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The Mastermind

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Existe un género de películas dedicado a los atracos fallidos y a los robos fracasados. A los crímenes chapuceros que van dejando pistas por doquier. Unas veces la culpa es de la mala suerte y otras de la incapacidad del ejecutor. Del “mastermind” que comanda la operación.

Había, por cierto, un juego llamado “Mastermind” cuando era adolescente. No sé si lo siguen fabricando. Recuerdo que había unas fichas de colores y un código a descifrar. Lo jugué una vez en casa de unos amigos y me extravié en el razonamiento. Typical, muy typical... Yo también hubiera sido, por la vía del delito, otro mastermind lamentable como éste de la película: un ladrón sin plan, impulsivo y catastrófico. Mi carrera criminal habría durado lo mismo que la suya: un suspiro vergonzoso. La delincuencia, si es profesional, si es como Dios manda, también exige que el talento y la dedicación vayan de la mano.

La gran película de este subgénero fue “Atraco perfecto” hasta que los hermanos Coen rodaron “Fargo” y crearon todo un universo en expansión. Los criminales de Minnesota comen aparte en la mesa de los tarados. “The Mastermind” transcurre en Massachusetts y ya no tiene ni la nieve ni los apellidos escandinavos. Es una película rara, curiosa, a veces hipnótica y a veces aburrida. La banda sonora te trae y te lleva, eso sí. En los viejos tiempos, cuando la película no era gran cosa, decíamos que nos encantaba su fotografía.

“The Mastermind” no se acerca ni de lejos a las obras maestras de la chapuza. Si no fuera por Josh O’Connor habría que quitarle otra estrella en el firmamento. Su directora, Kelly Reichardt, tiene pinta de ser una excéntrica de cuidado. “First cow”, otra película suya, creo que no llegué ni a terminarla. Ni siquiera los adjetivos de la crítica pudieron con mi paciencia.




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The night of

🌟🌟🌟🌟

Cada segundo que vivimos es uno de los muchos probables que se ofrecen. La carretera está plagada de alternativas y de sugerencias, a veces para tomar atajos y a veces para despeñarte por un barranco. Casi siempre para marear la perdiz y terminar más o menos donde estabas. Si acaso, para ir de mal en peor perdiendo una batallita cada vez o la guerra en un único bofetón. Casi nunca, ay, para tachar un sueño pendiente de la agenda.

Si nos ponemos en plan mecánico-cuánticos, los futuros alternativos son infinitos y resultan agobiantes si los piensas. Lo que pasa es que no solemos hacerlo porque conducimos distraídos y no prestamos atención a los millones de señales que marcan los desvíos. Sólo de vez en cuando nos vemos obligados a abandonar la ruta prevista para internarnos por otra carretera. Es entonces cuando decimos que me mudé, o me enamoré, o cambié de trabajo, o lo encontré, o me han diagnosticado una cosa muy jodida... Creemos que somos nosotros, pero siempre es el destino, disfrazado de libre albedrío.

La vida decide por nosotros y siempre vamos a remolque. La fortuna hace el trabajo y la voluntad se atribuye todo el mérito. Es el manual de los tontos. La vida es imprevisible y te acecha en cualquier esquina. Que se lo cuenten al bueno de Nasir Khan, el muchacho de "The night of", que un día tomó prestado el taxi para irse de parranda por Nueva York y acabó en comisaría acusado de violación y asesinato en primer grado. Nasir aparcó el taxi en el lugar equivocado y dejó subir en él a la chica equivocada. Si te ofrecen droga y además eres un buen muchacho, tienes que decir que no, como recomendaba Maradona en el spot.

Pero si te ofrecen droga y sexo al mismo tiempo -y quien te lo ofrece se parece mucho a la chica de tus sueños- estás jodido de verdad. En la selva en la que vivimos, el polvo del siglo no puede traerte nada bueno si te lo regalan por la jeta. O te están liando o te estás dejando liar. La ficción, como la realidad, está llena de ejemplos pedagógicos.




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