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Hechizo de luna

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“El gorrino y la mujer, acertar y no escoger”, decía Marcial Ruiz Escribano, que era el garrulo al que daba vida Ernesto Sevilla en “Muchachada Nui”. Y lo mismo podríamos decir para los cerdos y los hombres.

Marcial era un cateto fetén, manchego, pero extrapolable a cualquier lugar de nuestra geografía, con su boina y su chaleco, y su palillo entre los dientes. Aunque algunos se vistan de Armani y se perfumen con lo nuevo de Christian Dior, en el fondo, enfrentados al espejo, desnudicos con nuestros pelos y nuestras foferas, todos somos unos catetos que sonreímos con la chorraduca de Marcial, porque la intuimos muy cierta, y sabemos que el amor no resiste un análisis racional de pros y contras, de ventajas e inconvenientes. 

Me he acordado de Marcial mientras veía “Hechizo de luna” porque todos sus personajes andan muy preocupados por escoger bien a su marido, o a su mujer, e incluso quien ya escogió sigue preguntándose si hizo bien, y si hay tiempo todavía para arrepentirse y salir de picos pardos con la luna llena a ver si encuentran un candidato que reúna mejores cualidades. “Hechizo de luna” es una película de adúlteros, y de adúlteras, de gente que hace y deshace compromisos porque andan al mejor postor y juegan con dos barajas, y sudan la gota gorda pensando que llevan la peor baza en la partida. Un no parar. Un angustia existencial. “Hechizo de luna” es una comedia porque en su día la vendieron así, y porque al final, la verdad sea dicha, todos terminan encontrando su acomodo y su cama acogedora. 

En el nudo de la trama el se masca el nerviosismo, el sufrimiento casi coronario de quien se enamora pero recula, de quien recula pero no se aleja del todo, y es como una gran tragedia griega ambientada en el Nueva York que aún tenía dos Torres Gemelas en la bahía: salen justo al principio de la película, enmarcando el hechizo de Selene.


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