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El astronauta


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Ahora mismo, en León, porque nuestra ciudad está más cerca de las estrellas que ninguna otra capital española, tenemos dos astronautas esperando destino en el espacio. Ellos son nuestro orgullo nacional. Algún día, cuando regresen de la estación espacial o de darse un paseo por la superficie de Marte, desfilarán por la avenida de Ordoño II como los astronautas del Apolo XI desfilaron por las avenidas de Nueva York. Habrá confeti, y aplausos, y banderas de León reivindicando la autonomía. 

Pero de momento, hasta que suban, tendremos que conformarnos con dos astronautas españoles que no eran de León: Pedro Duque, que luego fue ministro de Asuntos Secundarios, y Michael López Alegría, aquel chico nacido en Madrid pero criado en California que hablaba un castellano como de agente de la DEA en un episodio de “Breaking Bad”. Michael debía de ser primo lejano de David (Deivid) López Zubero, aquel nadador que ya nació directamente en Florida pero que competía, por motivos familiares, bajo la bandera de los Borbones, y que chapurreaba un mexicano todavía más difícil de interpretar.

La Wikipedia, como carece de sentido del humor, no consigna que mucho antes, en 1970, justo cuando las suecas alunizaban en nuestras playas, ya existió un astronauta español natural de Minglanillas: un villorrio imaginario muy cercano a la vieja estación de Fresnedillas. Financiado por la SANA y catapultado al espacio en la Cibeles I, Tony Leblanc surcó la estratosfera para caer justo sobre el desierto de Almería. Desorientado y sediento, Tony lo confundió con el Mar de la Tranquilidad y plantó la bandera del aguilucho para marcar territorio con los americanos y con los rusos. La película es una tontería como la copa de un pino; una majadería al estilo de Mortadelo y Filemón. Pero te echas cuatro risas muy sanas a cuenta del botijo interespacial, tan necesario en los planetas sin agua como Tattooine. 



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Todos a la cárcel

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Berlanga, sin Azcona, era como Butragueño sin Hugo Sánchez; como Cansado sin Faemino; como el Dúo sin Dinámico... Buenos en lo suyo, pero sin mordiente. Oliver sin Hardy, Oliver sin Benji, Esteso sin Pajares, que me he quedado sin más Olivers... Cumplidores, pero romos. Profesionales, pero alejados de la genialidad. Berlanga, al igual que ellos, tuvo que encontrar una pareja de baile para soltar los pies y echar a volar.

Antes de conocer a Rafael Azcona en los cafés de Madrid, Berlanga rodaba películas amables, divertidas, precuelas hispánicas y grises de Modern Family. Después de conocer al diablillo de Logroño -que ya había sembrado de maldades las películas de Ferreri- Berlanga trascendió su cuerpo mortal para rodar una obra maestra tras otra: películas cargadas de mala leche, ácidas como pomelos, incisivas, inteligentes, inmisericordes con la miseria moral de los humanos. Estos dos tunantes nos desnudaron. Nos enseñaron que la comunicación humana es posible -de hecho se da a todas horas- pero el entendimiento no. Que todos hemos venido a hablar de nuestro libro, como decía el otro. Que siempre hay alguien jodiendo los diálogos, las escenas, las reuniones, los besos... Que llevamos la chapuza no como un hábito adquirido, sino como un fragmento de ADN fundamental. Que somos egoístas, cicateros, pesados, plomizos, a veces absurdos, pero que la civilización nos ha enseñado a disimular cojonudamente. A veces... Todo eso nos enseñaron Azcona y Berlanga trabajando codo con codo, meninge con meninge.

Todos a la cárcel, ay, es Berlanga sin Azcona. La fase última de su filmografía. La película está bien, pero no es lo mismo. Donde no llega Azcona ponemos una pedorreta, un cagarro, un mecagoendiós y todo solucionado. Te ríes, pero echas de menos al logroñés. Todos a la cárcel es Marianico el corto y el señor Barragán. No queda ni rastro de los Monty Python, que eran otros denunciantes sanguinarios de nuestra estupidez, entre risas y tal, con muchos gags inolvidables.




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La escopeta nacional

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En 1978, Azcona y Berlanga decidieron que ya podían reírse del franquismo sin peligro. Llevaban veinte años riéndose de un modo simbólico, subrepticio, metiendo escenas de petting para que los censores se escandalizaran y las cortaran, y no se fijaran en lo demás. Sus películas anteriores fueron radiografías del enfermo, chequeos del paciente, pero ahora, con el régimen de cuerpo presente, tocaba hacer un examen exhaustivo de sus vísceras. De sus entresijos intestinales.

Y lo que salió a la luz fue una inmundicia muy nutritiva, de alto valor humorístico. “La escopeta nacional” es una película sobre Franco pero sin Franco, porque el Caudillo era un personaje tan tétrico que no cabía ni de secundario en esta cuchipanda. Sí eran muy risibles, en cambio, sus ministros, sus lameculos, sus tecnócratas de las gafas y sus opusdeístas del librito. La flora y fauna del régimen que se reunía en las cacerías para asestarse puñaladas, coger sitio en las fotos y dejar muy claro qué comisión se llevaba cada uno.

    Jaume Canivell, el empresario que llega a la finca de los Leguineche para vender sus porteros automáticos, aprenderá a fuerza de vejaciones que en estas cacerías no se dirime el bien común de la patria, ni el justo margen del comerciante. Envueltos en la Bandera, protegidos por el Ejército y bendecidos por la Iglesia, a los prebostes del régimen les importa un bledo que el portero automático traiga el bienestar a los hogares o cree nuevos puestos de trabajo. A ellos sólo les importa su parte, y la parte del amiguete, y joderle la parte al rival que ahora mismo está mejor visto en El Pardo.

Azcona y Berlanga eran muy largos, y muy cínicos, y sabían que la historia tiende a repetirse. Por eso despiden la película sin despedirla, porque Franco estaba muy muerto, pero el franquismo no. Años después supimos que esta recidiva bacteriana se llamaba “franquismo sociológico”.  Estos sociópatas se hicieron resistentes a los antibióticos y ahora están aquí de nuevo, de cacería, conspirando, amañando, señalando objetivos con la escopeta. Que Dios -que es de derechas- nos pille confesados.




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