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Muertos S. L. Temporada 4

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Al final, la muerte, sobre todo si es de otra persona, es una excusa como cualquier otra para tomarse un par de cañas. Lo decía Pepe Carvalho en una de sus novelas: lo mismo da una fiesta patronal que un partido de fútbol; el bodorrio de una hija que la muerte de un allegado. Beber sin excusas está mal visto en sociedad; en cambio, beber para celebrar algo, o para lamentarlo, rodeado de amigos y familiares, es un ritual que conserva cierto pedigrí.

De todos modos, las cafeterías, en los tanatorios, no son el lugar más apropiado para celebrar la eucaristía. Allí también se bebe, sí, pero con moderación, como si el muerto nos regañara desde su penúltimo cubículo. Es por eso que la gente -al menos la que yo conozco- queda para beber después de los dolores. Las cafeterías de los tanatorios son, por tanto, modestas, un poco recónditas, como ésta de la Funeraria Torregrosa, que es el rincón menos visitado por los guionistas. Y es natural, porque la serie se ocupa de los que trabajan allí -de sus taras y cochambres- y apenas nada de los clientes que se acodan en la barra, o se toman el café con leche en las cuatro mesas disponibles. 

Esa fue la gran idea que convirtió “Muertos S. L.” en una serie divertidísima: centrarse en los trabajadores y no en los trabajados. Y qué trabajadores, además, cada uno con su neurosis de posguerra. Un “The Office” de las pompas fúnebres y con muchos españoles por el medio. Todos nos sentimos apelados porque en nuestros trabajos se cuecen habas similares. Habría que subir muy alto en el escalafón empresarial, o funcionarial, para encontrar gente que no provoque el mismo pasmo o la carcajada. 

Sin ir más lejos, un equipo de guionistas que se pasara una semana en mi trabajo, tomando apuntes del natural, sacaría material para otra serie de gran éxito que, por desgracia, nunca vería la luz en las plataformas.  





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Muertos S. L. Temporada 3

🌟🌟🌟🌟


A veces, supongo que como todo el mundo, imagino cómo será mi funeral allá en el tanatorio. Jamás en la iglesia, porque es justamente en las iglesias donde vive el Maligno. Yo las tiraría todas por dentro para hacer salones de billar... Si tengo tiempo dejaré instrucciones para que nadie acerque mi cadáver a semejante negociado. Y si no, tampoco creo que sea necesario: los pocos allegados que me queden ya sabrán de mi repelús por Jesús, como rimaba Javier Krahe. 

Pero nunca se sabe: sé de un ateo fallecido en La Pedanía al que luego su familia traicionó con un funeral religioso. Es una putada de la que no te enteras, y además sin venganza posible, pero no deja de ser una putada.

El mío, desde luego, no iba a ser un velatorio muy concurrido. Amigos pocos; primos ninguno; una ex amante como mucho e hijos, que yo sepa, sólo uno reconocible. Los empleados de Funeraria Torregrosa no iban a recibir peticiones extrañas ni dolientes exagerados. Se limitarían a cumplir con cuatro burocracias imprescindibles, con cuatro acompañantes muy bien educados, y el resto del tiempo se lo pasarían enredando con sus cuchipandas habituales.

Cuando se muere un vecino de La Pedanía, en cambio, acuden cientos de personas al tanatorio. Son la gente de aquí, la de toda la vida, que se presentan por afecto verdadero o por no verse señalados en la ausencia. En la España Profunda aun rigen esos códigos de etiqueta. Pero yo no soy de La Pedanía, ni me relaciono gran cosa con los lugareños. Muchos ni siquiera se enterarían de que yo falto por el vecindario. 

Luego me doy cuenta de que quizá todo esto suceda en León y no en La Pedanía. No sé cómo lo gestionaría mi familia ni el seguro contratado. Pero sería bonito, lo de León: cerrar el círculo geográfico del nacimiento y de la muerte. Que regrese al polvo leonés lo que del polvo leonés emergió. Le daré verde a los cipreses y amarillo a las lecheras. Al menos en León las llamamos así: lecheras, a esas flores amarillas que cuando las cortas es como si manaran caucho pegajoso.




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Muertos S. L. Temporada 2

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A veces, en el colegio, alrededor de la máquina del café, las maestras más veteranas me animan a escribir una novela -o un guion para la tele, ya puestos- que cuente las mil movidas verdaderas pero inverosímiles que aquí, como en “Muertos S. L.”, son el pan nuestro de cada día. 

- Esto es un filón -me dicen para convencerme.

Y tienen razón. Por este colegio de educación especial pululan los funcionarios más excéntricos, los abraza-árboles más singulares, los católicos más ultramontanos de la comarca... Lo pongo todo en masculino para que nadie se ofenda. Es como si un extraño magnetismo atrajera al profesorado más descarriado de nuestro mundillo: el que se quedó con las teorías más locas de la psicología y las curaciones más milagrosas de Santa Toribia de la Sobarriba. 

Si rascas un poco, no hay nadie normal en esta plantilla. Ni yo mismo, para empezar. El mero hecho de trabajar aquí ya te señala  como un elemento sospechoso. La gente sana, cuando viene trasladada por azares del destino o por desconocimiento de la causa, apenas tarda un curso o dos en levantar el vuelo para emigrar a tierras donde la locura es más rara y no se vuelve contagiosa.

Aunque yo fuera un escritor de verdad, capaz de reunir todo esto en un todo coherente y descojonante, el tema de nuestros alumnos -no de ellos exactamente, pobrecitos, sino de lo que se mueve a su alrededor- es prácticamente inabordable. Se pueden hacer chistes sobre el negocio de los muertos pero no sobre el negocio de las minusvalías que ahora se llaman “capacidades diferentes”. La película “Campeones” es la frontera exacta de lo permitido. En este asunto tan delicado sólo cabe la comedia amable, la historia de superación, la dedicación sacrosanta de los profesionales. El buen rollo y el mensaje optimista. La taza de Mr. Wonderful y la cara amable de la realidad. La poesía cargada de futuro. La ñoñería y el autoengaño. La voluntad que lo puede todo y el "coaching" como mantra para desnortados.

Una comedia que nos dejara desnudos a los emperadores sólo nos haría gracia a los veteranos que conocemos el percal. El contraste con la realidad nos mataría de la risa, pero fuera de aquí sería muy difícil de digerir. Es un proyecto inviable. Carne de cancelación.  




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Muertos S. L. Temporada 1

🌟🌟🌟🌟

“Muertos S. L.” es la serie ideal que nunca pudieron rodar Azcona y Berlanga. Es una pena que se nos hayan ido antes del boom de las plataformas. Que nadie les diera de beber a tiempo de la Fuente de la Edad.

En la Funeraria Torregrosa se hubieran sentido como peces en el agua. O como ranas en la charca. En un tanatorio se mezclan las clases sociales, se miente a destajo sobre los sentimientos y se producen situaciones fronterizas con el esperpento, y con todo eso, bien mezclado y envenenado, ellos nos hubieran regalado la serie perfecta del momento.

Yo me acordaba de ellos porque en “Muertos S. L.”, al igual que en sus películas inolvidables, todo el mundo va a lo suyo y no deja de dar por culo con sus problemas. Funeraria Torregrosa, como el vestuario del Madrid, como este mismo colegio donde yo trabajo –como cualquier amalgama de currantes en realidad- no es más que la colectivización transitoria de un sinfín de mezquindades y egoísmos. Azcona y Berlanga habrían mejorado el producto porque ellos tenían más mala baba que nadie, un alma más negra que el fondo de los pozos, y además sabían meter dos o tres conversaciones en cada plano: la cacofonía absoluta de los intereses humanos. El zoco donde todo el mundo vende y casi nadie compra. La verborrea como instrumento para hablar de mi libro y nada más que de mi libro. El lenguaje como punto de desencuentro y manipulación. Hacer que escuchas como gesto inútil pero necesario para convivir.

Aunque lo parezca, mi añoranza por Azcona y Berlanga no desmerece el humor negro y afilado que destila “Muertos S. L.”. Es una comedia muy recomendable a la que he tardado en llegar porque tengo mil prejuicios enraizados en la sesera. La había descartado por completo hasta que el otro día, en el bar, mi amigo me insistió una y otra vez para que le diera una oportunidad.

- A ti te van esos personajes como el de Carlos Areces, que provocan más vergüenza ajena que ganas de reír.

Y añadió:

- Y además sale mucho la Torrebejano. Adriana, se llama, ¿ no?

Y él sabe que por ahí muere mi pez y duda mucho el pecador de la pradera. 




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Un novio para mi mujer

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A veces tienes que dejar a una persona -o hacer todo lo posible para que ella te deje a ti- para comprender que en el fondo no puedes vivir sin ella. Es una situación terrible, primero porque quedas como un gilipollas, y segundo porque a veces ya no hay camino de retorno.

En esos casos, el alivio que sobreviene tiene una duración variable. Puede durar un día, un fin de semana, un mes de libertades. La soledad reconquistada promete montes llenos de orégano. Imaginas días enteros a gusto contigo mismo, sin discutir, o aventuras eróticas que ofrecen sexo sin tener que pagar un peaje espiritual. Una carnalidad deshumanizada -objetual, que dirían los filósofos- pero muy tranquila y beneficiosa para los nervios. Nueve de cada diez terapeutas recomendarían sexo sin futuro y pleno de carcajadas. Si eres capaz de encontrarlo, claro, que está la cosa muy jodida... La vida sin tu pareja puede parecer el Paraíso Terrenal, la Tierra Prometida, pero no lo es si de verdad estabas enamorado y comprendes que has metido la pata hasta el corvejón.

Es lo que le pasa a Diego Martín en “Un novio para mi mujer”, que es exactamente lo mismo que le pasaba a Adrián Suar en la película argentina del mismo nombre, de la que han hecho este remake que  apenas aporta nada: solo la presencia de Belén Cuesta, que nos gratifica, y la calvorota de Joaquín Reyes, que nos deja pensativos sobre los estragos de la edad. 

Sucede que Diego se precipita, se ofusca, ya no ve otra solución que la ruptura definitiva. Lucía se le ha vuelto insoportable, pesadísima, como un café malo que te jode la digestión desde el desayuno. Su pequeña locura ya no es graciosa, ya no estimula, ya no es la fuente de sorpresas inspiradoras. Su locura se ha vuelto una jodienda continua de manías y reveses, gritos y contradicciones. Lo bueno ya no compensa lo malo, y Diego ha decidido dejar de sufrir. 

Lo tiene muy claro, pero apenas tardará unos días en comprender que su sufrimiento no era tal, sino el precio que había que pagar por estar junto a ella. Nobody is perfect, y conviene recordarlo.




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