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Mumford

🌟🌟🌟🌟


Todos los pacientes que pasan por la consulta del doctor Mumford terminan curándose cuando encuentran pareja o echan un polvo como Dios manda. Es un remedio tan natural como la tila, o como pasear al aire libre. 

Unos dormían mal, otros tenían pesadillas, algunas no podían dar dos pasos seguidos o se dejaban el sueldo en compras compulsivas. El doctor Mumford -que en realidad no tenía estudios, pero sí mucho sentido común- les escuchaba con paciencia y luego les animaba a copular con más o menos preámbulos y galanterías. Eran, por supuesto, otros tiempos sociológicos. 

El deseo sexual -que ahora está tan mal visto como en tiempos de la reina Victoria- era por entonces un estímulo para la vida. “A ti lo que te pasa es que follas poco, o mal, o nada”, se decía cuando te veían alicaído, mohíno, dispuesto a dejarte una pasta para tumbarte en un diván. Era una simplificación un tanto burda, animalesca, pero no muy alejada del esfuerzo terapéutico. Pocos males del espíritu se curan con terapias más sofisticadas o más caras.

Desde que Lawrence Kasdan rodara “Mumford” apenas han pasado 27 años por nuestras videotecas, pero la película, en este lapso de tiempo, se ha convertido en el testimonio de una época muy distinta, lejanísima, casi un clásico en blanco y negro. Un chaval que se asomara a “Mumford” pensaría que andábamos todos tan salidos como bonobos, ansiosos por emparejar antes de plantearnos cuestiones más importantes. Y es que el amor, en estos tiempos del cólera, ya no es la salvación. Y mucho menos el sexo, que se ha vuelto un instinto sospechoso, inspirado por el demonio, como en las retahílas de los curas. El feminismo bobo y el catolicismo rancio van juntos de la mano y se les ve por el jardín.

En el remake de “Mumford” que ya están a punto de estrenar, los pacientes del doctor encuentran el equilibrio personal en la más estricta soledad: meditando, o haciendo ejercicio, o sirviéndose vinos en copas solitarias, cuando llega la medianoche. O viendo películas maravillosas sin que tener que compartir el mando de la tele.





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Gattaca

🌟🌟🌟


El futuro ya está aquí y no era más que eso: muchas televisiones de pago y teléfonos móviles en el regazo. 

La mayoría de mis conocidos se volverían a escandalizar si reencontraran “Gattaca” en las plataformas de la tele. Nueve de cada diez espectadores -¡qué digo, noventa y nueve de cada cien!- opinan que el destino está escrito en el medio ambiente y no en nuestros genes. Que es la educación, la disciplina, la que configura nuestras redes neuronales, y que el gen no pinta nada o solo “predispone” de una manera muy sutil, apenas un susurro de la naturaleza enfrentado al huracán indomable de las experiencias. 

Como yo pertenezco al uno por ciento díscolo de la platea, todo esto me parecen paparruchas y engreimientos tontos del espíritu. Creer que podemos modelar a nuestros hijos o a nuestros alumnos no es más que soberbia y ganas de chupar cámara cuando nos enchufan. En medio siglo de vida apenas he conocido a un par de progenitores gestantes y no gestantes -¿es así, Irene?- que asumieron su papel secundario y se limitaron a sus funciones básicas pero altísimas: proporcionar un sustento, un techo, una seguridad, una confianza en las malas rachas de la vida. No es moco de pavo. Luego los hijos son como son, la gente es como es, y nadie puede hacer mucho al respecto. Los genes escriben nuestro destino y luego viene la vida a matizar algunas palabras o algunos giros del idioma. Nada sustancial.

“Gattaca” es una película muy honesta. No lanza mensajes bobos de superación personal. El personaje de Ethan Hawke asciende finalmente a los cielos -literalmente- porque engaña a todo el mundo o es tolerado en su engaño. Él había nacido para ser un subalterno, un paria de la vida, como la mayoría de nosotros, pero su empecinamiento ilegal le llevó a cumplir su sueño de astronauta. Pues muy bien...Yo también podría ligar con la pelirroja más guapa de la comarca si primero atracara un banco y luego me tiñera el pelo de rubio, me pusiera lentillas azules y fardara de peluco y de coche deportivo por ahí. Pero eso no es trascender las limitaciones genéticas. No es "superarse". Es dar el pego.



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