Mostrando entradas con la etiqueta Tony Leblanc. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tony Leblanc. Mostrar todas las entradas

El astronauta


🌟🌟🌟

Ahora mismo, en León, porque nuestra ciudad está más cerca de las estrellas que ninguna otra capital española, tenemos dos astronautas esperando destino en el espacio. Ellos son nuestro orgullo nacional. Algún día, cuando regresen de la estación espacial o de darse un paseo por la superficie de Marte, desfilarán por la avenida de Ordoño II como los astronautas del Apolo XI desfilaron por las avenidas de Nueva York. Habrá confeti, y aplausos, y banderas de León reivindicando la autonomía. 

Pero de momento, hasta que suban, tendremos que conformarnos con dos astronautas españoles que no eran de León: Pedro Duque, que luego fue ministro de Asuntos Secundarios, y Michael López Alegría, aquel chico nacido en Madrid pero criado en California que hablaba un castellano como de agente de la DEA en un episodio de “Breaking Bad”. Michael debía de ser primo lejano de David (Deivid) López Zubero, aquel nadador que ya nació directamente en Florida pero que competía, por motivos familiares, bajo la bandera de los Borbones, y que chapurreaba un mexicano todavía más difícil de interpretar.

La Wikipedia, como carece de sentido del humor, no consigna que mucho antes, en 1970, justo cuando las suecas alunizaban en nuestras playas, ya existió un astronauta español natural de Minglanillas: un villorrio imaginario muy cercano a la vieja estación de Fresnedillas. Financiado por la SANA y catapultado al espacio en la Cibeles I, Tony Leblanc surcó la estratosfera para caer justo sobre el desierto de Almería. Desorientado y sediento, Tony lo confundió con el Mar de la Tranquilidad y plantó la bandera del aguilucho para marcar territorio con los americanos y con los rusos. La película es una tontería como la copa de un pino; una majadería al estilo de Mortadelo y Filemón. Pero te echas cuatro risas muy sanas a cuenta del botijo interespacial, tan necesario en los planetas sin agua como Tattooine. 



Leer más...

Tres de la Cruz Roja

🌟🌟

Por el año del Señor de 1961 -que hacía el número 22 en el calendario de la Victoria- el gobierno de los militares encargó una película para hacer publicidad de la Cruz Roja Española, que era un cuerpo de voluntarios que ahorraba mucho dinero a las arcas del Estado. Como los chavales que hacían la mili, o como los rojos que penaban en la cárcel. Lo que pasa es que a la mili te llevaban a punta de bayoneta, y a la cárcel con cuatro hostias soltadas tras la manifestación, pero para ingresar en la Cruz Roja tenían que seducirte o liarte de mala manera. El placer gratuito de servir a la Patria y de socorrer a los compatriotas quizá era suficiente para los campeones de la españolía, pero poca cosa, pura retórica, para el común de los mortales, más apegados a los placeres concretos de los sentidos. Y para los mocetones de la época, como para los mocetones de ahora, que en eso no influye vivir bajo el nacionalcatolicismo o bajo el parlamentarismo, los dos reclamos infalibles, irrenunciables, las flautas mágicas del flautista de Hamelín, eran el sexo y el fútbol.

    Para empezar de manera suave, los guionistas empiezan hablando del fútbol, del glorioso Real Madrid de las cinco Copas de Europa, aunque el equipo esté iniciando su decadencia por culpa de los barrigones que asomaban bajo las camisetas de Puskas y de Di Stéfano. "Apúntate a la Cruz Roja, chaval", sobre todo si vives en Madrid, que así podrás entrar gratis al Santiago Bernabéu y ver los partidos aunque sea a ras de césped, y condicionado a las necesidades del servicio. Menos da una piedra, y la retransmisión sin imágenes de la radio. Así que allá van, los tres de la Cruz Roja, Pepe, Jacinto y Manolo, que tienen nombres como muy del desarrollismo, como muy de españolitos bajitos y morenos, a servir a la Patria y dar la última gota de su sangre si fuera menester, como diría el salgento Arensivia de Historias de la Puta Mili. Pero la trama del fútbol sólo dura media hora, y no da para más. Un simple mcguffin para despistar. Lo que de verdad va a enganchar a los futuros voluntrios que ven la película, lo que les va a llevar directamente del cine de Chamberí a las oficinas de admisión, es saber que si te pones el uniforme de la Cruz Roja, y fardas con gracia sobre tus proezas sanitarias, unas tías de muy bien ver, verdadera jamonas en una España que soñaba con comer jamones, se van a pirrar por tus huesos y van a hacerte picardías cuando pases por la vicaría y te derrumbes loco de deseo en la cama matrimonial. Antes no.




Leer más...

El Tigre de Chamberí. Los tramposos.

🌟🌟🌟

En El Tigre de Chamberí, un patán conquista el amor de la muchacha más guapa a fuerza de ser íntegro y buen tío. En Los tramposos, un par de timadores dejan la mala vida y reciben como premio a dos chicas bellísimas de tetas kilométricas. Son  películas de la España católica y moralista, que narraban vidas descarriadas que terminaban siendo ejemplares. 

En aquellos tiempos, ser alguien decente y con estudios te aseguraba una buena opción en el draft de las mujeres. Ellas mismas te preferían antes que liarse con el cantamañanas que iba de discotecas, de guateques, que las manoseaba a destiempo en los asientos del 600. Sólo las pelanduscas preferían subirse a la Vespino de estos tipejos engominados. Los años cincuenta y sesenta fueron muy duros en la política y en la economía, pero en el terreno sexual fueron el paraíso de los mediocres, de los tipos grises pero formales. Yo hubiese sido la hostia, en aquella España sin monarquía constitucional, con mis costumbres espartanas, con mis gafas de concha, con mi adusta seriedad. Se me hubieran rifado, las mozas del lugar: las vecinitas del quinto, o las señoras del supermercado. 

Sin embargo, cuando yo nací, estos méritos ya eran filfa y baratija de los rastrillos. Las chicas ochentosas y noventeras estaban en otro rollo, en otra onda. Fueron los años dorados de los ligones, de los chuloputas, de los graciosillos del chiste estúpido. De los pretendientes motorizados. Del chico más canalla o del quinqui más gilipollas. Del que más bebía, del que más fardaba, del que más grande aseguraba tenerla. 

    La bendita democracia fue una desgracia para nosotros, los aburridos. Somos, en lo nuestro, unos nostálgicos del No-Do.





Leer más...