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Vota Juan

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No me molesta que “Vota Juan” sea un refrito de “Veep" cocinado a la española. Al revés: bienvenido sea el homenaje ibérico, la traducción al castellano. ¿Por qué no? La idea de Armando Ianucci puede ser reproducida en cualquier clima donde crezcan políticos impresentables, asesores merluzos, estrategas malévolos y, por supuesto, votantes sin criterio. O lo que es lo mismo: casi en cualquier democracia de Occidente.

“Vota Juan” heredó de “Veep” la idea del político tontolaba que va superando escollos contra todo pronóstico. Pero aquí, en vez de servirlo en un menú del burguer, o dentro un pavo de Acción de Gracias, al señor ministro se le acompaña con un sofrito de ajo y cebolla, unos choricitos picantes, un plato de buen jamón para ir abriendo el apetito, y luego, para regarlo todo, un buen vino de La Rioja porque ésa es la patria natal de Juan Carrasco, el político que ya no es de medio pelo, sino de pelo ninguno. Ni de listo ni de tonto. Ninguno. Un animal político, que se dice, con un cociente de inteligencia imposible de calcular: un algo escurridizo, insondable para un test de inteligencia, que lo mismo podría señalar a un retrasado profundo que a un genio incomprendido.

El telediario de cada día está lleno de tipos como Juan Carrasco que sólo saben de aparatos internos y trapicheos de partido. Tipos, y tipas, lo mismo a la izquierda que a la derecha de Dios Padre, que carecen de la inteligencia necesaria para conjugar el bien propio con el bien común. En los países serios -generalmente reconocibles por el frío- nadie podría reírse con una serie como ésta. Allí no conciben que un tipo como Juan pueda gestionar los asuntos generales, y que nosotros, además, se lo permitamos con nuestro voto. Se les escapa el costumbrismo, la raigambre, la tradición de siglos precedentes.  Nosotros, como padecemos esta lacra social desde que nacemos, nos descojonamos de lo lindo y usamos la carcajada para sublimar la inquietud profunda que nos provocan.


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Yakarta

🌟🌟🌟🌟


El único entrenador que yo tuve no se parece en nada al personaje de Javier Cámara en “Yakarta”. Son como la tesis y la antítesis en la dialéctica de Hegel. El doctor Jekyll y el señor Hyde de los pabellones deportivos. La serie de mi adolescencia se podría haber titulado “Oviedo” porque era allí donde se jugaban las fases finales de nuestros campeonatos de baloncesto. Y Oviedo no se hunde en el mar, sino que se eleva sobre el valle. 

El hermano Pedro dirigía la selección escolar y era un auténtico hijo de puta. Que le apodáramos “HP” tenía poco que ver con lo de hermano Pedro o con la fotocopiadora Hewlett-Packard de conserjería. El hermano Pedro no te animaba a mejorar. No confiaba en ti. No te enseñaba cosas útiles para derrotar al enemigo. Es verdad que no te robaba el dinero para jugárselo en el bingo ni se ponía a llorar por las esquinas recordando que una vez abusaron de su inocencia. Cuando le conocimos, HP ya era un carcamal destrempado y no creo que le interesaran demasiado nuestros cuerpos. Él era un devorador de almas y vivía de la energía que nos succionaba. Un vampiro de nuestro amor por el baloncesto. De nuestra fascinación adolescente por la NBA de los imperialistas.

Ninguno de nosotros iba a jugar jamás en la NBA, pero jolín: te lo tomabas en serio. Querías plantarte en Oviedo para derrotar a los prisioneros de los otros campos de concentración. Querías aprender movimientos de ataque y conceptos defensivos para luego jugar las pachangas con los amigos y dejarles en ridículo ante las chavalas que miraban, y que admiraban. Pero el hermano Pedro se dedicaba a pitar los partidillos y a reírse de ti con fina ironía si fallabas una canasta tonta o cometías una falta innecesaria. 

- El señor Rodríguez parece que está deseando irse con la chusma, a jugar al fútbol...

Porque el hermano Pedro también era un clasista y un franquista declarado. En la vida civil nos daba clase de literatura y allí aprovechaba para cargar contra el peligro socialista y el advenimiento de los maricones. De Javier Cámara, en la serie, si hablamos de lo sociopolítico, solo podemos decir que parece un poco meapilas y nada más. 




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Bodegón con fantasmas

🌟🌟🌟


El fantasma más interesante de la película apenas sale unos segundos. Es un ectoplasma desperdiciado. Los demás no tienen gracia o se dedican a dar po’l culo con afanes tontorrones: escapar del limbo, o rematar una manualidad que dejaron sin terminar. O anhelos muy del mainstream, muy del agrado de los suscriptores urbanos, como el de ese señor que siempre se sintió mujer bajo la boina y ahora se aparece ante su hija para que le cambie el nombre de la lápida y le ponga Bernarda en vez de Romualdo.

El fantasma que yo digo es un paisano que se ha levantado de su tumba para decirle a su hijo que el vecino de finca está moviendo las lindes y comiéndole el terreno. Me troncho con él. Es igualito que el 90% de mis vecinos de La Pedanía. Hay mil motivos para pasear el ectoplasma por el mundo, desde los más sublimes hasta los más retorcidos, pero este hombre del agro eligió el que aquí hace furor desde tiempos inmemoriales. 

Hay quien resucitaría un día al año sólo para navegar en la Flotilla de la Libertad y echar una mano -aunque sea incorpórea- a los refugiados de la barbarie. Yo, en cambio, haría un poco lo que dejó escrito Luis Buñuel en sus memorias: me levantaría la noche en que se proclama el campeón de la Champions para satisfacer mi curiosidad y ya de paso echar una ojeada a los periódicos. No me interesaría por mis allegados -que a fin de cuentas irían muriendo y desapareciendo- sino por la marcha general del mundo.

Pero aquí, en La Pedanía, aislados de los demás valles noticiables, la gente está a lo suyo incluso cuando se muere: al viñedo, a la huerta, al campo de las vacas. Más allá todo es ruido o son cosas de Madrid. Cuando están vivos les coges un higo de la higuera al pasar por el camino y te asesinan con la mirada aunque haya otros doscientos estampados contra el suelo. Lo suyo es lo suyo y lo defienden con uñas y dientes, cuando los tienen. Y cuando no, se levantan a supervisar las haciendas bajo una sábana a la que practican dos agujeros.




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