gould tampoco se paran a explicar dos veces la misma cosa. En eso son como los maestros que yo tenía en los Maristas, que jamás repasaban una lección. “El que no siga el ritmo, que se joda, o que cambie de colegio”: ése era el lema pedagógico del beato -ahora ya santo- Marcelino Champagnat.

Gilligan y Gould valoran tanto la inteligencia de sus espectadores que a veces se pasan de listos y nos creen más capaces de lo que somos. O quizá, simplemente, es que yo ya no pertenezco a su grey. Que no estoy preparado para seguir series tan exigentes como esta, que requieren una atención de feligrés y una memoria de elefante. Pero da igual, ya digo: las cinco estrellas de cada temporada vienen pactadas en un contrato confidencial. Solo por esos prólogos de cada episodio y por esos ángulos imposibles de la cámara ya merecen la pena las sentadas en el sofá. Y Jimmy, claro... Y su chica...  ¿Que la parte contratante de la primera parte ahora es la parte subcontratante de la segunda parte? Qué más da. Después de todo, ya sabemos dónde termina todo esto: en el principio de incertidumbre de Heisenberg.





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Nobody

🌟🌟🌟

Llegan los días sombríos, los últimos de la primavera, y yo sólo tengo ganas de refugiarme en las películas. Quisiera invernar en este salón durante meses, mientras los demás salen al sol como lagartijas evolucionadas. Mitad vampiro mitad fotofóbico, me agazapo en los escondrijos para que la luz no desvele mis miserias, y no me hiera la piel. El verano es una putada para los cinéfilos. Durante el invierno la humanidad se recoge en las cafeterías, o en las casas particulares, y uno puede vivir su aislamiento sin parecer el tipo raro de la función. Las calles barridas de gente crean la ilusión de un mundo civilizado, regulado, donde el atardecer es un toque de queda impuesto por la naturaleza. Pero ahora llegan los mosquitos, y las solanas, y las camisetas resudadas, y el mundo entero se lanza a las aceras a pegar gritos de felicidad, como orates licenciados de un manicomio.

    Más allá de mi ventana todo es deslumbramiento y algarabía. Con el buen tiempo ya nadie ve películas, ni habla sobre las películas. Los allegados quieren que te unas a su cuerda de locos, a bailar la conga, a tomar refrescos, a desnudarse sobre las hierbas. Les entran unas ganas inmensas de vivir, y no reparan en que existe gente a la que el solsticio le da mucho por el culo. Uno sólo vive pendiente de que se renueven las carteleras. Y de la Eurocopa de fútbol... La única mejoría del tiempo que a uno le interesa es la del mar Caribe, donde se pescan las películas que no se pueden o no se deben pagar.  Todo lo demás -las alergias, los picores, las quemaduras, las insolaciones, el mal dormir, el sofoco, el sudor, la sed permanente – se lo dejo a mis congéneres.

    ¡Ah, sí! Nobody... Pues una tarantinada, pero sin diálogos de Tarantino. Una gilipollez muy bien hecha. La manufactura impecable de la nada. Violencia gratuita, y pasotes que te cagas. Tiros y hostias, coches y machos.... Un truño entretenido. Sale Saul Goodman, pero no hace de abogado, sino de matarife profesional. A pesar de todo, te lo crees. Es que es muy bueno, el amigo Bob. De todos modos, esta historia ya nos la había contado -y mucho mejor- David Cronenberg en “Una historia de violencia”.



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Los archivos del Pentágono

🌟🌟🌟

Yo le quiero mucho, a don Steven. En mi cinefilia ramplona y provinciana, tan alejada de las recomendaciones del Cahiers du Cinéma, Spielberg me ha regalado películas cojonudas, imprescindibles, qué digo, ¡obras maestras!, aunque la crítica oficial me borre de sus órganos colegiados. Ya digo que le quiero mucho.

    Pero hay que reconocer que, últimamente, no está en forma. Hace un cine correcto, intachable, de clase magistral, porque él es the fucking master, pero se nos está haciendo mayor, abuelete. Y como todas las personas mayores de aquí y de allá, de la fría Meseta o de la cálida California, ha caído en la manía de contar varias veces la misma anécdota, y de subrayar lo que es obvio, y de cogernos del brazo con insistencia para que sigamos prestándole atención. Son tics de anciano que me temo, ay, van a ir a más... 

Ver sus películas más recientes es como visitar al abuelo los domingos por la tarde, allá en su casa de renta reducida, o en su asilo de jardín con monjas sonrientes. Una cita agradable en la que el abuelete, siempre lúcido, cuenta historias de mucha enjundia sobre las guerras de antaño o sobre el viejo periodismo. Pero al final termina estropeándolas porque piensa que nos hemos vuelto sordos, o lelos, o desatentos, y nos lo remarca todo con músicas, con redundancias, con golpes de efecto que se veían venir a diez leguas de distancia.

    Los archivos del Pentágono es una buena película. Nos ha jodido. Es Steven Spielberg hablando sobre la filtración de Daniel Ellsberg. Un momento histórico para el periodismo de papel. Habría que ser un verdadero inútil para estropear una historia así, con estos actores, con esta actriz principal tan eficiente. Pero la película no es, ni de lejos, Todos los hombres del presidente. La película de Pakula es fría, implacable, perfecta como un reloj fabricado por los suizos. Ella sí que nos toma por espectadores inteligentes, despiertos, que van siguiendo las miguitas de pan hasta toparse con Richard Nixon en la Casa Blanca. Dan ganas horribles de volver a verla. De hecho ya estoy buscándola por mi videoteca. Por la P de Pakula, que es la única de su apellido. Ya digo que mi cinefilia deja mucho que desear…



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Fargo. Temporada 1

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El personaje central de la primera temporada de Fargo es Lester Nygaard, el hombre de la casa modesta y el matrimonio arruinado. Y el trabajo aburrido. La gran vidorra pasó de largo camino de paraísos más australes que Minnesota, y a Lester, atrapado en esa vida corriente que parece el Día de la Marmota, con la nieve perpetua y los personajes archisabidos, sólo le queda esperar un golpe de suerte antes de que la enfermedad y la muerte llamen a su puerta.

    Y de pronto, la fortuna, inesperada y burlona, aburrida de tanto prodigarse con otros hombres, le pone en contacto con un genio que concede deseos inconfesables. Lorne Malvo no es un genio que haya salido de la lámpara maravillosa, ni de los cuentos de Las Mil y Una Noches. Es más bien un matarife a sueldo, un psicópata con perilla. Un ángel caído que lo mismo tira de espada flamígera que de gatillo fácil para cumplir con sus objetivos. A veces cobra por ellos, y a veces, como en el caso que nos ocupa, sólo mata para pasar un buen rato. 

    Nygaard, en la sala de espera del hospital, con la nariz rota y el espíritu humillado, le hablará de un tal Sam Hess que es el chulo del pueblo, el exmatón del instituto, el tiparraco deleznable que a sus cuarenta años todavía sigue partiéndole la jeta en plena calle. Nygaard no sospecha que el tipo a quien le está contando su frustración, y su afán vengativo, es un asesino sin escrúpulos que no le teme al rayo divino ni al roer de la conciencia. Horas después, en el puticlub del pueblo, Sam Hess será asesinado con una puñalada en el cuello mientras disfrutaba de su adulterio habitual. Con su muerte se abrirá la caja de los truenos, y dará comienzo, propiamente, la trama criminal de la serie. Los nueve episodios restantes sólo son la consecuencia disparatada, desbordada, sanguinolenta, de ese encuentro que una mala tarde de invierno puso en contacto al hombre gris con el demonio negro. 



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Nebraska

🌟🌟🌟🌟

Las familias reunidas son el infierno en la Tierra. No caben más estupideces, más engreimientos, más mentiras por metro cuadrado que las que se apiñan en un banquete, o en la cafetería de un tanatorio. A uno, cuando iba a estas cosas, siempre le ahogaba el aire, el calor, el ansia de huir... Así que dejé de presentarme. Nadie me echa de menos, y lo mismo me sucede a mí con los demás.
Uno, en los últimos años, sólo sabe de las grandes familias gracias a las películas. Sobre todo de las familias norteamericanas, que uno se topa prácticamente todos los días, lo mismo en los dramas que en las comedias. Podría hacer una tesis doctoral sobre este asunto sin tocar un solo libro, ni consultar un solo especialista. Casi podríamos decir que es mi tema, y tal, pues he frecuentado familias catódicas desde la más tierna infancia, desde Con ocho basta o La casa de la Pradera. Allá en América he conocido familias de todos los colores, de todos los credos, de todas las geografías. Jamás he probado el pastel de cerezas, ni la mantequilla de cacahuete, pero sé de sobra a qué saben estos productos, porque a fuerza de imaginarlos han dejado huella en mi paladar.


Alexander Payne -al que en este blog se profesa una admiración especial-  jamás sigue las huellas que otros han ido dejando. Lo suyo es adentrarse por los caminos personales, a riesgo de hacer el ridículo, o de perderse en vericuetos. Él es, por fortuna, un senderista experimentado que siempre llega a la posada por el camino más insospechado, y te regala anécdotas y fotografías que otros más previsibles no pudieron conseguir. Payne es consciente de que los cineastas americanos, cuando se ponen a contar el asunto de las familias taradas, se quedan  muy cortos o muy largos. O nos presentan gentes desestructuradas al borde de la psicopatía, o se regodean en otras que parecen recién caídas de la imbecilidad. El espectador medio no se ve representado en ninguno de los dos casos, porque las familias del cine americano son constructos del propio cine, que se han ido alejando con el tiempo de lo real.
En Nebraska, Alexander Payne tira por la calle de en medio, que es la calle de lo normal, y nos presenta a una familia problemática pero pacífica en la que es muy difícil no verse reconocido,  y no reconocer a unos cuantos sujetos que forman parte de nuestra  propia parentela. Me gustaría entrar en detalles, pero no puedo. Sonrío varias veces cuando me topo con los tíos y primos que viven en Hawthorne, Nebraska: sus eternas conversaciones sobre los coches y las distancias recorridas en ellos me traen a la memoria viejas convivencias. Se parecen tanto, la América Profunda, al Noroeste Ancestral...




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