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Bajarse al moro

🌟🌟🌟🌟🌟

A lo mejor soy yo, que me dejo llevar por la nostalgia, pero tengo la impresión de que este país era más feliz hace cuarenta años, cuando Fernando Colomo rodaba comedias como “Bajarse al moro”: películas imperfectas, poco oscarizables, pero que traslucían una España jovial y esperanzada. Cine descocado, sin grandes pretensiones, que te contagiaba el buen rollo para toda la tarde, como si el humo de los trujos traspasara la pantalla e inundara las habitaciones de los que no fumábamos ni en pipa.

En los tiempos de “Bajarse al moro” -que hoy en día sería cancelada por el Santo Oficio de las Moradas- apenas llevábamos tres años siendo europeos y ya nos llovía el maná que arreglaba las carreteras y construía polideportivos. En el fondo seguíamos siendo africanos del Norte, y bajarse al moro no era más que aprovisionarse de mandanga en África del Sur. Éramos un crisol de culturas algo retrasado en lo social, y en lo económico, pero un reino intermedio de optimismo y de jolgorio.

Los curas se batían en retirada y los fachas parecían a punto de extinguirse. Eran unos tiempos mejorables, pero cargados de utopía. Nos gobernaba una socialdemocracia que no se parecía en nada a la escandinava -es más, que renegaba de ella- pero nosotros, tan bobos, nos creíamos protegidos por su escudo. Para no mirar donde no debíamos- que siempre es la caja del dinero- los que ya eran exsocialistas en la intimidad nos trajeron el avance social y el progreso en  las costumbres. España se llenó de rock and roll y de cine transgresor. De tendencias sexuales y de prácticas libertarias. La jodienda pasó a ser una celebración de los sentidos y la Iglesia Católica una banda terrorista contraria a la alegría. Aparecieron los condones, y los tangas, y los cigarros de la risa, que en “Bajarse al moro” son el mcguffin que anima el cotarro de Madrid. 

Sólo los más descerebrados, y los más marginales, cayeron en los excesos que otros usaron como propaganda contra Epicuro.

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-¡Yanqui, que eres un yanqui!

- Se dice yonqui, mamá.



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Amarga Navidad

🌟🌟


En las películas de Almodóvar, cuando un burgués se deprime o sufre de desamores, siempre hay otro burgués que le deja un casoplón para curarse de los nervios. La llamada de teléfono no tarda demasiado en resonar: es el amigo, o el familiar, a veces incluso el ex amante, que te presta un paisaje terapéutico a muchos kilómetros del dolor.

Existe una red solidaria en esa clase social que nosotros, los pobres, no podemos permitirnos. Aquí abajo, cuando te jodes, te jodes en tu piso ruidoso, en tu cochambre de paisaje. No va llamarte nadie para invitarte a su chalet en Lanzarote, a su masía en el Ampurdán, a su piso céntrico en Madrid donde ningún vecino da po`l culo y los techos son altos como la Luna, como la Luna... Nuestras miserias sentimentales no tienen cabida en  “Amarga Navidad”. 

Los ricos también lloran, sí, pero se recuperan mucho antes. Es una especie de terapia inmobiliaria que manejan entre ellos. Un tejemaneje que es en realidad muy marxista, porque el que da, da lo que puede, y el que recibe, recibe lo que necesita. Es una utopía comunista que ellos, por supuesto, negarían practicar. Los ricos, tan cínicos y tan prácticos, tienen mejores psiquiatras y mejores compañías, pero también mejores paisajes en los que distraer la mirada y el sentimiento.

Es por eso que en “Amarga Navidad” mis neuronas espejo no terminan de encenderse. Asisten a estos dramones sin que yo sienta ni padezca. Simplemente observo, tomo nota, se me ocurren gilipolleces... Pensaba, por ejemplo, en que Bárbara Lennie es sin duda el álter ego de Almodóvar más hermoso de su cine. Esta mujer -que no su personaje- sí logra encenderme otras neuronas relacionadas con el deseo, con la supervivencia necesaria de la especie. Cada vez que yo sonrío en una fotografía, se muere un gatito en algún lugar de la ciudad; la suerte es que Bárbara Lennie, cada vez que sonríe en una película, lo resucita por ensalmo. 




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Que nadie duerma

🌟🌟🌟


Que tire la primera piedra quien no haya soñado alguna vez con un amor inalcanzable. Un amor matemáticamente imposible, de posibilidades infinitesimales. De todo punto ridículo visto desde fuera. Tan ridículo que no puedes ni confiarte a tus mejores amistades, para que no te tomen a pitorreo y duden muy seriamente de tu salud mental. Un amor silencioso, ultrasecreto, pero no doloroso en realidad, porque siempre hay un rinconcito de la conciencia, aunque amordazado, que se hace cargo de la situación.

Y no hablo de enamorarse locamente de la actriz de Hollywood o del cantante de la tele. Hablo de la vida cotidiana, de cuando conoces a Fulanita o Menganito por las esquinas de la realidad y las mariposas del estómago, contra toda lógica, contra toda obviedad, porque tú eres un chiquilicuatre y ella vive en el último eslabón de la cadena trófica, se empeñan en revolotear de un modo improductivo. O -como le sucede al personaje de Malena Alterio- cuando tú eres como mucho la princesa de Bekelar y el maromo es el actor de moda más  buenorro de los teatros madrileños. Y además con barbita de comechochos gourmet incorporada.

Yo sufrí una vez este enorme desvarío. Tan desvariado que es el único amor secreto que nunca le he contado a nadie, ni siquiera una vez que me preguntaron y yo me vi con demasiados licores espiritosos en el coleto. No, nunca, jamás. El pitorreo hubiera sido histórico. Quién sabe si alguno de los presentes, sin pedirme permiso, hubiera tomado mi historia para construir una película sobre un gilipollas integral.

Pero el personaje de Malena Alterio está hecho de otra pasta más comunicativa que la mía, o quizá es que conduciendo el taxi se aburre mucho y suelta lo primero que se le ocurre, por aquello de crear un clima de confianza con la clientela. O que está un poco pirada, que eso también. Por la boca muere el pez, y por la bocaza la taxista, y como además hay mucho hijo de puta suelto por ahí, y también mucha hija de puta, al final salió esta tragedia costumbrista que no es que parezca escrita por Juan José Millás, el maestro moderno de las tramas kafkianas. Es que lo está. 





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Madres paralelas

🌟🌟


Desde el principio había algo que fallaba estrepitosamente en “Madres paralelas”. Algo indefinido y molesto. Los espectadores movíamos mucho los dedos de los pies, y carraspeábamos como queriendo iniciar una queja de cinéfilos. Pero como no sabíamos definir lo que nos mosqueaba, al final nos quedábamos a media intención, medio mudos, o medio tosidos, según la postura. Quizá, simplemente, es que nos daba miedo criticar a Pedro Almodóvar de buenas a primeras, a quemarropa, sin concederle unos minutos de cortesía. Como si nos doliera señalar la imprevista desnudez de su nuevo emperador.

De pronto, hacia el minuto veinte, en un unísono telepático que nos sacó la risa más tonta del repertorio, giramos las cabezas, nos miramos con cara de Arquímedes gritando ¡eureka! y nos dijimos: “Hablan raro, ¿no?” Y era eso, justamente: que hablaban raro, como atrapados en un teatro para pedantes de la palabra. Como criaturas de un novelista con muy poco oído para el lenguaje coloquial, o con muchas ganas de epatar al personal. Más aún: “Madres paralelas” era un recitativo de actores y actrices que no se creían para nada el texto que declamaban.

-                      - Mejorará -nos dijimos mientras desenredábamos la mirada, pero lo cierto es que “Madres paralelas” ya nunca remontó. Al revés: se fue hundiendo más y más en un fango de frases bobas y de diálogos sin veracidad. Todo muy bien dicho, pero gélido y sin alma. Un compendio de altisonancias sin resonancias, quiero decir.

    Me acordé, de pronto, de aquella entrevista  que le hicieron a Alec Guinness cuando estaba rodando “La guerra de las galaxias” en Inglaterra. Sir Alec vino a decir que no entendía nada de las majaderías que George Lucas adjudicaba al personaje de Obi Wan – “¡Siente la Fuerza, Luke!", y cosas así- pero que él era un profesional como la copa de un pino y que se debía a sus líneas de diálogo y a las indicaciones de su director. Y así es, un poco, o un bastante, “Madres paralelas”: actores y actrices que recorren los caminos de la Fuerza Almodovareña mientras piensan dónde van a cenar cuando acaben de rodar.





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Anatomía de un dandy

🌟🌟🌟🌟


Cuando yo era pequeño, Umbral era un señor extravagante que salía mucho por la tele. No le llevaban para subir las audiencias -porque entonces no había audiencias que medir- sino para que el presentador o la presentadora se tronchara de risa con aquel fulano que comparecía con las gaforras, la bufanda, la melena canosa, diciendo paridas a veces muy bien traídas y a veces boutades que sólo buscaban la provocación. “Lo hago para hacer más grande mi nombre, y vender más libros, y más periódicos”, hubiera dicho él...

Aquella escalada de apariciones culminó en el celebérrimo “yo he venido a hablar de mi libro”, que todos creímos un número circense y en realidad era un cabreo muy sentido, muy meditado, ante la cínica mirada de Mercedes Milá. Yo tenía 22 años y quedé marcado por aquella frase. Umbral la soltó sin afán de trascendencia, regurgitada desde la entraña, pero a mí me pareció el resumen básico de la vida, y de los seres humanos: todos hemos venido a hablar de nuestro libro, de nuestro rollo, de nuestro miedo, y en realidad nadie escucha a nadie. Sólo fingimos que escuchamos para que luego nos dejen hablar. Creo que hasta se imprimieron camisetas con aquello. Y si no, se debería.

Empezó a interesarme el escritor que había más allá del personaje. Leí algunos libros: unos me gustaron, otros me aburrieron, algunos me hicieron reír. Un día cayó en mis manos “Mortal y rosa” -creo que en aquella colección de clásicos de “El Mundo”, antes de que se convirtiera en “El Inmundo”- y me quedé de piedra. Algunas cosas no se entendían, porque Umbral, cuando tiraba de perifollo, se quedaba sólo, el tío. Luego supe que escribió el libro medio empastillado, medio muerto, traspasado por el dolor intolerable... Pero otras cosas  de “Mortal y rosa” eran deslumbrantes, apabullantes, y te dejaban hundido en el sofá. Era un libro que necesitaba a todas luces una relectura. Lo aparqué por un tiempo, y en el ínterin, Umbral, que hasta entonces presumía de ser un socialista infiltrado, empezó a coquetear con la derechona que tanto había criticado. Volvió a parecerme un farsante de tomo y lomo y le negué. 

Ahora le estoy recuperando poco a poco. Escribió grandes cosas y grandes rellenos. Estoy desbrozándolo... Sea como sea, el personaje es fascinante. La persona -como todos-, permanecerá en el misterio.



 

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