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Blue Moon

🌟🌟🌟🌟


La vida sería más sencilla si los hombres desangelados no deseáramos a las mujeres hermosas. Si nos atuviéramos -no con resignación, sino con toda naturalidad- a lo que somos y a lo que podemos alcanzar. Supongo que al revés sucede lo mismo. Es como si el deseo no reconociera la realidad ante el espejo. O como si la reconociera, pero luego, en la batalla diaria, la olvidara o la desdeñara. 

La contradicción entre la aspiración y el fenotipo es una gran cagada evolutiva. Un renglón torcido de Dios, si nos ponemos metafísicos. Digo yo, jolín, que el ADN, que ha tenido millones de años para solucionarlo, podría haber creado un mecanismo que nos impidiera soñar a lo bobo con mujeres: una simple proteína, una enzima, una sinapsis emasculada. Nada del otro mundo pido yo: una química básica pero eficaz. Un dimetil de aquellos, una cetona, una base nitrogenada... 

Lorenz Hart, en la película, y supongo que en la vida real, se hubiera ahorrado muchos disgustos -y por tanto muchos lingotazos- gracias a esa bioquímica de juguete. Yo sospecho que las copas de más, las que finalmente le mataron, provenían de amores soñados y luego apuñalados.

Para salvar ese abismo y gozar al menos de una oportunidad, la evolución, en una chapuza bienintencionada, inventó la labia, el rollo, el sentido del humor. Las dotes artísticas... A eso se agarraba Lorenz Hart -tan parecido a José María García que a veces da un poco de grima- para tratar de acostarse con mujeres como Margaret Qualley. A eso nos agarramos, casi un siglo después, los “creadores de contenido”. 

Lorenz Hart fue el letrista de muchas canciones del folklore norteamericano que yo he ido conociendo gracias a Frank Sinatra y a los maestros del jazz. “Blue Moon” es la más universal de todas ellas: cuenta la alegría de un hombre que ha encontrado por fin el amor verdadero en brazos de una mujer maravillosa. La suponemos hermosa porque si no Lorenz Hart no le hubiese dedicado una canción. 




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The Studio

🌟🌟🌟🌟🌟

Aún estamos en mayo, pero por mí ya estaría: “The Studio” es la mejor serie del año. Dudo mucho que venga otra igual. En el negociado de las comedias desde luego que no. 

Seth Rogen y sus guionistas han dado con una fórmula imbatible. “The Studio” es frenética, divertida, demencial... Es imposible dejar un episodio a medias. Hacía mucho que no toqueteaba el teléfono en mitad de una función: siempre hay un agujero en la trama, un marasmo, una tentación de huir antes de regresar. Pero aquí no: en “The Studio” no hay excusas para el bostezo o para la dispersión del espíritu. Comienzan a hablar y ya estás inmerso en las correrías. Ya eres uno más de la pandilla y te lo pasas de puta madre. 

A este lado de la tele todo es una pura carcajada, sí, pero allí, en ese Hollywood recreado, todo es motivo de despido o de meterse otra raya para funcionar. En “The Studio” no hay más que proteína y vitamina saludable: pura chicha de personajes al borde del infarto . 

Sospechamos que esta pandilla de miserables que dirige "Continental Studios" está sacada de la más cruda realidad. Puede, incluso, que la realidad sea mucho peor y que haya cosas que no se puedan ni apuntar. Pero nos da igual. “The Studio” es un canto de amor a las películas. Es incluso didáctica para los que amamos las ficciones por encima de todas las cosas. A estos tipos se lo perdonamos todo. Nos da lo mismo que sean unos peseteros, unos egoístas, unos chulos, unos traidores... Unos hombres deleznables o unas mujeres viperinas. Ellos hacen las películas, y las series, y nosotros besamos por donde pisan con sus zapatos italianos. A ellos les debemos nuestro regocijo, nuestra escapatoria, nuestra salud mental. Son más importantes que los curas, que los psiquiatras, que el 97% de la gente que nos rodea. 

Cuando llega la hora bruja, ellos abren la puerta de nuestra jaula para que volemos durante un rato con las alas extendidas. Sabemos que sólo lo hacen por la pasta, pero les pagamos encantados. Benditos sean.





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Separación

🌟🌟


Acabo de leer -porque me aburría, y porque esto iba para largo- que “Separación” ni siquiera termina al terminar. Que deja los enigmas colgando para que te apuntes a una segunda temporada ya contratada. Pues mira: que les den. A los “dentris” y a los “fueris”. A todos. Ya basta de tomaduras de pelo. Y de tomaduras de tiempo. El tiempo es el bien más valioso que tenemos, y estos tipos de la tele nos lo succionan con unas maquinarias silenciosas y ultrasecretas. ¿Qué harán, luego, en el mercado negro, con el tiempo que nos roban? ¿Se lo venderán a los ricachones a cien mil euros la hora? ¿A doscientos mil? Da igual, ellos pueden pagarlo. ¿Será por eso que los ricos cada vez viven más y los pobres cada vez menos? ¿Y si la esperanza de vida no cayera solo por el desmantelamiento del Estado del Bienestar -que también- sino porque además nos roban el tiempo en las plataformas como nos roban el dinero en los bancos o las ilusiones en las elecciones? ¿En eso consistía, después de todo, la Edad de Oro de la televisión? ¿En otro atraco al proletariado? ¿Una anestesia, una trampa, un opio del pueblo? ¿Un sacacuartos de relojes de arena? Bah.

Ahí dejo la idea, para una serie futurista. O no futurista...

Además de aburrida, “Separación” plantea un futuro laboral que ni siquiera es distópico. Que ni siquiera mete miedo. Yo mismo tengo una mente escindida sin necesidad de llevar un implante neurológico, de tal modo que cuando voy a trabajar, el Álvaro de fuera queda marginado del pensamiento, y cuando salgo de trabajar, el Álvaro funcionarial queda olvidado entre brumas impenetrables, diríase que escocesas. Mi hijo mismo, que ha empezado a trabajar en la hostelería, me confiesa que metido en faena no tiene tiempo ni para recordar cómo se llama, y que cuando sale de trabajar su mente se recupera tratando de olvidar. Pues eso. Que menudo invento de mierda, lo de la cápsula. Ni siquiera eso.




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