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The Audacity. Temporada 1

🌟🌟🌟🌟


“The Audacity” es un episodio muy largo de “Black Mirror”. Uno siniestro y perturbador, aunque a veces parezca una comedia de tecnobrós. Lo que se dirime aquí puede que no esté a la vuelta de la esquina, sino que ya exista de verdad y vivamos tan felices. “The Audacity” habla del fin de la intimidad. De su fin absoluto, se sobreentiende. De la desnudez integral ante un ingeniero de Silicon Valley. Ha llegado a los kioscos el porno duro de nuestras entrañas.

Primero fueron las cámaras de vigilancia, luego la omnipresencia de los móviles, más tarde las cookies y los consentimientos... Nos fueron cociendo a fuego lento, grado a grado, como a ranas en la marmita. En parte cedimos y en parte nos obligaron. Los teléfonos móviles son tan divertidos como necesarios. Necesitaríamos un buen abogado -¡Better call Saul!- para no ser condenados por gilipollas. 

“Hypergnosis” es una empresa maligna -como de malvados de James Bond- que utiliza un software apocalíptico para saberlo todo de nosotros: historiales, genes, ruinas, deseos, deslices, comentarios... Intenciones fallidas y escondites secretos; ubicaciones y toses; teléfonos y sueños; hijos secretos y miradas al canalillo. Todo. Un ingeniero de “Hypergnosis” posee sobre nosotros la omnisciencia de los dioses. Por un puñado de dólares fingirá que no nos conoce; pero si no nos suscribimos a su plan Premium o Total, venderá todo eso a los comerciales. Nos relajarán al brazo secular para que nos llamen a todas horas y nos nieguen las coberturas. Será el gran orgasmo del capitalismo. La sonrisa triunfal de Isabel y su maromo.

Viendo la serie me acordaba de aquellos indios americanos que nunca se dejaron fotografiar. Ellos veían el futuro mientras nosotros posábamos y decíamos “¡patata!”. Vivíamos en la inopia. Somos productos andantes; datos implumes. En el fondo todo es información: lo dicen los CEOs de Sillicon Valley pero también los físicos teóricos. La materia y la energía no existen. Bajo la realidad no hay bolitas ni rayitos: sólo información, código, algoritmo. Matemática pura. Números. Y los números son, en último término, dinero. 




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Birdman

🌟🌟🌟🌟🌟

Una vez quise ser escritor, en la última aspiración de la juventud, pero la repercusión de lo escrito fue mínima e insuficiente. Enfrascado en la impostura del artista, mi pajarraco interior ya me advertía con la misma voz ronca del Birdman de Michael Keaton. Ese bípedo plume que le recuerda a todas horas que no es un actor, sino una estrella de Hollywood. Un tipo que necesita las tomas cortas y el disfraz de superhéroe para tapar las carencias de su talento. Un farsante que ahora quiere engatusar al público de Broadway y que va a estrellarse sin remedio contra las tablas, por hacer lo que no sabe, y fingir lo que no es.  



    Mi pajarraco -que no era de color azul como el de Birdman, sino negro como los cuervos, más parecido al Rockefeller de José Luis Moreno que a un ave imperial y majestuosa-  también seguía mis pasos por la calle, se sentaba frente a mí en las cafeterías, se ponía a cagar mientras yo me limpiaba los dientes en el baño. Se posaba en el travesaño de una silla y me interrumpía la escritura como a Michael Keaton, el suyo, le interrumpe la meditación,  y ahuyentaba a las musas con el matamoscas mientras las llamaba de todo, desde intrusas a desnortadas, haciéndoles esos mismos gestos obscenos de Rockefeller cuando se metía las alas en los bolsillos...  Luego el hijoputa se volvía, me sonreía con su pico sin dientes y me hablaba con la voz cazallera que me persigue en los monólogos interiores:

    “Lo tuyo es el fútbol, Álvaro, y no la literatura; lo tuyo es lo prosaico, y no lo poético; el bar, y no el ateneo. La chanza, y no el pensamiento. No has tenido una vida digna de contar, ni posees el tono para convertir lo vulgar en universal. La escritura es para hombres de mundo, y tu mundo provinciano ha sido pequeñito y poco exportable. Y tu mundo interior… tu mundo interior es un cajón de sastre, lleno de recuerdos confusos, de fechas mezcladas, átomos desorganizados que jamás formarán una molécula literaria…”

    Así me hablaba mi Birdman particular, irónico y contundente, y siempre remataba sus discursos diciendo: “¡Toma, Moreno!”. Pero hace mucho que no le oigo... Y yo cada día escribo más… Quizá ha emigrado, o se ha quedado mudo, o la ha espichado contra algún tendido eléctrico.



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