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Grand Canyon

🌟🌟🌟


“Grand Canyon” cuenta la historia de unos burgueses californianos que nunca han leído “El Capital”. Yo tampoco lo he leído, por cierto, pero conozco sus enseñanzas. Sé, como sabe cualquiera con dos dedos de frente, que cuando aumenta la brecha económica repunta la violencia. Y más si vives en Estados Unidos, donde la brecha entre clases tiene la profundidad y la anchura del Gran Cañón del Colorado, y donde la violencia, cuando estalla, no se parece en nada a la de aquí, con cuatro jóvenes rompiendo cristales al rebufo de la manifa.

Cuando el rico se pasa de avaricioso, los esclavos del sistema se vuelven... belicosos. Se desesperan. Sin trabajo, o más exprimidos todavía, ya les queda poco que perder. Los hay que prefieren seguir el camino de la honradez y otros que deciden tirar por el camino de la aventura. Los locos dejan de tomar su medicación y los servicios sociales no dan abasto con la ayuda. Se recortan fondos y garantías. Hay gente que recae en la droga y gente que, en Estados Unidos, recae en el uso de las pistolas. Hay barrios que se hunden en la miseria y así comienza el run-rún de los raperos, a bordo de los Humvees sin coraza.

Es una ley de causa-efecto que estos burgueses de Los Ángeles ni siquiera se plantean. Después de verse involucrados en varios asaltos y tiroteos, se pasan toda la película rascándose la cabeza y diciendo cosas como “el mundo se ha vuelto loco”,  o “este país se va a la mierda”. Pero ellos lo achacan todo a la violencia que campa en las películas, como si las películas violentas fueran la causa del destrozo, y no simplemente su reflejo. 

Piensan, también, que hay algo raro en el aire: tal vez una insania colectiva, o una cólera de los cielos. Cualquier cosa menos palparse los bolsillos y contar cuántos dólares les separan de esa gente desesperada. Son unos memos de cuidado. No despiertan mi simpatía. Me aburro mucho con “Grand Canyon”. Sólo me interesa, y a ratos, su música insidiosa. He descubierto, para mi sorpresa, que era la banda sonora que saludaba y despedía la NBA en Movistar +: otro tiempo feliz asesinado por la cuenta de resultados.





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Mumford

🌟🌟🌟🌟


Todos los pacientes que pasan por la consulta del doctor Mumford terminan curándose cuando encuentran pareja o echan un polvo como Dios manda. Es un remedio tan natural como la tila, o como pasear al aire libre. 

Unos dormían mal, otros tenían pesadillas, algunas no podían dar dos pasos seguidos o se dejaban el sueldo en compras compulsivas. El doctor Mumford -que en realidad no tenía estudios, pero sí mucho sentido común- les escuchaba con paciencia y luego les animaba a copular con más o menos preámbulos y galanterías. Eran, por supuesto, otros tiempos sociológicos. 

El deseo sexual -que ahora está tan mal visto como en tiempos de la reina Victoria- era por entonces un estímulo para la vida. “A ti lo que te pasa es que follas poco, o mal, o nada”, se decía cuando te veían alicaído, mohíno, dispuesto a dejarte una pasta para tumbarte en un diván. Era una simplificación un tanto burda, animalesca, pero no muy alejada del esfuerzo terapéutico. Pocos males del espíritu se curan con terapias más sofisticadas o más caras.

Desde que Lawrence Kasdan rodara “Mumford” apenas han pasado 27 años por nuestras videotecas, pero la película, en este lapso de tiempo, se ha convertido en el testimonio de una época muy distinta, lejanísima, casi un clásico en blanco y negro. Un chaval que se asomara a “Mumford” pensaría que andábamos todos tan salidos como bonobos, ansiosos por emparejar antes de plantearnos cuestiones más importantes. Y es que el amor, en estos tiempos del cólera, ya no es la salvación. Y mucho menos el sexo, que se ha vuelto un instinto sospechoso, inspirado por el demonio, como en las retahílas de los curas. El feminismo bobo y el catolicismo rancio van juntos de la mano y se les ve por el jardín.

En el remake de “Mumford” que ya están a punto de estrenar, los pacientes del doctor encuentran el equilibrio personal en la más estricta soledad: meditando, o haciendo ejercicio, o sirviéndose vinos en copas solitarias, cuando llega la medianoche. O viendo películas maravillosas sin que tener que compartir el mando de la tele.





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Bailando con lobos

🌟🌟🌟🌟

Yo también fui un teniente Dunbar de la vida. Cansado de pelear en las trincheras, solicité un puesto en los Límites de la Pedagogía, donde casi nadie quería aventurarse. Sólo los locos, o los inadaptados, o los rarunos de cojones.

    Hace 21 años llegué a la Pedanía en un coche que ahora parecería un carromato de los colonos. La Pedanía, como el Fort Sedgewick de la película, era la última frontera educativa, con ese colegio que es como un OVNI aterrizado en mitad de un extrarradio. Pero luego descubrí que también era una frontera geográfica, sociológica incluso, el último bastión de las tierras civilizadas, más allá de las cuales sólo se extendían los viñedos y las montañas. Hasta llegar al mar… La última gran ciudad quedaba justo a mis espaldas, pero lo suficientemente lejos como para no oírla, y no sentirla, bulliciosa y fea, agresiva, llena de peligros para los incautos como yo. Descubrí, gozoso, que la Pedanía era el último claxon de los coches y el primer piar de los pájaros. La primera noche que dormí en ella también dancé alrededor de un fuego imaginario, y luego me tumbé a contemplar las estrellas, que hacía años que no contaba con los dedos de los pies, ayudando en la tarea.




    Yo, como el teniente Dunbar, también tuve que entenderme poco a poco con los indígenas, que hablaban mi idioma, sí, pero con un acento particular que siempre me obligaba a preguntarles las cosas dos veces. Los oriundos eran gentes sencillas, laboriosas,  que me miraban con gran curiosidad. Yo traía las bolsas llenas de libros y de películas, que eran artículos extraños y misteriosos, porque allí todo el mundo usaba las bolsas para traer lechugas de la huerta, y conejos de las cacerías. Cuando corrió la voz de que yo me pasaba el día tumbado en el sofá, a mi rollo, con una antena parabólica que me suministraba los regocijos, los lugareños me bautizaron como Disfrutando con Películas, y a mí, lejos de parecerme mal, casi me dio por ponerlo en una placa a la entrada de casa, como un título de abogado, o de dentista.

    No sé… Supongo que cuento todas estas chorradas, todos estos paralelismos idiotas, para no confesar -o confesar casi en la última línea- que ayer volví a llorar viendo Bailando con Lobos. “Esta vez no”, me dije. Pero no hay manera. Jodío Calcetines… Jodía banda sonora… Y jodío Cabello al Viento…

    "Soy Cabello al Viento ¿no ves que soy tu amigo, que siempre seré tu amigo?” Lagrimones, a las doce y media de la noche, como gotas de lluvia que tardarán mucho en volver a caer, porque justo a esa hora entraba el maldito verano en el calendario.



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