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Mi amiga Eva

🌟🌟🌟🌟


La película termina bien. No es un spoiler: se ve venir a la legua. El tono de comedia no permite un final en el que Eva se quede sola, acumulando gatos y comiendo chocolate. Envidiando los besos ajenos cuando sale a pasear. Y todo esto lo digo sin acritud: Cesc Gay es incapaz de hacer una mala película. A veces, como aquí, le salen películas cojonudas.

Dicho esto, el happy end de “Mi amiga Eva” me deja un poso de tristeza. Quizá porque estoy un poco en la circunstancia de Eva -con los 50 ya rebasados y la belleza (si alguna vez la hubo) en cobarde retirada- y conozco el percal del amorío. Eva se ha enamorado por penúltima vez y ha sido correspondida. Nos congratulamos por ello. Pero no ha sido gracias a su tesón o a su atractivo. No gracias a los trucos estúpidos que venden en la guía de Meetic o en los artículos de “El País”. Cuando ya estaba a punto de rendirse, Eva encontró el amor gracias a la suerte. A la suerte pura y desnuda. A una intervención divina, quizá. A una hollywoodiense casualidad. Es la chiripa, estúpido.

No es más que eso. Y nada menos que eso: coincidir con la persona exacta en el momento adecuado y que luego no haya accidentes en el camino. No es nada fácil. De hecho, es un puto milagro. Barcelona es la hostia de grande y no es fácil coincidir; La Pedanía, en cambio, es la hostia de pequeña y no existe una masa crítica de contactos.

Desde que se separó de Juan Diego Botto -¡ni siquiera yo me separaría de Juan Diego Botto!- y hasta que encontró a ese argentino tan ideal que huele a estafador, Eva dio muchos tumbos por las redes del amor. Casi tantos como los que yo di en aquellos tiempos tragicómicos. Termina uno agotado y magullado. Las redes, en los estratos inferiores, están llenas de reciclados. Uno mismo, al usarlas, se declara reciclado. Allí hay mucha tarada, mucho neurótico, mucho cerdo, mucha estúpida integral... Lo sé por experiencia. Mi penúltimo amor, como el amor de Eva, está ahí afuera, fuera de los softwares. Puede que en Nigeria o en Tegucigalpa. Ésa es la putada.





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Ficción

🌟🌟🌟

Álex es un guionista en crisis que decide tomarse unos días de respiro en el Pirineo catalán, a ver si allí resulta más reconocible para las musas de la escritura, que al parecer, con tanto tráfico, y tanta polución, y tanto artista creativo como pulula por Barcelona, no acaban de encontrarlo para descender sobre su cabeza. 

    En el Pirineo vive su amigo Santi, un veterinario de vacas y ovejas que se ha construido una choza por la que muchos mataríamos, y robaríamos, y nos dejaríamos hacer ciertas cosas, allá en los límites de la civilización donde sólo llegaba el Mistubishi Montero que un día encontró al abuelo de Majaelrayo.

 Álex no es sólo un guionista sin ideas. U Barton Fink enfrentado al folio en blanco. También es un marido en crisis, un cuarentón que pierde pelo, que descubre canas, que sonríe con desgana. Alex acaba de tener un hijo para remendar una red que encajaba goles con demasiada frecuencia. Quizá también huye de Barcelona para no caer en la tentación de la infidelidad, con tanta mujer guapa nacida en el terruño catalán, y tanta extranjera rubia que desembarca de los cruceros. En Barcelona, puede que lanzarse a las calles para conculcar el matrimonio te lleve a una aventura parecida a la de Tom Cruise en Eyes Wide Shut, y hay que andarse con mucho ojito. Pero allí, en Casadiós, en el hogar de su amigo Santi, no hay peligro alguno de fornicio. La única amiga disponible es Judith, que vive en el pueblo y además gusta de acostarse con mujeres. Así que Álex lo tiene todo para concentrarse en su escritura, y encontrar la paz del pene, y el silencio de los corderos.


    Pero los dioses son caprichosos, y juguetones, y cuando se aburren de sus propios asuntos, ponen su mirada en algún mortal atribulado. En Ficción, para reírse un poco del pobre Álex, le hacen coincidir en su monacato provisional con Mónica, que es una mujer preciosa -y una violinista precisa- que ha sido invitada a pasar unos días en casa de Judith. A los dos les basta una mirada para enamorarse, y una sola conversación para saber que su amor será imposible. Mónica está casada y permanece fiel bajo cualquier circunstancia. Hace unos años sí se hubiera llevado a Alex al huerto ecológico, pero ahora es una mujer madura y responsable. Y Álex, que a veces nota la duda en su mirada, que podría insistir para forzar un poco la situación, recuerda en cada beso denegado, que tiene un hijo de meses que ha nacido allá abajo, en Barcelona, para redimirlo de sus faltas. 




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