El aura

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Cada vez que salía el perrete, o el perrazo, yo avanzaba la película con el mando a distancia, a velocidad x4, o x8, según el discurrir. Tampoco quería perderme la trama por ser tan sensible y cagonetis. Que se maten los humanos -en las películas, quiero decir, o en algunas realidades escogidas- me da un poco igual; pero que asesinen a los perrines, o a los perrazos, eso ya no. Ellos no tienen la culpa de nuestros pecados capitales. 

La mía es una podredumbre del alma que comparto con muchos semejantes. Lo sé porque no hace mucho, en “El País” -ese nuevo referente de la prensa derechista- publicaron un artículo tratando de explicarnos. Y somos muchos, al parecer. Al final, como suele suceder, ni nos dieron el alta ni nos pusieron a escurrir. “El País” cuida mucho a sus suscriptores.

Sucede que ahora, en las películas, perro que aparece, pero que fenece, y yo me estaba temiendo lo peor. Pero no: el perrazo no muere, y perdón por el spoiler. El perro sale vivo de las peripecias y sirve de testigo mudo para todo lo que sucedió en "El aura": quiénes murieron, quiénes mataron, quiénes levantaron la guita del furgón. Quién diseñó el atraco imperfecto que derivó en el crimen perfecto por pura casualidad. Sólo un interrogatorio de Rex, su congénere, el policía diferente, podría sonsacarle la verdad a fuerza de ladridos. 

Por lo demás, “El aura” siempre será “la otra película de Fabián Bielinsky”, el director de “Nueve reinas”. La que completa su exigua pero interesante filmografía. Bielinsky se murió demasiado joven y nos dejó sin más películas singulares y enredosas. Dios, lo tengo por seguro, es el primo-hermano de Sam “el Bigotes”: un loco con dos pistolas. 

“El aura” tiene un título luminoso pero luego es sombría y cenicienta. El aura del título ni siquiera es la bendición de los santos, sino la maldición de los epilépticos.





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