El día de mañana

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Estábamos el amigo y yo con las cervezas en la mano cuando nos dio por glosar, el otro día, en la primera terraza al solete , la belleza sin par de Aura Garrido, que es una actriz por la que ambos suspiramos muy platónicamente al borde ya de la edad provecta, casi como Harvey Keitel y Michael Caine sumergidos en la piscina de La juventud. El amigo y yo nunca coincidimos en gustos mujeriegos, que parece que viviéramos en planetas distintos, del criterio, o de la experiencia, y por eso, cuando nos descubrimos partícipes del mismo triángulo amoroso, nos ponemos muy contentos y celebramos el evento pidiendo una cerveza de más.

    Fue ahí, en la cerveza extra, que ahora comprendo que nunca tuve que haber tomado, cuando el amigo me recomendó El día de mañana, que hace meses habían pasado por el Movistar +. Yo, en principio, me mostraba reacio a seguirle el consejo, por mucho que Aura Garrido paseara en la serie su hermosura. Pero un prurito de decencia me recordó que soy el primero en dar el coñazo a las amistades -y a los cuñados, y a los compañeros de trabajo, y a cualquiera que se ponga por delante- con que “tienes que ver tal serie”, o “no puedes perderte tal película”. Así que me comprometí, en solemne juramento, y con tres cervezas muy fermentadas, a ver la serie completa y a dar parte puntual de mis progresos, como un alumno sujeto a evaluación periódica por su profesor.

    Qué lejos estaba yo de saber, ay, que esos seis episodios iban a ser como seis siglos en la cárcel de mi propio salón. Porque la serie, desde el primer momento, se me hizo chicle masticado, y regüeldo en el esófago. Los hechos narrados en la serie forman parte de la educación sentimental de mi amigo, que es mayor que yo, y supongo que de ahí procedía su didáctico entusiasmo. Pero a mí todo esto del comisario facha y el troskista barbudo, del guateque en la boite y el magreo en el picnic, Arias Navarro y el Espíritu de Febrero, los grises dando hostias y los futuros corruptos huyendo de las porras, me suena a trama de Cuéntame, muy lejana y empalagosa. A Victoria Prego dando la monserga. Sucede, además, que nunca me creo las series dramáticas españolas. Enfrentado a la pantalla de mi televisor, sólo concibo a este país desde la comedia, la astracanada, la gilipollez supina. Azcona y Berlanga, Pajares y Esteso, Muchachada Nui... Son las radiografías más certeras. El enfoque serio no va con nosotros. No nos retrata. Eso se les da mucho mejor a los anglosajones.




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El tercer hombre


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Cuando Holly Martins descubre que su amigo está envuelto en un negocio de penicilina adulterada que deja a los niños de Viena ciegos o tontos, la palabra lealtad, que hasta entonces era un principio moral esculpido en piedra aramea, de pronto se resquebraja como sometido a una temperatura intolerable. Ante las pruebas irrefutables que el ejército británico le pone ante las narices, algo muy valioso se fractura en la cabeza del abatido Holly, haciendo un ruido como de iceberg que se desgaja del continente. Como de falla insondable que de pronto se abre sobre el terreno firme. El jodío Harry, el juerguista Harry, el entrañable Harry, el amigo Harry de toda la vida, no ha defraudado unos cuantos dineros a Hacienda, ni ha montado una estafa piramidal, ni ha plantado macetas de marihuana, ni ha dejado multas de tráfico sin pagar. La lealtad podría decir peccata minuta en todos esos casos. Pero no son crímenes de chichinabo, precisamente, los que han convertido a Harry Lime en el hombre más buscado entre las ruinas de Viena, que no son sólo arquitectónicas, sino también morales, porque la II Guerra Mundial ha dejado miasmas de cinismo en el aire, una polución que se respira para dejar ennegrecidos los pensamientos.

    Y sin embargo, Holly no está dispuesto a mover un solo dedo para que su amigo sea capturado. Su amistad está acabada, pero la lealtad, quebrada como el ala de un pajarillo, todavía hace esfuerzos por volar. Es lo que tiene la amistad, que está hecha de pedernal, de wolframio endurecido, y muchas veces es más resistente a la contrariedad que el amor más loco de los amores. Holly, finalmente, sólo colaborará con las fuerzas del orden cuando en el otro lado de la balanza no estén los niños afectados por la penicilina, sino los ojazos de Anna Schmidt, y su silueta de mujer hermosa escondida bajo el abrigo sempiterno. Que qué mala suerte, también, tener que visitar Viena justo en invierno, cuando las mejores bellísimas se embuten en los ropajes. Tiran más un par de tetas que cien carretas, y que cien pobres desgraciados tirados en el hospital. Hablando de ruinas morales, es casi mejor no pensar en ello...




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Catastrophe. Temporada 4

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Charles Bukowski hubiera dicho que en la cuarta temporada de Catastrophe el capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco. Sharon y Rob se han convertido en una pareja más dentro del cotarro sentimental, casi secundaria en su propia serie, relegada a cuatro chistes sobre pollas y coños, y a cuatro conversaciones sobre la crianza de los hijos y la muerte de los seres queridos. Seis episodios para un puñadico de “apariciones estelares”... Casi unos also starring dentro de la comedia brillante que ellos mismos parieron. 




    Dicen por ahí, en los mentideros informados, que los Sharon y Rob de la vida real han sufrido desgracias personales, reveses de la fortuna, y quizá por eso han teñido de gris lo que nació siendo una sitcom descacharrada y deslenguada. Sea como sea, se nos han difuminado, el americano y la irlandesa, que eran nuestra pareja preferida de la tele. Un espejito en el que mirarnos, los amantes imperfectos y débiles, enamorados y contumaces. Aquellos primeros episodios catastróficos casi los vimos con una libretita sobre las rodillas, para apuntar los chistes guarros, las cursiladas de almohada, las estocadas de mala hostia. La Horgan y el Delaney estaban en estado de gracia, los muy jodíos, reyes de su propio reino, Juan Palomos de yo me lo guiso y yo me lo como, con cuatro secundarios cojonudos que les hacían la corte para subrayar la gracia, y servir de contraste. Y no como ahora, que sólo salen para tocar los cojones, para desviar nuestra atención sobre la pareja disfuncional que de verdad nos importaba, que era la suyas.

    Ya en la tercera temporada de Catastrophe había gente que chupaba demasiada cámara, que ocupaba demasiado diálogo. A la serie otrora perfecta tuve que quitarle una estrella de mis michelines cuando vine a este blog a parlotearla. Ahora, filoménico a mi pesar, tengo que quitarle otra... Sólo en el último episodio, Sharon y Rob han vuelto a dejar una pincelada para la esperanza. Volveremos, por tanto, a caer en la tentación cuando llegue la quinta entrega, ya más cercanos todos a la cincuentena que a la crisis de los cuarenta, que era, después de todo, de lo que aquí se trataba. Ay.



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Las noches de Cabiria

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Cuando Cabiria hace la ronda nocturna por las calles de Roma, suena una música bellísima y jovial de Nino Rota que hoy en día, al espectador del siglo XXI, le chirría un poco en el espíritu crítico de la prostitución. Cabiria es una prostituta de bajo escalafón, de las que esperan en el arcén de la carretera o en la acera mal iluminada. Y aunque tiene casa propia en un descampado de las afueras, y puede considerarse una privilegiada en comparación con otras que malviven chuleadas y no tienen donde caerse muertas, es indudable que preferiría no alquilar su cuerpo por un puñado de liras manoseadas.

 Ella misma, en los momentos de abatimiento, expresa su deseo de encontrar un hombre honrado que la saque del oficio, y tal vez formar una familia con él, y vivir en un piso de nueva construcción en el barrio populoso, que eran los sueños habituales en la Italia de la posguerra. Como lo eran, también, en la España paralela, en la otra posguerra, en aquel mundo donde casi ninguna mujer tenía estudios, ni negocios propios, ni espíritu independiente, y el futuro dependía de la buena o mala fortuna a la hora de escoger -o ser escogida- para el matrimonio.

    Han pasado 60 años desde que Fellini nos contara la historia de Cabiria y en realidad la prostitución está más o menos como estaba, más allá de nuestra sensibilidad recién conquistada. Supongo que es cuestión de tiempo, labor de generaciones, conquistar un mundo feliz sin prostitutas, aunque uno sospecha que a esta prostitución evidente y sucia le seguirá otra mucho más aséptica e indetectable.  

    Lo que es seguro -y este es el otro gran tema de Las noches de Cabiria- es que los pobres seguirán odiándose entre sí, estableciendo clases y subclases entre los desheredados y las desharrapadas. Que nunca van a unirse en la causa común que un día propusiera el abuelo Marx. La misma Cabiria no quiere saber nada de redistribuciones de riqueza, ni de votos al Partido Comunista que arreglen el desaguisado. Ella aspira a abandonar la pobreza, no a solucionarla, y a sus compañeras de infortunio, que las den morcilla, por no decir lo otro peor... Cabiria quiere hacerse rica en un golpe de fortuna para luego, pasados los años, pasearse por el barrio a mirar por encima del hombro, con aires de triunfadora, con un chaleco de piel que ya no será falso, sino verdaderamente animal, bien sangrado, para tirria de las que no supieron o no pudieron salir del agujero. Las pobretonas. La chusma de las calles. 

Una obra maestra, por cierto.



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Ciudad de Dios

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La Ciudad de Dios, en los arrabales de León, solo quedaba a un kilómetro de donde yo vivía. El barrio de Corea, la llamábamos, como llamábamos Barrio Chino al epicentro del puterío, que en realidad, en el León de provincias, era una calle cuesta arriba donde olía a meados de borrachos y dicen que decían que vivían las prostitutas.

    Del barrio de Corea -que luego descubrí que era la nomenclatura universal de cualquier barrio conflictivo- nos llegaban noticias de autobuses apedreados, de reyertas que acababan a navajazos. De chavales que jamás iban al colegio y andaban por las calles como estos de la película, a la buena de Ídem, navajilla del Torete en mano, o del Vaquilla, asaltando al pobre transeúnte que desconocía la naturaleza de las calles apartadas. Porque el barrio quedaba justo a los pies del complejo hospitalario, pero por la ladera equivocada, claro, y alguno que venía de los pueblos siempre acababa perdiéndose por allí, buscando un menú del día o un simple paseo que dispersara las miasmas de los enfermos.

    Recuerdo los coches de policía que pasaban silbando por nuestra avenida cada dos por tres, camino del bochinche o del altercado. “Ya están los del Barrio de Corea tocando los cojones...”, decía mi madre como quien dice ya llueve otra vez, o ya viene el panadero con la furgoneta. Yo me cruzaba con Zé Pequeno y compañía cuando bajaban a la ciudad por esa misma avenida, que era la única que los comunicaba con el resto de la civilización, todo zarzales y cardos al otro lado del mapa. Iban siempre en pandilla, sucios de mugre y de lamparones, con camisetas y pantalones que jamás lavaban con Micolor. No dejaban a nadie sin escrutar, sin provocar con alguna mirada o con alguna amenaza: qué miras, gilipollas, o sé dónde vives, gafotas, me cagüen tu puta madre, y baladronadas así,  que la verdad es que acojonaban mucho, pero que en realidad casi siempre quedaban en nada. 

    Supongo -o quiero creer- que fuera de su barrio, de su ecosistema gangsteril, iban tan acojonados como nosotros, cuando alguna vez, en arriesgadísima aventura, para hacernos los hombres, nos internábamos a horas muy solares por su favela, a husmear, a satisfacer la curiosidad, en apretada formación, con el culo apretado, y la contraseña en los labios, para salir corriendo en caso de tal, como aquellos legionarios romanos que hace dos mil años llegaron a nuestro territorio y decidieron acampar lejos de ese barrio tan famoso como peligroso. 



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La buena esposa

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Detrás de cada gran hombre siempre hay una gran mujer, se decía no hace mucho cuando llegaba el momento de entregar los galardones. Se suponía que detrás del héroe político, de la estrella del deporte, del escritor afamado, había una esposa que llevaba las riendas del hogar y el peso de los hijos. El sostén afectivo en las depresiones, y el sostén sexual, en los apretones. La brújula moral incluso. El retorno seguro tras las excursiones por el mundo, o los viajes lejanos de la creatividad. El baricentro de la vida. La cama hecha, la cena caliente, y la comprensión asegurada. La corbata bien puesta. en los nervios previos al homenaje. El inmortal cliché que hemos visto tantas veces en las películas...

    Lo curioso es que al revés, cuando era una gran mujer la galardonada, casi nunca se decía que había un gran hombre en la retaguardia, porque se suponía que detrás de ellas sólo había una lesbiana irredenta, o un marimacho sin apetencias, o una asexuada que criaba telarañas en los bajos. Detrás de cada gran mujer que publicaba novelas o batía récords del mundo en atletismo no había nadie. A lo sumo, según algunas crónicas, un calzonazos que consentía ser el segundo plato de las entrevistas, el personaje secundario de las bélicas hazañas. ¿Por qué al marido de Margaret Thatcher le llaman "el árbol de Navidad"?: porque lleva las bolas de adorno.

    Hoy en día, por mucho que nos quejemos de lo poco que avanzamos como sociedad, ya nadie dice estas cosas sobre quién está detrás de quién cuando llega la hora de entregar el premio Nobel de Literatura, o la Estrella Michelín de la temporda. Detrás de cada personaje ilustre está quien le sale de los cojones, o del coño. O nadie en particular. Ya no nos interesa. O sí, pero sólo para entender el contexto, a modo de apunte. Ya no hay un género que conquista y otro que acarrea la impedimenta. Nos da igual. Somos, por fin, ciudadanos, como nos enseñó la Revolución Francesa, y tardamos tanto tiempo en aprender. La posición de mear, o la posición de follar, ya es solo anecdotario, y tontería.


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Shame

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Todos somos adictos al sexo. Adictos de serie, de fábrica, quiero decir, aunque luego nos lo pensemos diez veces antes de irnos a la cama. Bonobos implumes, que se visten por la mañana para que la sociedad funcione, los trenes no descarrilen y la gente llegue al trabajo en lugar de andar fornicando por las esquinas, o por los rincones de los parques. 

    Somos antropoides que han desarrollado un neocórtex para no andar jodiendo la marrana todo el día. Si no fuera por él, no trabajaríamos, ni haríamos las otras cosas muy placenteras de la vida que cantaba Javier Krahe en No todo va a ser follar... El precio, como diagnosticó el abuelo Sigmund, es la neurosis, la insatisfaccion, el acecho, la incomprensión... Pero no hay problema. Dentro de unos millones de años la evolución nos devolverá los placeres de las frondosidades, y dejaremos que la selva se coma las autopistas y los centros comerciales. O tal vez, en el reverso de la trama, nos prive por completo de los aparatos genitales, porque ya nos limitaremos a clonarnos y punto pelota, ensimismados en el narcisismo de unos genes que nunca compartiremos con nadie.


    Digo esto porque leo las críticas sobre Shame y casi todas coinciden en señalar al personaje de Michael Fassbender como un “adicto al sexo”. Y yo, la verdad, no veo la adicción por ningún lado. Fassbender es un tío guapo que encandila a las mujeres con sólo mirarlas. Lo hace a todoas horas, el muy suertudo, en el metro, en la oficina, en el bar de copas donde los ejecutivos salen a cazar  tras haber pescado a los clientes. Fassbender, que vive sólo y sin compromiso, en su apartamento de Nueva York con vistas a los hormigueros, simplemente se deja llevar por el deseo correspondido. Nada más. Esto es seducción, no vicio. Que luego su personaje -por asuntos oscuros que la película nos medio explica, que si los incestos o los traumas de juventud- no disfrute de los polvos en su cama cojonuda, último modelo, ya es harina de otro costal. Y sí: para los ratos de asueto, de ausencia de mujeres, el personaje tira de porno on-line. No creo que sea el único en su comunidad de vecinos...





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La historia del cine: una odisea

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La Historia del Cine de Mark Cousins era un libro difícil de seguir para la cinefilia más plebeya, a la que pertenezco con muy poca honra. Un libro con mucha explicación de la germanía y muchas citas de los cineastas ignotos. Su adaptación al documental televisivo, sin embargo, que el mismo Cousins ha llevado a cabo en prolija sucesión de episodios, le  reconcilia a uno con las nobles intenciones de este hombre, y lo nombra, en íntima ceremonia, Historiador Oficial del Cine en estos reinos exiguos de mi habitación.

            Si es verdad que una imagen vale más que mil palabras, unas imágenes en movimiento valen más que mil láminas explicativas. Lo que en el libro resultaba árido de entender, aquí, en la televisión, con la paciencia infinita que Cousins dedica a sus espectadores, se puede entender, deja entrever parte del  misterio. Yo mismo, tan lerdico, me siento comulgante en este milagro de las películas. Cousins habla de los avances técnicos que fueron conformando el cine, otorgándole su sintaxis y su gramática. Cousins nos explicotea, con voz de británico atildado -que suena didáctica y entusiasta como la de un profesor de Oxford o de Cambridge- las intuiciones geniales de los pioneros en el montaje, de los aventurados en el encuadre, de todos los que abrieron caminos al andar, plano a plano, y verso a verso.

    Mientras se desgranan las imágenes que sirven de introducción a los capítulos, y que son estampas de los cinco continentes unidos en la pasión universal por el cine, Cousins casi susurra:

    “A finales de la primera década del siglo XIX, nació un arte nuevo. Se parecía a nuestros sueños.”





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