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Cuando el coronel Fawcett regresó de su expedición geográfica al Amazonas -donde había ido a trazar la frontera entre Brasil y Bolivia-, se presentó ante la Royal Geographical Society para afirmar que había encontrado los restos de una ciudad perdida: una de cultura extrañamente avanzada, impropia de la selva que al parecer sólo poblaban los indios atrasados. Fawcett la llamó Z porque, según él, completaba el puzle de las civilizaciones humanas, las presentes y las pasadas.
Nadie le creyó. De nada le sirvieron los trozos de vasijas que se trajo en la mochila, ni los diarios de unos exploradores portugueses que estaban a medio camino entre la narración y la fantasía, tal vez identificando La Ciudad Perdida de Z con El Dorado de la mitología. Los miembros de la Royal Geographical Society no estaban dispuestos a admitir que unas tribus en taparrabos, antropofágicas para más inri, fueran capaces de sostener, o de haber sostenido, una cultura que en tiempos pasados rivalizara con las europeas. A comienzos del siglo XX el racismo no era la palabra cargada de connotaciones que es ahora. Porque racista era, prácticamente, todo el mundo. Ni siquiera los círculos intelectuales se salvaban del prejuicio antropológico, que entonces no era considerado como tal, sino un científico saber, y un consenso racional.
Los indios, los negros, los melanesios.., todos esos humanos que habitaban zonas tropicales con mucho calor y muchos mosquitos eran genéticamente inferiores y sólo había que comparar una ametralladora con una lanza para cargarse de razones. Para las mentes más avanzadas de la época eso no justificaba la esclavitud ni la esquilmación de los bienes y los territorios. Pero pretender, como pretendía el coronel Fawcett, que los indios fueran capaces de construir por sí solos una ciudad prodigiosa en el interior del Amazonas, era casi como plantear una broma entre colegas de profesión.