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Grand Canyon

🌟🌟🌟


“Grand Canyon” cuenta la historia de unos burgueses californianos que nunca han leído “El Capital”. Yo tampoco lo he leído, por cierto, pero conozco sus enseñanzas. Sé, como sabe cualquiera con dos dedos de frente, que cuando aumenta la brecha económica repunta la violencia. Y más si vives en Estados Unidos, donde la brecha entre clases tiene la profundidad y la anchura del Gran Cañón del Colorado, y donde la violencia, cuando estalla, no se parece en nada a la de aquí, con cuatro jóvenes rompiendo cristales al rebufo de la manifa.

Cuando el rico se pasa de avaricioso, los esclavos del sistema se vuelven... belicosos. Se desesperan. Sin trabajo, o más exprimidos todavía, ya les queda poco que perder. Los hay que prefieren seguir el camino de la honradez y otros que deciden tirar por el camino de la aventura. Los locos dejan de tomar su medicación y los servicios sociales no dan abasto con la ayuda. Se recortan fondos y garantías. Hay gente que recae en la droga y gente que, en Estados Unidos, recae en el uso de las pistolas. Hay barrios que se hunden en la miseria y así comienza el run-rún de los raperos, a bordo de los Humvees sin coraza.

Es una ley de causa-efecto que estos burgueses de Los Ángeles ni siquiera se plantean. Después de verse involucrados en varios asaltos y tiroteos, se pasan toda la película rascándose la cabeza y diciendo cosas como “el mundo se ha vuelto loco”,  o “este país se va a la mierda”. Pero ellos lo achacan todo a la violencia que campa en las películas, como si las películas violentas fueran la causa del destrozo, y no simplemente su reflejo. 

Piensan, también, que hay algo raro en el aire: tal vez una insania colectiva, o una cólera de los cielos. Cualquier cosa menos palparse los bolsillos y contar cuántos dólares les separan de esa gente desesperada. Son unos memos de cuidado. No despiertan mi simpatía. Me aburro mucho con “Grand Canyon”. Sólo me interesa, y a ratos, su música insidiosa. He descubierto, para mi sorpresa, que era la banda sonora que saludaba y despedía la NBA en Movistar +: otro tiempo feliz asesinado por la cuenta de resultados.





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Silverado

🌟🌟🌟


Cuando se estrenó Silverado, allá por 1985 -que como estará de lejos Japón que ni siquiera conocíamos a Kevin Costner- los expertos decían que el western era un género muerto, y que la película de Kasdan, lejos de resucitarlo, sólo venía a profanar su tumba.

Ahora que tras varias décadas de remoloneo por fin he visto la película, tengo que decir que hombre, que se pasaron tres huevos con el pobre Lawrence Kasdan. Que Silverado no es desde luego ninguna maravilla, más bien lo contrario, todo tan trillado y tan tontorrón en su planteamiento, y en sus tiroteos, pero que tampoco es el peor western de la historia. Ni de coña, vamos. Está a la altura de decenas de clásicos viejunos que esos mismos puretas calificaban con cinco estrellas en las revistas, o con cinco orgasmos en la radio, acompañando la galaxia o la lefa con su prosa florida y su adjetivismo literario.

El otro día, sin ir más lejos, yo bostezaba lo mismito que hoy con Johnny Guitar, que también empieza con unos mentecatos acodados en la barra del salón, que ni se conocen ni tienen oficio definido, sólo estar allí, mamándose, y diciéndose tonterías de este lado del río Pecos, o de aquel lado del Mississippi, forastero y tal, que yo te conozco, eres hermano de Bill Donovan, y vienes a cobrarte una deuda de sangre, pecador de la pradera, desenfunda si tienes valor y bla, bla, bla..., mientras uno se rasca la cabeza en el sofá y se pregunta quiénes son estos tipos, y de dónde vienen, o a qué se dedican, que ni vacas se ven por los alrededores. Yo creo que el problema es que estos pueblos de las películas siempre los construyen donde no hay agua -al contrario que cualquier civilización heredera de los sumerios- y que por eso van todos como van, lunáticos y deshidratados, o bebiendo whisky a todas horas.

Silverado es aburrida, previsible, como hecha para niños sin bagaje, o cortitos de entendederas. Pero entretiene, como la mano en pene que cantaba don Javier. En realidad es una mierda, pero no sé, había que verla, porque me faltaba, y porque es de Lawrence Kasdan, que una vez dirigió películas maravillosas, y escribió los guiones de las películas de Luke, y las de Indy. Por eso mismo le odiaban tanto, y le siguen odiando, los puretas.





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