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Sugar. Temporada 2

🌟🌟🌟🌟


La serie no es gran cosa, pero no dejo de mirarla. En el detective Sugar he encontrado un álter ego de mi vida en La Pedanía. Un semejante en el extravío. Los dos somos marcianos que vivimos en otro planeta y estamos fascinados por el cine. Ambos somos incapaces de mantener un conversación sin hacer referencia a una película que vimos: un diálogo, un personaje, una situación que se asemeja... En eso somos recalcitrantes, un pelín irritantes para quien no juegue a nuestro rollo. Pero no vamos a cambiar a estas alturas. Como decía Cabrera Infante, las personas indiferentes al cine sólo pueden ser malas personas.

La diferencia es que Sugar -además de ser mucho más atractivo y atildado, un pincel en movimiento- es un marciano literal, venido del espacio, mientras que yo soy un marciano metafórico: uno de León trasplantado en estos parajes tan ajenos a mi crianza y a mi carácter. Un extraterrestre de la capital incapaz de cultivar unos tomates o de levantar un muro de ladrillos. Un inadaptado cultural. Una rara avis que se pasa todo el día entre las películas de la tele o entre sus propias películas coleccionadas, todas ellas en versión original, y algunas, incluso, en el blanco y negro de los contumaces. 

León y La Pedanía apenas distan 100 kilómetros en línea recta, pero para mí son como los 100 pársecs que separan la Tierra de la galaxia lejana de Sugar. Estoy seguro, además, de que se tarda menos en llegar hasta allí, surcando el hiperespacio, que en cruzar el Manzanal con la carraca del Regional de la RENFE, o con el ALSA disparatado que para en todas las huertas con apeadero. Cuando llego a León para ver a la familia siento que he regresado a mi planeta: debe de ser la altitud, el paisanaje, la ausencia de viñedos... Me siento como en casa. En La Pedanía, en cambio, me siento como Sugar el detective: más un observador que un habitante. Un exiliado laboral. Un animal ajeno al ecosistema, que sobrevive sin integrarse. 





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El botín

🌟🌟🌟


La corrupción en Miami continúa. Mas de cuarenta años de vicios y fornicios nos contemplan. “Con-Dón Johnson”, decíamos en el patio del colegio, y nos meábamos de la risa. Ricardo Tubbs y Sonny Crockett sobrevivieron a las balaceras y a los Ferraris y ahora están de jubiletas jugando al golf en los campos de Florida. Pero sus herederos en el cargo, peor vestidos y peor afeitados, siguen bregando contra el narcotráfico que nunca descansa. Es más: que parece más floreciente que nunca si nos atenemos lo que se cuenta en “El botín”, cuando los narcos se desprenden de 20 millones de dólares como quien se desprende de cinco euros en una propina del restaurante.   


20 millones de dólares, divididos entre los cinco policías que se los encuentran, tocan a 4 millones por barba. ¿Se puede decir hoy en día “por barba” cuando dos miembros de la Brigada Antivicio son mujeres empoderadas? Tendré que consultarlo con mi abogada. Sea como sea, la tentación es mucha. Y el sueldo de madero, en Florida, según nos deslizan también, apenas da para cubrir los gastos habituales en este gremio peliculero: la pensión alimenticia de los hijos y de las exmujeres -o de los exmaridos-, y el alquiler por las nubes, y la factura del hospital privatizado... Un drama de la hostia provocado por la Ley del Divorcio y por el “laissez-faire” de los liberales. Estas cosas, con Franco, desde luego, en América, no pasaban.


Yo no lo hubiera dudado ni un segundo, pero Affleck y Damon son dos tipos íntegros que se deben a su legión de seguidores. Sus personajes, aunque rudos y desastrados, prefieren una conciencia tranquila a cuatro millones en el banco. Otra cosa es la gestión del pastonazo, que eso sí me habría tirado para atrás. Los quebraderos de cabeza que da tener mucho dinero son muchos y enrevesados. Tendría que contratar a Saul Goodman para que los pusiera a buen recaudo y comenzara a blanquearlos en un lavadero. Pero aquella, ay, como “El botín”, era otra ficción de corrupciones que terminaba como el rosario de la aurora.





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