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Rental Family

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“Rental Family” no vende los mismos servicios que “Familia S. L.”, aquella empresa que alquilaba parientes en la película de Aranoa. Son empresas distintas ubicadas en países diferentes. Y lejanos, muy lejanos. En lo geográfico y en lo social. "Japón, miá que está lejos Japón...". Si nosotros somos “gaijines” -completos inútiles- para entender la cultura del sol naciente, ellos, los nipones, cuando llegan al sol poniente, se dedican a fotografiarlo todo para disimular que tampoco se enteran de casi nada.

En “Familia” nadie engañaba a nadie. Tú mismo llamabas a la empresa para alquilar, por ejemplo, una esposa ideal para el cóctel de la empresa, o una familia completa para la paella del fin de semana, con todos los extras disponibles: el cuñado fascista, la suegra regañona, el adolescente insoportable... Aquel era un negocio sin aristas morales. Una fábula agridulce sobre la soledad. “Rental Family”, en cambio, se dedica a engañar a los cuitados japoneses. Y a las cuitadas. No la contratas tú, sino que la contratan a tus espaldas, tus seres queridos, que se preocupan por ti. Si necesitas -como sería mi caso- alguien para hablar de fútbol o del snooker en Eurosport, tu familia te alquila un amigote que de pronto aparece en el bar para darte conversación. Uno que finge ser un recién llegado a la ciudad, pero que en verdad es un actor contratado para que ya no te sientas tan solo en este mundo. 

En “Rental Family”, por ejemplo, Brendan Fraser, finge ser el padre de una huérfana y el admirador de un escritor sin admiradores. Mientras él les engaña por dinero, ellos le toman un cariño desmedido. Parece una buena obra de los familiares preocupados, pero a mí me parece un tejemaneje inquietante. Mientras veía “Rental Family” me dio por pensar cuántas personas que han pasado por mi vida eran de verdad lo que decían, o eran actores -sobre todo actrices- contratados para mi bien. O para mi desgracia. Cuántos eran quienes decían ser y cuántos, cuando yo no estaba presente, sentían remordimientos por estar engañándome como a un chino. O como a un japonés. 




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Shogun

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1. Para entender los enredos históricos que se plantean en los primeros episodios hay que acudir a la Wikipedia. No queda otra. Lo del Tratado de Tordesillas y la piratería de la Pérfida Albión más o menos lo conocíamos, pero las relaciones de los japoneses con el mundo exterior requieren una lectura muy atenta de los artículos. Simplemente lo señalo. No me quejo. Está bien usar el teléfono para profundizar en la trama y no para ausentarse de ella con cualquier gilipollez.

2. Pero luego, ay, el sol naciente se va apagando entre las nieblas y las nubes, que diría cualquiera de estos japoneses arrebatado en un trance poético. “Shogun”, como el 99% de las ficciones televisivas, dura demasiado, y recorta mucho el presupuesto hacia el final. Aquí tiene que haber una razón comercial que se me escapa. ¿Por qué hacen x series con diez episodios en lugar de 2x con cinco? 

3. Corren malos tiempos para los nostálgicos de aquellas primeras temporadas de “Juego de Tronos”. Times are changing. No se ve ni una teta. Y pollas tampoco. “Shogun” es puro mainstream. Yo pensaba que la modernidad iba a traernos una polla por cada par de tetas para igualar la cuenta de excitaciones. La igualdad  Pero no: la revolución del #Metoo nos ha traído un nuevo puritanismo. Las monjas es posible que se reproduzcan por esporas.

4. En Japón, los hombres, cuando rematan una declaración altisonante, no dicen “mecagüendiós” como aquí: dicen “jum”, con un sonido muy gutural, tirando de garganta. Lo que no sé es si “jum” también significa “mecagüendios” o si es una simple interjección carente de obscenidad.

5. Viendo “Shogun” me acordaba todo el rato de Paco Calavera cuando expresaba su perplejidad ante los subtítulos de las películas japonesas. Una frase interminable en japonés suele resumirse con apenas un “te quiero” o un “cariño, está lloviendo”, mientras que un monosílabo a veces desencadena toda una explicación en castellano sobre la toma de Osaka, la organización de los ejércitos  y las negociaciones que vendrán tras la victoria. 

6. Anna Sawai, por votación unánime del jurado, ha sido designada como la Mujer más Guapa del Año. La decimoquinta,  en lo que llevamos de año.




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