Mostrando entradas con la etiqueta Miren Ibarguren. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miren Ibarguren. Mostrar todas las entradas

Aída y vuelta

🌟🌟🌟🌟


En las aplicaciones del amor yo siempre lo advertía: no veo televisión generalista. Mi mayor terror, más que dar con otra mujer desequilibrada, era enamorarme de alguien que luego me propusiera ver juntos, yo qué sé, “La isla de las tentaciones”, o el “Masterchef” de los famosos. Una semana podría aguantar; dos, imposible. Se me notaría mucho el desinterés, mi falta de sacrificio. “Oye, tío, que yo he aguantado tu puta película de Fellini sin hacer muecas ni lanzar puyas a la pantalla”.

Hoy en día, más que en la cama, los amores se dilucidan en el sofá. Con la afinidad televisiva ya tienes medio camino recorrido. Lo otro es sábado sabadete y un poquito de paciencia. Por eso yo me adelantaba a los acontecimientos anunciando mi desdén, y por eso nadie, o casi nadie, acudía a mi reclamo. 

Entre las muchas cosas que nunca vi estaba “Aída”, la serie que sí veía todo el mundo en Tele 5. En aquella década, al parecer prodigiosa, yo estaba a lo mismo que ahora: a la Champions, al snooker, al cine de ayer y de hoy... A las series americanas y al canal Mezzo de los violines. Un hombre televisivo, sí, pero sintonizando otra galaxia. El “prime time” de mis compatriotas es un concepto desconocido para mí. Huyendo de la publicidad -que es la carcoma de nuestro espíritu- me aboné a Canal + en el año 95 y emprendí una ruta solitaria que al final me trajo a estas montañas de eremitas.

Aun así, he caído en “Aída y vuelta” porque todo lo que hace Paco León, o casi todo, tiene algo estimulante. Empezó haciendo de bobo y ahora es el más listo del lugar. Cuando me aseguré de que se podía ver “Aída y vuelta” sin mayores referencias, me lancé. Estar en antecedentes ayuda, pero no es imprescindible. La película no es “Eva al desnudo”, pero también va de bambalinas del showbusiness. Si son metarreales o metaficticias eso no lo sé. Da igual: la reflexión sobre los límites del humor es un tema trascendental. Quizá sea el tema de los temas. Saber de qué se ríe una sociedad, en público y en secreto,  te da el punto de cocción.





Leer más...

Fe de etarras

🌟🌟🌟

El trabajo más duro para cualquier terrorista profesional, de esos que hacen carrera en el empeño y luego suben puestos en el escalafón, no es apretar el gatillo, ni detonar la bomba, que para eso ya vienen con la psicopatía de serie, y la sociopatía incorporada en el chasis. Lo más jodido de su labor asesina es esperar: pasar un día tras otro de calculada inactividad, esperando instrucciones, repasando el plan, cargándose de razones... Después de cada crimen cometido, con su subidón de adrenalina y su inflamación de las creencias, vienen largos meses de sigilo en el piso franco. Ratos interminables de jugar al trivial o al parchís mientras los telediarios pasan por delante y la vida transcurre. 

    En el fondo, ser terrorista es un auténtico coñazo, sobre todo si vives tras las líneas enemigas, porque estás muy lejos de los tuyos, a mil kilómetros de tu bar preferido, con la novia -o el novio- siempre en trance de olvidarte o de mandarte a la mierda. Sólo los matarifes más fanáticos, o los que no tienen vida propia que disfrutar, aguantan esa tensión de los días vacíos. Ese cobrar un sueldo y una manutención por no hacer nada. Hay que ser un funcionario muy honrado para resistir la tentación de la actividad...


    Fe de etarras transcurre en 2010, en plena decadencia de ETA, y también en pleno Mundial de Sudáfrica, con la retórica españolista en las radios y las banderas rojigualdas en los balcones. Ante tal panorama, el único personaje que mantiene su fe es el personaje de Javier Cámara, un riojano de Euskalherría que se considera a sí mismo el último gudari, el último mohicano de una lucha patriótica que viene de siglos, de milenios incluso, enraizada en las disputas que mantuvieron los protovascos que cazaban el mamut con los protoespañoles que preferían el venado. Sin embargo, a los otros comandos que le acompañan, se les va cayendo la fe de los bolsillos, y la arrastran por el suelo como condenados con su bola de hierro. Decía Francisco Umbral que siempre era un espectáculo contemplar a los hombres trabajando en lo suyo, y Fe de etarras, básicamente, es una ventana abierta -finamente cómica, pulcramente medida- a esas jornadas maratonianas de los terroristas dedicados a su trabajo revolucionario de contemplar las musarañas.




Leer más...