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Sugar. Temporada 2

🌟🌟🌟🌟


La serie no es gran cosa, pero no dejo de mirarla. En el detective Sugar he encontrado un álter ego de mi vida en La Pedanía. Un semejante en el extravío. Los dos somos marcianos que vivimos en otro planeta y estamos fascinados por el cine. Ambos somos incapaces de mantener un conversación sin hacer referencia a una película que vimos: un diálogo, un personaje, una situación que se asemeja... En eso somos recalcitrantes, un pelín irritantes para quien no juegue a nuestro rollo. Pero no vamos a cambiar a estas alturas. Como decía Cabrera Infante, las personas indiferentes al cine sólo pueden ser malas personas.

La diferencia es que Sugar -además de ser mucho más atractivo y atildado, un pincel en movimiento- es un marciano literal, venido del espacio, mientras que yo soy un marciano metafórico: uno de León trasplantado en estos parajes tan ajenos a mi crianza y a mi carácter. Un extraterrestre de la capital incapaz de cultivar unos tomates o de levantar un muro de ladrillos. Un inadaptado cultural. Una rara avis que se pasa todo el día entre las películas de la tele o entre sus propias películas coleccionadas, todas ellas en versión original, y algunas, incluso, en el blanco y negro de los contumaces. 

León y La Pedanía apenas distan 100 kilómetros en línea recta, pero para mí son como los 100 pársecs que separan la Tierra de la galaxia lejana de Sugar. Estoy seguro, además, de que se tarda menos en llegar hasta allí, surcando el hiperespacio, que en cruzar el Manzanal con la carraca del Regional de la RENFE, o con el ALSA disparatado que para en todas las huertas con apeadero. Cuando llego a León para ver a la familia siento que he regresado a mi planeta: debe de ser la altitud, el paisanaje, la ausencia de viñedos... Me siento como en casa. En La Pedanía, en cambio, me siento como Sugar el detective: más un observador que un habitante. Un exiliado laboral. Un animal ajeno al ecosistema, que sobrevive sin integrarse. 





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Misión imposible: Sentencia final

🌟🌟🌟🌟


Siempre hay un momento en las películas de “Misión imposible” en el que me pregunto: ¿y todo esto para qué? Es la mar de entretenido pero no sirve para nada. La humanidad se va a ir al carajo tarde o temprano. Es cuestión de años. De unos pocos siglos a lo sumo. Casi todas las novelas de ciencia-ficción se desarrollaban en futuros milenarios y cada vez nos parecen más utópicas e inocentes. Todas las misiones imposibles de Ethan Hunt no son más que una lucha desesperada contra el destino. Tanta pasión para nada. Tanta operación de jeta y tanta tabla de gimnasia para encarnar a un héroe del todo innecesario. 

Cualquier día aparecerá el coronavirus definitivo o se estrellará un meteorito tan grande como Australia. Uno de estos veranos la temperatura se pondrá en 50º C a la sombra y ya no bajará de ahí hasta el día de Navidad. Se secarán las fuentes y nos quedaremos sin resuello. Las guerras por el petróleo serán una broma histórica comparadas con las guerras por el agua. Quizá, quién sabe, ya ha nacido el loco que un día apretará el botón nuclear jaleado por su pueblo. Y luego está la Inteligencia Artificial, claro, que aquí se llama “La Entidad” pero en las películas de Terminator ya era conocida como “Skynet”. Es una vieja conocida de la cinefilia. 

Después de todo, ¿qué es la humanidad? Mi humanidad es el puñado de personas a las que quiero y me sobran dedos para contarlas. También está el puñado de las personas a las que admiro -que es mucho más numeroso y variopinto- pero todas ellas viven muy lejos, allá en Madrid o en California. O en Sebastopol. Ellos son los escritores, los artistas, los magos del balón... Les aprecio pero están a muchos grados de separación. Cuando leo sus muertes en el periódico me entristezco pero no lloro. No me joden el día. 

Sin embargo, los animales que sufren o que mueren me enternecen el corazón. Los salvajes y los domésticos. Los que pertenecen a alguien y los que un día me pertenecieron. Ethan Hunt tiene la misión imposible de resucitarlos en una nueva entrega que ya nunca se rodará.




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Misión Imposible: Sentencia Mortal

🌟🌟🌟🌟


A mitad de película tuvimos que parar porque ya nos dolía la cabeza de tanto procesar información. Nuestro software bioquímico no alcanza ni de lejos las prestaciones de la dichosa Entidad de las narices.

En la pausa yo tomé un café solo y mi hijo uno con leche. Galletas para mí y nada para él. Tom Cruise es más que un actor cojonudo para las nuevas generaciones: también es un ejemplo de barriga plana y de actitud positiva ante la vida. Si le mencionas a mi hijo que el tío Tom se ha operado la jeta varias veces se mosquea un poquitín. Dice que son imperativos del guion; arreglos necesarios para que el personaje sea convincente y nos siga regalando películas como ésta.

Nada que objetar.

Para aclararnos con la película nos pusimos a hablar de los giros de la trama, pero luego se nos fue el oremus comentando detalles fisonómicos de Rebecca Ferguson y de Vanessa Kirby. Al final resultó que yo soy más de Rebecca y mi hijo más de Vanessa. De la protagonista principal no dijimos nada y la verdad es que no entiendo nuestro desdén de enamorados.

Nos dolía la cabeza, sí, pero no en plan mal, de vaya rollo de película, sino en plan de computadora que ya no da abasto con el argumento. Érase una vez dos sistemas recalentados. Yo juraría que algunas de mis neuronas se hicieron un nudo tratando de comprender. “Misión imposible: Sentencia mortal” es el rizo del rizo. El rizo 7.0. Y es solo la primera parte del colocón... 

Hace unas horas que terminó y ya no sabría muy bien cómo resumirla. Está la CIA, el FMI -el otro FMI, idiota- el MI6, los rusos del submarino, una IA global desquiciada, un malo malísimo, una intermediaria de París, una asesina casi albina y una ladrona que roba cosas sin preguntar qué son o para qué valen. Todos mezclan verdades con mentiras y algunos se ponen máscaras de látex. Los hay, incluso, que cambian de bando de repente, y cuando ya crees que has retomado el hilo de la acción te ponen a Rebecca Ferguson en primer plano y ya se te va el oremus otra vez. 


O a Vanessa Kirby, que tanto monta monta tanto.




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