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Evasión o victoria

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¿De qué se puede hablar con un nazi? Pues de fútbol. Es lo último que nos queda. La última bala antes de las balas. Si lo sabré yo, que soy del Real Madrid y a veces tengo que compartir bar con los fascistas. Y no pasa nada. Cuando el árbitro pita el comienzo del  partido ya no somos rojos ni azules, sino blancos que sueñan con reconquistar Europa y luego los cinco continentes. Si esto no es la reconciliación nacional, la fraternidad ibérica, que baje Cristo -o san Vladimir Ilich- y lo vea. 

Hace años, entre enemigos irreconciliables, también hablábamos de mujeres hermosas para engrasar la conversación, pero eso ya está muy mal visto en sociedad, así que el fútbol es el último pegamento y la última frontera. La sublimación del insulto y la cachiporra. ¿Quién no tiene un colega nazi o un cuñado fascista? Son ubicuos y fanfarrones. Que alce el brazo -o mejor aún, que levante el puño- quien esté libre de esa condena. Y sin embargo, por no romper la armonía en el trabajo, por no destrozar el entorno familiar, nos ponemos a hablar de lo único que nos une: la pasión por el balón. 

La vida social, hasta que todo se vaya al garete, es esa escena en la que Michael Caine, el prisionero de guerra, y Max von Sydow, su carcelero alemán, se reconocen futbolistas veteranos y deciden montar un partido para olvidar que deberían odiarse y pegarse cuatro tiros a quemarropa.

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“Evasión o victoria” fue, junto a “La guerra de las galaxias”, la película de mi infancia. La vi en el cine Pasaje junto a unos amigos y recuerdo que al regresar a casa íbamos pegándole patadas a los botes, recreando los goles y la epopeya. Flipábamos. Años después llegó el VHS y la alquilamos tantas veces en el videoclub que ayer, después de muchísimos años sin verla, me iba anticipando a todas las escenas. El gol de Pelé, por cierto, además de un golazo de chilena, fue un golazo contra el fascismo que alguien debería rescatar como emblema universal en la lucha que no cesa. Seguramente nos haga falta en el próximo Mundial.





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Rambo: Acorralado parte II

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De chaval tuve unos amigos fascistas que la alquilaban continuamente en el videoclub. Es por eso -y no por otra cosa- que vi “Rambo II" muchas veces, tantas que ahora que la encontré en Movistar + aún recordaba las escenas y los diálogos. Se podría decir -aunque sea contrario a mi voluntad- que “Rambo II” dejó huella en mi cinefilia, aunque no surco, porque en esos bancales yo no he vuelto a plantar ni una mísera cebolla. 

A mediados de los años ochenta yo era un agente del KGB infiltrado en los Maristas de León. Mis padres, tan rojos como aquellos padres de “The Americans”, me enviaron a estudiar tras las líneas enemigas para hacerme un hombre de provecho gracias a la disciplina de los curas; pero, sobre todo, para pasar informes al comisario político de nuestra zona, que luego los traducía al ruso y los enviaba a Moscú disimulados en una partida de embutidos. 

(En el cajón de los recuerdos aún guardo la Orden Infanto-Juvenil de Lenin que el camarada Petrovich, delegado provincial, me impuso en un acto muy secreto y cargado de emociones).

Mis amigos, ya digo, eran todos unos fascistas o estaban en proceso de convertirse. Uno llegó a ser menetérico y a pedir destino voluntario en el País Vasco para (sic) ametrallar a los etarras como hacía Rambo con los charlies del Vietcong. Los demás disimulaban algo mejor, pero al final, cuando se hicieron hombres, terminaron votando al PP porque no había otra cosa más decente a su derecha. Supongo que ahora serán palmeros de Alvise Pérez, el “Rambo del Telegram”.

Infiltrado en sus filas, yo también aplaudía cuando Rambo desenvainaba el cuchillo y le abría las tripas a un maldito comunista; o cuando disparaba una flecha con punta explosiva y se cargaba tres poblachos arroceros de una vez; o cuando ajusticiaba sin piedad a esos amarillos malnacidos que querían invadir Wyoming para convertir los ranchos de vacas en koljoses o en sovjoses, que nunca aprendimos la diferencia. 

Al terminar la película, yo regresaba a mi casa, elevaba acta al camarada Petrovich y recorría la ciudad para alquilar, en otro videoclub muy lejano, el “Octubre” de Eisenstein.





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