El astronauta
Todos a la cárcel
🌟🌟🌟
Berlanga, sin Azcona, era como Butragueño sin Hugo Sánchez;
como Cansado sin Faemino; como el Dúo sin Dinámico... Buenos en lo suyo, pero
sin mordiente. Oliver sin Hardy, Oliver sin Benji, Esteso sin Pajares, que me he
quedado sin más Olivers... Cumplidores, pero romos. Profesionales, pero alejados
de la genialidad. Berlanga, al igual que ellos, tuvo que encontrar una pareja
de baile para soltar los pies y echar a volar.
Antes de conocer a Rafael Azcona en los cafés de Madrid,
Berlanga rodaba películas amables, divertidas, precuelas hispánicas y grises de
Modern Family. Después de conocer al diablillo de Logroño -que ya había
sembrado de maldades las películas de Ferreri- Berlanga trascendió su cuerpo mortal
para rodar una obra maestra tras otra: películas cargadas de mala leche, ácidas
como pomelos, incisivas, inteligentes, inmisericordes con la miseria moral de
los humanos. Estos dos tunantes nos desnudaron. Nos enseñaron que la comunicación
humana es posible -de hecho se da a todas horas- pero el entendimiento no. Que
todos hemos venido a hablar de nuestro libro, como decía el otro. Que siempre
hay alguien jodiendo los diálogos, las escenas, las reuniones, los besos... Que
llevamos la chapuza no como un hábito adquirido, sino como un fragmento de ADN
fundamental. Que somos egoístas, cicateros, pesados, plomizos, a veces
absurdos, pero que la civilización nos ha enseñado a disimular cojonudamente. A
veces... Todo eso nos enseñaron Azcona y Berlanga trabajando codo con codo,
meninge con meninge.
Todos a la cárcel, ay, es Berlanga sin Azcona. La fase
última de su filmografía. La película está bien, pero no es lo mismo. Donde no llega
Azcona ponemos una pedorreta, un cagarro, un mecagoendiós y todo solucionado.
Te ríes, pero echas de menos al logroñés. Todos a la cárcel es Marianico
el corto y el señor Barragán. No queda ni rastro de los Monty Python, que eran
otros denunciantes sanguinarios de nuestra estupidez, entre risas y tal, con muchos
gags inolvidables.
La escopeta nacional
En 1978, Azcona y Berlanga decidieron que ya podían reírse
del franquismo sin peligro. Llevaban veinte años riéndose de un modo simbólico,
subrepticio, metiendo escenas de petting para que los censores se escandalizaran
y las cortaran, y no se fijaran en lo demás. Sus películas anteriores fueron
radiografías del enfermo, chequeos del paciente, pero ahora, con el régimen de
cuerpo presente, tocaba hacer un examen exhaustivo de sus vísceras. De sus
entresijos intestinales.
Y lo que salió a la luz fue una inmundicia muy nutritiva, de
alto valor humorístico. “La escopeta nacional” es una película sobre Franco
pero sin Franco, porque el Caudillo era un personaje tan tétrico que no cabía
ni de secundario en esta cuchipanda. Sí eran muy risibles, en cambio, sus
ministros, sus lameculos, sus tecnócratas de las gafas y sus opusdeístas del
librito. La flora y fauna del régimen que se reunía en las cacerías para
asestarse puñaladas, coger sitio en las fotos y dejar muy claro qué comisión se
llevaba cada uno.
Jaume Canivell, el empresario que llega a la
finca de los Leguineche para vender sus porteros automáticos, aprenderá a
fuerza de vejaciones que en estas cacerías no se dirime el bien común de la
patria, ni el justo margen del comerciante. Envueltos en la Bandera, protegidos
por el Ejército y bendecidos por la Iglesia, a los prebostes del régimen les
importa un bledo que el portero automático traiga el bienestar a los hogares o
cree nuevos puestos de trabajo. A ellos sólo les importa su parte, y la parte
del amiguete, y joderle la parte al rival que ahora mismo está mejor visto en
El Pardo.
Azcona y Berlanga eran muy largos, y muy cínicos, y sabían
que la historia tiende a repetirse. Por eso despiden la película sin
despedirla, porque Franco estaba muy muerto, pero el franquismo no. Años
después supimos que esta recidiva bacteriana se llamaba “franquismo sociológico”.
Estos sociópatas se hicieron resistentes
a los antibióticos y ahora están aquí de nuevo, de cacería, conspirando,
amañando, señalando objetivos con la escopeta. Que Dios -que es de derechas-
nos pille confesados.
