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Swiss Army Man

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Rara vez dejo una película a los veinte minutos de haberla comenzado. Pero no insisto por ser un cinéfilo recalcitrante. No confundo una sesión de cine con una eucaristía de los curas. Lo hago porque me siento culpable de haberla elegido, desdeñando las demás. Pienso, avergonzado, que yo mismo la seleccioné, la descargué y me tomé la molestia de encontrarle un hueco en la agenda apretadísima... Mi parálisis es una especie de autocastigo. De cilicio neuronal. En psicología se conoce como “falacia del coste perdido” y es un sesgo cognitivo muy nocivo e insidioso. Lo mismo te jode la cinefilia que el resto de la vida.

Pero dos veces al año, tal vez tres, me armo de valor y a los veinte minutos de matraca acciono la guillotina con mi mando a distancia llamado “Robespierre”. Me quedo traumatizado apenas cinco minutos y luego retomo mi vida o pongo otra película como si nada hubiese sucedido. Podría ser un aprendizaje positivo si no fuera porque yo jamás he aprendido nada provechoso ni edificante.

“Swiss Army Man” cuenta la historia de un náufrago que se encuentra un cadáver que no para de tirarse de pedos. En la segunda escena, aprovechando los gases de su descomposición, el náufrago se monta sobre el cadáver cual moto acuática y atraviesa el ancho océano para regresar a nuestro mundo. No: no es una broma. Es un (sic) como una catedral. 

Mientras se suceden las gilipolleces, entro en internet para compartir mi asombro y allí encuentro desde valientes que la quitaron más o menos a esa altura hasta cinéfilos de pro que vieron en “Swiss Army Man” una profunda alegoría sobre la soledad y el amor homosexual. Estos últimos, supuse, ya con la película guillotinada, son los mismos que ven espíritus en las caras de Bélmez e imágenes de Dios en las nubes que sobrevuelan.





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Todo a la vez en todas partes

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Según la teoría de los multiversos, todo está a la vez en todas partes. Quiere decir que hay un universo en el que yo no escribo estos ejercicios cada mañana. Otro en el que esta película infumable jamás fue ideada ni producida. Otro en el que fue ideada y producida pero yo jamás llegué a verla. En ese universo -uno de los más tristes que vagan por el espacio- a mí no me gusta el cine y prefiero ver la Fórmula 1 y “La isla de los famosos”. Es casi tan triste como esos universos en los que yo ni siquiera existo.

Existe un universo en el que Carlo Ancelotti da oportunidades a los canteranos del Madrid para que descansen los titulares. Otro en el que Santiago Abascal se descubre finalmente como un reptiliano y se tiene que retirar de la política. Otro -más idílico aún- en el que yo me mudo a la isla de Faro después de haber ganado el premio Nobel de Literatura. Otro, un poco más miserable, en el que me he dado a la bebida y cada mañana hago cola en el comedor social para tomar mi sopa de sobre y mi pollo sin sustancia.

Hay un universo justiciero en el que Xavi Hernández es entrenador del Vitigudino C. F. y comprende que el fútbol es mucho más amplio que su Verdad Revelada. Hay, incluso, un universo en el que yo tengo una mesa de snooker propia, cojonuda, de 12 pies, en una casa coqueta del campo.

Existe un universo maravilloso en el que los perretes no se mueren a los catorce años, sino a los setenta, o a los ochenta, como nosotros, y así nos acompañan toda la vida. En ese universo solo lloramos una vez por su despedida. Por el contrario, existe otro universo tristón en el que los perretes no evolucionaron y no nos alegran cada mañana con sus lametones.

Existe un universo en el que es mi hijo quien abre restaurantes y se casa con Cristina Pedroche, y Daviz Muñoz quien le contempla a él desde un sofá de Moratalaz, aburrido y contando las monedas.

En un universo yo soy tan guapo como George Clooney; en otro, más feo que Picio. En uno de ellos -devastador- T. no existe. En otro, algo menos triste, T. existe pero no está conmigo. Quiero decir este universo en el que vivo podría ser mucho mejor, pero también mucho peor. 






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