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The Mastermind

🌟🌟🌟


Existe un género de películas dedicado a los atracos fallidos y a los robos fracasados. A los crímenes chapuceros que van dejando pistas por doquier. Unas veces la culpa es de la mala suerte y otras de la incapacidad del ejecutor. Del “mastermind” que comanda la operación.

Había, por cierto, un juego llamado “Mastermind” cuando era adolescente. No sé si lo siguen fabricando. Recuerdo que había unas fichas de colores y un código a descifrar. Lo jugué una vez en casa de unos amigos y me extravié en el razonamiento. Typical, muy typical... Yo también hubiera sido, por la vía del delito, otro mastermind lamentable como éste de la película: un ladrón sin plan, impulsivo y catastrófico. Mi carrera criminal habría durado lo mismo que la suya: un suspiro vergonzoso. La delincuencia, si es profesional, si es como Dios manda, también exige que el talento y la dedicación vayan de la mano.

La gran película de este subgénero fue “Atraco perfecto” hasta que los hermanos Coen rodaron “Fargo” y crearon todo un universo en expansión. Los criminales de Minnesota comen aparte en la mesa de los tarados. “The Mastermind” transcurre en Massachusetts y ya no tiene ni la nieve ni los apellidos escandinavos. Es una película rara, curiosa, a veces hipnótica y a veces aburrida. La banda sonora te trae y te lleva, eso sí. En los viejos tiempos, cuando la película no era gran cosa, decíamos que nos encantaba su fotografía.

“The Mastermind” no se acerca ni de lejos a las obras maestras de la chapuza. Si no fuera por Josh O’Connor habría que quitarle otra estrella en el firmamento. Su directora, Kelly Reichardt, tiene pinta de ser una excéntrica de cuidado. “First cow”, otra película suya, creo que no llegué ni a terminarla. Ni siquiera los adjetivos de la crítica pudieron con mi paciencia.




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First Cow

🌟🌟


Me he dormido mientras veía las primeras escenas de First Cow. Pero eso, en principio, no es malo. A la hora de la siesta me duermo con cualquier película que ponga sobre las rodillas. Las necesito para conciliar el sueño. Ahí fuera -al menos mientras no estoy en La Pedanía- todo son coches, golpes, ruidos, rodamientos de los vecinos, que se les caen continuamente de los bolsillos, o se los dejan a los chavales para que jueguen. Todavía no he conocido a ningún vecino que no trabaje en algo relacionado con rodamientos -coches, o camiones, o maquinaria industrial- y que no se los lleve a casa para pulirlos, o engrasarlos, o hacerlos rodar, crrrrrraacccck, a ver si funcionan, incluso a altas horas de la madrugada.

Me he quedado dormido a los diez minutos de empezar First Cow, con los auriculares anti-rodamientos puestos. Pero ya digo que me habría dormido igual con El Padrino, o con El hombre tranquilo, en irreverente deserción. He despertado a eso de la media hora de película, lo que deja un saldo de veinte minutos reparadores, canónicos, que si son un minuto menos se quedan cortos, y si son uno más producen cefalea. Así está bien. Medio dormido todavía, con el gustirrinín inconfundible que baña las vértebras del cuello, he rebobinado la película hasta el minuto diez y he empezado a verla otra vez. Luego, de corrido, he llegado hasta el minuto cuarenta y cinco, más allá del sueño y de mi paciencia, y he dicho basta, hasta aquí hemos llegado con la vaca. ¡Cuarenta y cinco minutos! para contar que un americano y un chino se conocen en el Far West. Sólo eso: que se conocen. Que uno busca oro y otro riquezas mercantiles, y que agradecen haberse conocido mientras recogen setas por el bosque, y avellanas, y cosicas así para ir matando el hambre.

Mientras tanto, en los Juegos Olímpicos, que transcurrían en paralelo en el televisor, los americanos y los chinos se conocían, se saludaban y rápidamente se lanzaban a la piscina, o al potro de saltos, a competir, a establecer una épica y una narrativa. Aquí, en First Cow, nada de eso: sólo un documental sobre caras sucias, desdentadas, famélicas... Nada que ver con el Oeste del cine clásico, eso lo reconozco. Pero poco más. Iban un chino, un americano y un español más bien adormilado y medo bobo que les veía en su ordenador. Un chiste sin gracia.



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