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Nouvelle Vague

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Como nací en los años 70 y luego fui educado en la cultura del imperio anglosajón, la “Nouvelle Vague” es una revolución francesa que he ido reconstruyendo a lo largo de los años. Primero en la tele, luego en los cineclubs universitarios, y ya luego, con una nómina en el banco, en los DVD que se vendían rebajados y en los rincones oscuros de las plataformas digitales. 

Aun así, como no la mamé, como no forma parte de mi sangre, la “Nouvelle Vague” es un capítulo de mi incultura que está lleno de agujeros. En los cines de León ya no se fumaban pipas cuando yo me sentaba en las plateas, ni se ligaba con chicas maoístas que llevaban boina francesa para ver a su Godard. Las pijas de mi quinta, ay, eran todas de derechas y estaban enamoradas de Maverick el aviador. Mi educación sentimental viene de la galaxia lejana y de la arqueología aventurera. Cuando los progres españoles celebraban a esos gabachos rompedores, yo todavía era un número entero negativo en el vientre liso de mi madre. 

De todos aquellos críticos del “Cahiers du Cinéma” que tuvieron el valor de rodar una película y someterse ellos mismos al juicio de los pulgares, tengo elevado en un altar a Eric Rohmer, que es, curiosamente, el santo más heterodoxo del sistema. De Chabrol no recuerdo nada -aunque debería- y de Rivette sólo he visto “La bella mentirosa” porque en ella salía Emmanuelle Béart despelotada. Ya digo que todo esto es una chapuza de diletante... Truffaut merece un capítulo aparte y Godard es directamente un insoportable. De él sólo he aguantado, sin dejarlas a los quince minutos, “Banda aparte” y “Al final de la escapada”. De “Banda aparte” lo afirmo categóricamente porque no hace mucho que la vi. “Al final de la escapada” tendré que volver a verla para reafirmar mi absolución. La película de Linklater recoge el espíritu de la época, y es tan jovial y juguetona que me ha servido de terapia contra el miedo. 




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Jurado Nº 2

🌟🌟🌟🌟


De momento voy teniendo suerte. Nunca he recibido una notificación para formar parte de un jurado popular. En caso de tal no me dolería el tiempo perdido, ni el cataclismo de la rutina, sino la suprema responsabilidad de tener que decidir sobre el futuro de una persona. No es como ver una película desde el sofá, donde puedes salvar o condenar alegremente como un césar romano de pacotilla. La realidad es muy seria y yo llevo toda la vida tratando de esquivarla. En la vida real, los pulgares alzados o abatidos tienen consecuencias irremediables. 

A lo largo de nuestra cinefilia hemos visto mil ficciones americanas en las que el culpable más obvio luego resulta ser inocente e incluso más majo que las pesetas, así que ya vive uno incrédulo y condicionado. Hollywood nos ha convertido en ciudadanos recelosos. Quién de nosotros, a nuestra edad, con tantas películas en la mochila, se atrevería a condenar a nadie en la Audiencia Provincial o en los juzgados de Ciudad Capital. El eco de los viejos clásicos retumbaría en nuestras conciencias.

“Jurado Nº 2”, por ejemplo, es de esas películas que le quitan a uno las ganas de participar en los “deberes democráticos”. No hago ningún spoiler si escribo -porque el meollo se desvela casi al principio- que ninguna persona razonable absolvería al novio de esa pobre chica asesinada. Es todo tan evidente, tan de manual... y sin embargo ya ves, pobrecito mío, qué concatenación de casualidades. Y si es verdad que la ficción supera muchas veces a la realidad, la realidad, lo tenemos comprobado, también supera muchas veces a la ficción.

El truco sería, al recibir la carta certificada o la visita de la policía -desconozco el procedimiento- fingirse uno loco, o racista, o misógino de aúpa, partidario de fusilar a los rojos tras torturarlos -esto quizá no arredre a los poderes del Estado- o de quemar a los ricachones dentro de sus palacetes. No sé: gritar muchas barbaridades, o ponerse un embudo sobre la cabeza como aquellos locos de los tebeos 




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