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Z. La ciudad perdida.

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Cuando el coronel Fawcett regresó de su expedición geográfica al Amazonas -donde había ido a trazar la frontera entre Brasil y Bolivia-, se presentó ante la Royal Geographical Society para afirmar que había encontrado los restos de una ciudad perdida: una de cultura extrañamente avanzada, impropia de la selva que al parecer sólo poblaban los indios atrasados. Fawcett la llamó Z porque, según él, completaba el puzle de las civilizaciones humanas, las presentes y las pasadas.

Nadie le creyó. De nada le sirvieron los trozos de vasijas que se trajo en la mochila, ni los diarios de unos exploradores portugueses que estaban a medio camino entre la narración y la fantasía, tal vez identificando La Ciudad Perdida de Z con El Dorado de la mitología. Los miembros de la Royal Geographical Society no estaban dispuestos a admitir que unas tribus en taparrabos, antropofágicas para más inri, fueran capaces de sostener, o de haber sostenido, una cultura que en tiempos pasados rivalizara con las europeas. A comienzos del siglo XX el racismo no era la palabra cargada de connotaciones que es ahora. Porque racista era, prácticamente, todo el mundo. Ni siquiera los círculos intelectuales se salvaban del prejuicio antropológico, que entonces no era considerado como tal, sino un científico saber, y un consenso racional. 

Los indios, los negros, los melanesios.., todos esos humanos que habitaban zonas tropicales con mucho calor y muchos mosquitos eran genéticamente inferiores y sólo había que comparar una ametralladora con una lanza para cargarse de razones. Para las mentes más avanzadas de la época eso no justificaba la esclavitud ni la esquilmación de los bienes y los territorios. Pero pretender, como pretendía el coronel Fawcett, que los indios fueran capaces de construir por sí solos una ciudad prodigiosa en el interior del Amazonas, era casi como plantear una broma entre colegas de profesión.



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The White Lotus. Temporada 2

🌟🌟🌟🌟🌟

La primera temporada no pude ni terminarla. No me interesaba ninguna de sus historias entrecruzadas. El que no era lerdo parecía un insustancial o hablaba por los codos. Ni siquiera la belleza de Alexandra Daddario me mantuvo pegado al televisor. Será que me estoy haciendo mayor y que el deseo catódico ya no es tan fuerte como antes, cuando bastaba un bellezón metido con calzador para mantenerme a pie firme en la batalla.

En la segunda temporada también hay una actriz de quitarme el hipo y dispararme la hipertensión, pero ese no es el tema y tal, que diría Luis Aragonés. Escaldado de la primera experiencia, yo era reacio a meterme de nuevo en el berenjenal plantado por Mike White. Pero el amigo insistía, y los premios llovían, y los de la Cultureta soltaban epítetos altisonantes... Así que poco a poco me fui animando. “Salvo la gorda -me dijo el amigo- no repite ningún personaje de la primera”. Y ahí ya di el paso definitivo.

Los títulos iniciales ya dejan muy claro que esto va de parejas infieles y de acechos sexuales. De hombres que anhelan y de mujeres que juguetean; de cabrones sin ética y de fulanas sin escrúpulos. La crisis de la pareja moderna, que diría un sociólogo invitado por José Luis Balbín. Cuando el conserje del hotel explica a los recién llegados la leyenda de la cabeza cortada ya te descubres morboso perdido y abducido sin remedio. ¿Qué cosa hay más interesante que los recovecos del deseo? El otro día le preguntaron a Manuel Vilas que por qué escribía siempre sobre el amor, a lo que él, un poco perplejo, contestó que no se le ocurría un tema más humano y más excitante. En todo lo demás somos como los animales, pero cuando los hombres y las mujeres se emparejan, sucede que la complejidad de sus sentimientos, sus vaivenes, su ética a medias sagrada y a medias inconsistente, nos convierte en unos seres la mar de interesantes.


En la serie nos recuerdan que los ricos también lloran por amor. Es un consuelo...  No es un consuelo, sin embargo, recordar que las personas en apariencia más superficiales y más bobas llevan dentro de sí la verdadera sabiduría.





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