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“Rondallas” es eso que ahora llaman una feel-good
movie. Antes las llamábamos comedias amables, o de buen rollo. Es lo mismo,
pero traducido.
En el microuniverso de “Rondallas” todo el mundo es
inofensivo y tiene un corazón de mazapán. Sólo a veces, en invierno, porque el
clima en Galicia se vuelve desapacible, brota algún malicioso con ganas de
joder la bonhomía. Pero al final, cuando llega la primavera, todos los
retorcidos se arrepienten y todos los canallas cambian de parecer.
Tampoco les queda otra: aquí, al malvado, lo hunden en
el fondo del océano. Estos pescadores, y estas mariscadoras, están muy curtidos
en su batalla contra el mar. Son muy buenos por las buenas, pero se transforman
en ángeles justicieros cuando alguien se sale por la tangente. En este pueblo
de cuento -porque “Rondallas” es eso, un cuento, una fábula sobre humanos
bonachones- no hay cabida para el mal. ¿Dónde están, me pregunto, esos tipejos
y esas tipejas que viven en cualquier pueblo de nuestra geografía, por
minúsculo que sea? Aquí, en "Rondallas", el mal solo viene de
turismo, o vive en los otros pueblos que compiten en rondallar.
En “Rondallas”, cualquier parecido con la realidad es
pura coincidencia. No sé si lo ponen al final de la película. Al principio, no
desde luego, y yo creo que deberían. A mí, por ejemplo, el buen rollo me saca
de la película pero al mismo tiempo me introduce en ella, como un respiro, o
como un bálsamo. Me quedo a medio decidir, como el gallego en la escalera, en
el chiste consabido y facilón. ¿Qué es mejor: huir de la realidad o
afrontarla con valentía? Pues depende, claro. Daniel Sánchez Arévalo prefiere
lo primero y no tengo nada que objetar. A veces le salen grandes películas y a
veces películas estimables. Malas jamás. El tío tiene una fórmula maestra para
fabricar su rollo particular.
