Cómo se hizo "Encuentros en la tercera fase"

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No suelo detenerme en los makings off de las películas porque me destripan los trucos, y yo quiero ser un niño boquiabierto, y crédulo, que se traga las películas como si todo fuera de verdad, y no ilusionismo de maquetas, y literatura de guionistas. Prefiero vivir en la inopia, o en Inopia, que también tiene nombre de planeta extrasolar.

Lo que pasa es que tengo muchos DVD que vienen con disco doble, el de la peli y el de los extras, y como me costaron buen dinero en las Rebajas de El Corte Inglés, me duele pagar un pastizal por un producto que no voy a ver.  Así que lo veo, o al menos le echo un vistazo: ese disco número 2, o disco bonus, o disco “special edition”, donde vienen los artistas alabándose los unos a los otros, y los tipos de producción contando cómo construyeron los decorados o buscaron los vestidos de la época. Un rollo patatero, casi siempre.

Mi DVD de “Encuentros en la tercera fase” también es un disco doble, una estrella binaria como ésa de donde proceden los cabezones del espacio. Y el otro día, mientras me despertaba de la siesta, lo puse en el reproductor a ver qué se cocía, sin grandes esperanzas. Pero hete aquí que el primero que habla es el mismísimo Steven Spielberg, contando que él se creía a pies juntillas el fenómeno de los platillos, y que por eso se embarcó en la película, y que para documentarse sobre los encuentros en la tercera fase contrató al mismísimo inventor de la escala de los encuentros, el doctor Hynek, que incluso hace un pequeño papel en la película.  A ustedes todo esto les puede parecer una petardada, pero a mí, que también tuve mi momento ovni, antes del descreimiento, me deja fascinado.

Lo que más me interesaba, en realidad, era conocer el origen de las cinco notas musicales que servían para la comunicación con los extraterrestres. Lo digo porque es el tono de llamada que tengo puesto en el teléfono móvil, al que ya sólo llaman eso, extraterrestres, y extraterrestras, y gente muy rara en general. John Williams explica que fue pura chiripa musical: probaron tropecientas combinaciones y al final dieron con ese quinteto ya universal e intergaláctico. Ta-ra-riiií-to-tooooó.




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Encuentros en la tercera fase

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Es una pena que los extraterrestres siempre aterricen en Estados Unidos, o en los platós de Tele 5, y no aquí, en La Pedanía, por las viñas o los montes, porque uno se iría gustosamente con ellos, como Richard Dreyfuss en Encuentros en la tercera fase. No hay más que ver la familia que tiene para entender su postura y su fuga. Cualquier planeta es bueno, de Marte para allá, con tal de no oír los gritos del churumbel.

Yo, por mi parte, ya cumplí con la obligación de tener un hijo -para presumir-, de escribir un libro -para esconder- y de plantar varios pinos que no han agarrado bien en la loza. Queda muy poco por hacer, salvo ver los Mundiales de fútbol, y conocer a los nietos algún día.  Que vengan, sí, pero no a mitad de partido, por favor... Las alegrías del sexo, del trabajo, del Real Madrid ganando títulos en Europa, tienen pinta de volverse esquivas o cicateras. The winter is coming a La Pedanía, o al menos el otoño. Al fin llegó, sí, la lluvia amarilla, la misma de Llamazares, que en mi caso es lluvia de canas, cuando voy a la peluquería y contemplo la nevada sobre el delantal. Yo, desde luego, no apostaría mucho dinero por el regreso de los buenos tiempos.

Y luego está el cambio climático, claro, que va a convertirlo todo en un estercolero, y el coronavirus, que a saber tú todavía. Y los gobiernos de la derecha, que me quedan algunos por sufrir, impotente ante la tele... Por qué no marcharse, pues, con los enanos cabezones, esos de la musiquilla, a vivir los últimos años en un planeta diferente, a muchos años-luz de esta decepción interminable. Tal vez allí me espere la plenitud insospechada: un oficio en el que encajar como un guante, un planeta libre de estúpidos, un entorno plagado de bicicletas y no de coches. Un mundo donde los perretes no vivan sólo doce años, sino setenta, como nosotros. Un Paraíso extra-Terrenal donde poder ir desnudo por la vida, y despistado por las calles, sin postureos, sin vergüenzas, indiferentes todos a los fenotipos y a los errores del pasado.


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Una noche en la ópera

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“Una noche en la ópera” es la mejor película de los hermanos Marx. Quizá porque, para empezar, es una película, y no un número de vodevil. Los Marx, hasta entonces, sólo habían rodado funciones como de Juanito Navarro en “La Latina”, pero multiplicado por tres: un Juanito con peluca, otro con bigote y otro con un gorro de tonto inexplicable. Los Marx, en sus proto-películas, metían chistes, canciones, números musicales; pegaban cuatro resbalones de slapstick y soltaban cuatro cosas picaruelas para escándalo de las mujeres y carcajadas de sus maridos. Y con eso, y cuatro majaderías especialidad de la casa, rellenaban ochenta minutos de celuloide. De eso comían, y eran unos maestros en lo suyo.

Pero en “Una noche en la ópera” alguien puso cordura, y logró que hubiera un hilo narrativo del que colgar los elefantes, que se balanceaban. La tela de araña es frágil, tontorrona, la historia de siempre de la parejita enamorada y las trapisondas por doquier, pero al menos todo queda sujeto y trenzado, y se puede hablar, con propiedad, de una película. Una que además -ahora sí- es un clásico venerable, porque sus momentos, sus momentazos, ya forman parte de la cultura popular, y son memes que saltan en las conversaciones de cualquier persona, incluso de gente que no ha visto la película, o que ni siquiera sabe que existe.

Yo, al menos, soy incapaz de firmar un contrato sin estar canturreando por dentro “ la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte...” Me sale como el respirar. Tampoco puedo ver un habitación abarrotada, o un autobús atestado, y no pensar al instante que estoy dentro del “camarote de los hermanos Marx”. Me sale como un acto reflejo. Ni puedo, tampoco, pedir comida en un restaurante, de la clase que sea, de cutrerío o de postín, sin añadir en un murmullo “... y dos huevos duros”. Una vez se me escapó en voz alta, en la mesa de un sitio elegante, y la mujer que estaba conmigo pensó que yo estaba loco. Fue el principio del fin.

-          ¡Meeeec!

-          Que sean tres.



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Review. Temporada 3

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Las series que me gustan, las cancelan; y las series que no me gustan, se prolongan hasta el infinito. Será que llevo el gafe en la mirada, o que tengo el gusto muy retorcido. Podría no-ver la series que me gustan, para alargarles la vida, pero entonces me las perdería. Y viceversa: podría ver las series que no me gustan, para condenarlas, pero me aburriría. Estoy atrapado en la paradoja. Yo asesiné a “Review” por el mero hecho de verla y alabarla. Soy el rey Midas de la mierda.

Dicho esto, y para contar mi propia experiencia de la vida, paralela a la de Forrest Macneil, tengo que confesar me nunca he comido un burrito caducado de fecha, aunque una vez, en Toledo, para desayunar, me endilgaron una tortilla de patata que casi me hizo vomitar.

Una vez tuve que llevar a mi querido perrete al veterinario, para despedirme para siempre, y lloré lo indecible. Aún le echo de menos.

Nunca he hecho realidad mis sueños, pero si he hecho sueño mis realidades, que me persiguen.

¿Qué cómo es ser un trabajador secundario y subordinado?: un chollo, en mi caso. Cero ingresos extra, pero también cero responsabilidades.

Nunca le he pateado el culo a nadie, aunque ganas me quedaron, y a veces tiemblo de terror sólo de pensar que un accidente vascular, o de bicicleta, me convierta en un Hellen Keller sordociego y mudo. En un Johnny cogió su fusil.

Perdonaría una afrenta muy gorda. De hecho, la he perdonado. La distancia y el olvido son como el salfumán para el odio. 

Si tuviera pasta gansa me criogenizaría sin dudarlo. No tengo nada que perder, y a lo mejor, al despertar, me encuentro viviendo en “Futurama”, entre Fry y sus colegas. Bender sería mi amigo del alma, mi compañero de juergas, y mi cínico de cabecera.

Nunca me ha caído un rayo encima, aunque soy un irresponsable que sale a leer entre los árboles, cuando empieza a tronar. Sólo la lluvia, la de goterones muy gordos, me arredra.

La tercera temporada de “Review” termina con Forrest MacNeil obligado a dejar su trabajo de crítico de la vida. Su cara de desolación lo dice todo. Es como si a mí me obligaran a dejar de... escribir estas tonterías.


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La coleccionista

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Antes de la irrupción del feminismo -o mejor dicho, de su nueva oleada- las mujeres como Haydée eran insultadas, y de lo lindo, a este lado de los Pirineos. Todavía hoy, en los círculos carpetovetónicos, próximos a los valores cristianos y a la inmanencia de las costumbres, Haydée sería señalada por la feligresía como un súcubo enviado por Satanás. El castellano es un idioma riquísimo cuando se trata de zaherir a la mujer que se acuesta con quien quiere, y cuando quiere, como hace Haydée en sus vacaciones: puta, golfa, buscona, pelandusca, pendón, calientapollas, indecente, guarra, putón verbenero... Un jardín de flores... Sin embargo, los machos alfa que se acuestan con quien quieren, y cuando quieren, como el mismísimo Adrien de la película, reciben, como mucho, en esos mismos círculos, la penitencia de un Ave María y la sonrisa de una envidia cochina: “¡Qué cabronazo...! ¡Qué suerte...! ¡Quién pudiera...!”

“La coleccionista” es una película francesa de 1968 que aquí, supongo, sólo se estrenaría en círculos afrancesados, bienfollantes, más bien izquierdosos. Aunque ser de izquierdas no te libre de este vicio del malpensar con las mujeres. La película de Rohmer, presumo, se vería en cineclubs, cinefórums, cinematecas, sitios así, más bien pequeños y oscuros, garitos de la cinefilia donde se acomodaban los barbudos con trenka y las chicas en minifalda, maoístas y poshippies, liberales y erotómanos. La gente que iba tres décadas por delante del melindre y del débito conyugal. Del camisón remangado y del sábado sabadete regado con vino de la tierra. Del cursillo prematrimonial y del visillo de las viejas.

“La coleccionista”, en pantalla grande, no hubiera resistido tres pases antes de que algún piadoso se hubiera lanzado contra la pantalla para inmolarse. En Francia, sin embargo, que nos llevaba mucho trecho en cuanto a igualdad, libertad y fraternidad, una mujer como Haydée podía pasearse por las pantallas sin escándalo mayúsculo. Sólo el de su belleza, también mayúscula. Y aun así, en la película, sus propios amantes no dejan de mirarla con recelo. La llaman facilona, inmadura, atolondrada... coleccionista.





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Una tarde en el circo

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La fórmula de los hermanos Marx era siempre la misma. Pero dependiendo del director, o de las necesidades del estudio, variaban la proporción de los ingredientes. Por eso unas veces les salían clásicos maravillosos como “Sopa de ganso”, o “Una noche en la ópera”, y otras películas de compromiso, que hacían reír con cuatro bobadas y llenaban sus bolsillos con la recaudación. Los hermanos Marx, antes que inmortales, eran unos profesionales del vodevil, y producían entretenimientos para seguir manteniendo su estilo de vida: Groucho sus inversiones, y Chico sus vicios, y Harpo, su vida sosegada y ejemplar. Y Zeppo y Beppo.., bueno, en fin, los buscaré en la Wikipedia.

“Una tarde en el circo” es película de relleno, de segunda categoría. Engrose de filmografía. Los culturetas, al verla en blanco y negro, y del año treinta y tantos, dirán que es un clásico imprescindible y tal y cual, porque ellos saltan como un resorte, y son incapaces de contener la alabanza o el exabrupto, condicionados ya como perros de Pávlov. Escuchan una campana anterior a 1960 y salivan sin parar; y escuchan otra posterior a Quentin Tarantino y sueltan espumarajos por la boca. Son incorregibles, y muy plastas.  Pero no: “Una tarde en el circo dista mucho de ser un clásico, y lo dice un cinéfilo -o lo que sea- que es muy condescendiente con los hermanos Marx. Con cualquier Marx, en realidad...

En todas las películas marxistas hay que tragar momentos aburridísimos para llegar a esos tres o cuatro engendros surrealistas que permanecen en la memoria. Hay que aguantar, en primer lugar, a la parejita de enamorados que rompe a cantar sus cursilerías, y luego, salpicando el metraje, los números musicales donde los Marx justifican sus años de  conservatorio: el piano de Chico, y el arpa de Harpo, y la canción cabaretera de Groucho. Entre todo esto, y alguna escena más entre personajes secundarios, se te va mínimo la mitad de “Una tarde en el circo”, que uno puede aprovechar tan ricamente para consultar el móvil, o poner las alubias en remojo. Así es imposible construir una obra maestra. Ni creo que los Marx lo pretendieran.





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Queridos camaradas

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Yo sigo diciendo que soy comunista por tocar un poco las narices, y por provocar a los contertulios de derechas, que cuando me oyen se atragantan, y posan las cervezas o cogen el teclado para explicarme que Stalin fue un monstruo todavía mayor que Hitler y que cómo es posible que un tipo como yo, tan culto y tan leído y tan bla, bla, bla, siga por ahí enarbolando la bandera roja con su hoz y con su martillo, con la de crímenes que se cometieron bajo su égida -bueno, “égida” no dicen.

Yo sonrío, y les digo que bueno, que cada loco con su tema, y que el Madrid juega por la noche y estoy bastante preocupado por su deriva. No les confieso -para que se jodan - que en realidad yo ya no soy comunista, o al menos no un comunista de los de antes. Eurocomunista, quizá, de aquellos de Carrillo y otros arrepentidos. Pero qué palabra más vieja, caray, eurocomunista...  “¿Por qué soy comunista?” es el título de un libro de Alberto Garzón que yo tengo en la biblioteca, leído y subrayado. Todo lo que dice don Alberto va a misa, sin cuestionar una coma, así que yo debería ser comunista como él, con las nueve letras orgullosas. Pero hay algo en la boca del estómago que me lo impide. Prefiero declararme socialdemócrata nórdico, o bolchevique rebajado con agua, que viene a ser lo mismo, pero no es igual. O quizá es que los putos yanquis y su propaganda han conseguido, finalmente, que la palabra “comunista” se llene de connotaciones, peyorativa y macabra.

No sé... Allá por 1982, cuando me hice comunista porque a la URSS le robaron un partido en el Mundial de España, los comunistas de aquí apenas sabían nada del comunismo de allí. Algunos habían vivido exiliados, o habían estado en largas visitas, pero la KGB siempre se las apañaba para ocultarles los trapos sucios y el cabreo del ciudadano. O ellos mismos se cegaban, enamorados del ideal, y no tramitaban en la conciencia lo que era obvio y denunciable. Cuando cayó el muro de Berlín nos quedamos todos ojipláticos, algunos alborozados y otros deprimidos. Nos faltaba muchísima información. Hay películas que ahora nos cuentan las barbaries que nunca conocimos.



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La edad de la inocencia

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Lo único que nos iguala con los ricos es el desamor. Digo el desamor trágico, desgarrado, que arruina una vida por entero. Es el único terreno de comunión y entendimiento. La intersección de dos humanidades ajenas y enfrentadas.

Ves una película de burgueses o aristócratas que penan con el corazón partido y te dices: “Yo les entiendo, y me compadezco, porque he pasado por lo mismo...” En el fondo lo que quieres es que aparezca un soviet para expropiar todas sus riquezas y repartirlas con el pueblo, ondeando banderas rojas, pero también quieres que el cerdo capitalista encuentre el amor verdadero y viva feliz en el koljós, o en el sovjós, ya despreocupado del ansia de enriquecerse, y entregado sólo a la contemplación de su amada. Newland Archer, en La edad de la inocencia, hubiera preferido vivir en Minsk con la señorita Olenska que en Nueva York sin su erótica compañía. A eso me refiero.

En todo lo demás, los ricos también lloran, mexicanos de culebrón o españoles de La Moraleja. O norteamericanos del siglo XIX. Pero lloran mucho menos. Para superar los reveses de la vida tienen mejores hospitales, mejores casas, mejores vacaciones... Sus consuelos son más diversos y sofisticados. No es lo mismo llorar el desamor en un piso de mierda que en una mansión de Hollywood. Decía un personaje de Los mares del sur, la novela de Vázquez Montalbán, que los ricos también tienen sentimientos, pero menos dramáticos, porque todo lo que sufren les cuesta menos o pagan menos. Y cuando ya no pueden más, viajan a países exóticos, como hace Newland Archer en la película, cuando su libido reprimida, encauzada hacia su matrimonio con la señorita May, y no hacia al adulterio con madame Olenska, le impide concentrarse en sus pensamientos, y amenaza con romperle una neurona muy básica, o una vena muy primordial.

Pero ni aun así, ya digo, porque el desamor tiene entretenimiento, pero no cura, y en eso es como la muerte, que no distingue entre clases. Aunque a los ricos, por lo general, les llegue más tarde.



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