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Mumford

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Todos los pacientes que pasan por la consulta del doctor Mumford terminan curándose cuando encuentran pareja o echan un polvo como Dios manda. Es un remedio tan natural como la tila, o como pasear al aire libre. 

Unos dormían mal, otros tenían pesadillas, algunas no podían dar dos pasos seguidos o se dejaban el sueldo en compras compulsivas. El doctor Mumford -que en realidad no tenía estudios, pero sí mucho sentido común- les escuchaba con paciencia y luego les animaba a copular con más o menos preámbulos y galanterías. Eran, por supuesto, otros tiempos sociológicos. 

El deseo sexual -que ahora está tan mal visto como en tiempos de la reina Victoria- era por entonces un estímulo para la vida. “A ti lo que te pasa es que follas poco, o mal, o nada”, se decía cuando te veían alicaído, mohíno, dispuesto a dejarte una pasta para tumbarte en un diván. Era una simplificación un tanto burda, animalesca, pero no muy alejada del esfuerzo terapéutico. Pocos males del espíritu se curan con terapias más sofisticadas o más caras.

Desde que Lawrence Kasdan rodara “Mumford” apenas han pasado 27 años por nuestras videotecas, pero la película, en este lapso de tiempo, se ha convertido en el testimonio de una época muy distinta, lejanísima, casi un clásico en blanco y negro. Un chaval que se asomara a “Mumford” pensaría que andábamos todos tan salidos como bonobos, ansiosos por emparejar antes de plantearnos cuestiones más importantes. Y es que el amor, en estos tiempos del cólera, ya no es la salvación. Y mucho menos el sexo, que se ha vuelto un instinto sospechoso, inspirado por el demonio, como en las retahílas de los curas. El feminismo bobo y el catolicismo rancio van juntos de la mano y se les ve por el jardín.

En el remake de “Mumford” que ya están a punto de estrenar, los pacientes del doctor encuentran el equilibrio personal en la más estricta soledad: meditando, o haciendo ejercicio, o sirviéndose vinos en copas solitarias, cuando llega la medianoche. O viendo películas maravillosas sin que tener que compartir el mando de la tele.





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Aterriza como puedas

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No es necesario que una película sea buena para convertirse en un clásico. El tiempo es un camino tortuoso, lleno de trampas y caprichos, y cuando pasan veinte o treinta años y nos plantamos ante las películas de antaño, a veces sucede que las más académicas se han quedado desfasadas, mientras que otras, chapuceras incluso, que nacieron con la única vocación de entretener y de sacar unas pelas, abrieron caminos insospechados y convirtieron en hitos que todo el mundo recuerda.

    Aterriza como puedas nació para reírse de las películas de catástrofes, que en los años setenta reventaban las taquillas y reclutaban a las estrellas de Hollywood. Jim Abrahams y los hermanos Zucker cogieron un avión, lo llenaron con varios gilipollas y varios chistes absurdos, y lo lanzaron al aire a ver si planeaba o se estrellaba contra el suelo. Tuvieron suerte, o dieron en el clavo, o las dos cosas a la vez. Las gentes de entonces se partían el culo en sus butacas, y años después volvieron a partírselo en los sofás, cuando pasaron la película por televisión. Aterriza como puedas era el VHS estrella en el videoclub de nuestro barrio, y los chavales la alquilábamos siempre que estaba disponible junto a la peli porno clandestina, la última bravuconada de Sylvester Stallone o algún clásico de John Ford para no parecer tan barriobajeros, ni tan primarios. La vimos tantas veces que ya nos anticipábamos a todos los chistes, y luego salíamos a la calle cacareando las gracias casi calcadas. Todavía hoy, tanta vida más tarde, me topo con Aterriza como puedas en los canales de pago y me quedo enganchado, y suspendo la sesión programada para entregarme a la estupidez, y aunque la mayoría de los chistes son bobadas de guante blanco, guarreridas más propias de Jaimito y del perro Mistetas, la sonrisa no me abandona, y el recuerdo no desfallece, y cruzo la hora macabra de las doce de la noche reconciliado con la jornada del sol asfixiante, y de la melancolía progresiva.

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    Años después de su dramática experiencia, Ted Striker vuelve a subirse a un avión, impulsado por el amor. Intranquilo, se revuelve en su asiento.

Anciana: ¿Nervioso?
Ted: Sí
Anciana: ¿Es la primera vez?
Ted: No, he estado nervioso muchas veces.

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   En pleno vuelo, se desata a bordo una enfermedad misteriosa causada por el mal estado del pescado en el menú.

Dr. Rumack: Dígale al comandante que hemos de aterrizar lo antes posible. Hay que llevar a esa mujer a un hospital.
Elaine: ¿A un hospital..? ¿Qué es, doctor?
Dr. Rumack: Un gran edificio lleno de enfermos, y a veces no hay camas.



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