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Feud: Bette and Joan

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Nunca he vuelto a ver “¿Qué fue de Baby Jane?”. La vi de muy niño y me dejó una especie de trauma psicológico. Pero no por la historia de terror entre aquellas dos chaladas enclaustradas, sino porque se guisaba un animal doméstico a modo de venganza. Mi inconsciente sabe de qué animal se trata, pero decide no contármelo cada vez que se lo pido. 

Luego, con el tiempo, ya matriculado en la Escuela de Cinéfilos, nos contaron que aquellas dos viejas que se odiaban en la ficción también se odiaban, y mucho, en la vida real. “Feud” es un término que podría traducirse por “odio fueguino” y el muy jodido vivía en ambos lados de la pantalla. También nos contaron que ellas no eran tan viejas en realidad, sino dos estrellas extenuadas que se iban apagando. Luminarias del cine clásico que agotaban sus reservas de hidrógeno antes de colapsar. 

La que se pintarrajeaba la cara era Bette Davis: la misma que no era Eva en “Eva al desnudo”; la de los ojos de Bette Davis que cantaba Kim Carnes en “Los 40 principales”. La otra, la paralítica, era Joan Crawford, la dueña de aquel saloon a quien Johnny Guitar rogaba que le mintiera a la cara y le dijera que le quería. Recitando esos datos ya sacabas un aprobado raspado en 1º de carrera, pero luego había que aplicarse mucho para sacar el título, y comulgar con ruedas de molino que yo nunca me tragué.

Me interesa mucho “Feud” porque la historia del viejo Hollywood es como la historia de mi familia. Si mi carne se la debo a mis abuelos, mi referencia constante, casi el 90% de mi educación sentimental, se la debo a esos otros familiares que han ido apareciendo durante más de medio siglo en mis pantallas: las grandes de los cines, y ahora las resultonas de los salones. 

También me interesa porque me recuerda que los dos motores de la creatividad siempre han sido el odio y el desamor. El encono y el despecho han forjado las obras maestras de la literatura, y también las grandes películas de nuestra vida. Las amistades sanas y los amores correspondidos se agotan en sí mismos. Se autocelebran y ya está. No producen nada, salvo paz y bienestar. No contribuyen a entretener a los demás, ni a enseñarles moralejas.




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