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Rondallas

🌟🌟🌟


“Rondallas” es eso que ahora llaman una feel-good movie. Antes las llamábamos comedias amables, o de buen rollo. Es lo mismo, pero traducido. 

En el microuniverso de “Rondallas” todo el mundo es inofensivo y tiene un corazón de mazapán. Sólo a veces, en invierno, porque el clima en Galicia se vuelve desapacible, brota algún malicioso con ganas de joder la bonhomía. Pero al final, cuando llega la primavera, todos los retorcidos se arrepienten y todos los canallas cambian de parecer. 

Tampoco les queda otra: aquí, al malvado, lo hunden en el fondo del océano. Estos pescadores, y estas mariscadoras, están muy curtidos en su batalla contra el mar. Son muy buenos por las buenas, pero se transforman en ángeles justicieros cuando alguien se sale por la tangente. En este pueblo de cuento -porque “Rondallas” es eso, un cuento, una fábula sobre humanos bonachones- no hay cabida para el mal. ¿Dónde están, me pregunto, esos tipejos y esas tipejas que viven en cualquier pueblo de nuestra geografía, por minúsculo que sea? Aquí, en "Rondallas", el mal solo viene de turismo, o vive en los otros pueblos que compiten en rondallar.

En “Rondallas”, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. No sé si lo ponen al final de la película. Al principio, no desde luego, y yo creo que deberían. A mí, por ejemplo, el buen rollo me saca de la película pero al mismo tiempo me introduce en ella, como un respiro, o como un bálsamo. Me quedo a medio decidir, como el gallego en la escalera, en el chiste consabido y facilón. ¿Qué es mejor: huir de la realidad o afrontarla con valentía? Pues depende, claro. Daniel Sánchez Arévalo prefiere lo primero y no tengo nada que objetar. A veces le salen grandes películas y a veces películas estimables. Malas jamás. El tío tiene una fórmula maestra para fabricar su rollo particular. 




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Entrepreneurs

🌟🌟🌟🌟


Lo contaba Michel de Montaigne en “Los ensayos". A Diógenes, llamado el Ateo, mientras le mostraban los retratos de los hombres que sobrevivieron a los naufragios, le dijeron en el templo:

- Y bien, tú, que piensas que a los dioses les traen sin cuidado las cosas humanas, ¿qué dices de todos estos hombres salvados por su gracia?

Y Diógenes contestó:  

- Sucede que los que se han ahogado son mucho más numerosos y no están pintados.


Así es el mundo entrepreneur: nos dan mucho la matraca con los que triunfan, pero los que fracasan son muchos más numerosos e interesantes. Los que triunfan, además, son casi siempre los hijos de papá. Sólo ellos pueden arriesgar tiempo y dinero sabiendo que hay un colchón esperando el batacazo. A veces es un colchón relleno de billetes nunca declarados en Hacienda. 

Lo dice el personaje de Rober Bodegas en un diálogo memorable: “Los ricos nunca pierden”. O si pierden, lo recuperan en un santiamén. Ellos, los figuras, jamás saltan al vacío en sus locas aventuras. O lo hacen con siete paracaídas por si fallan los seis primeros en el colmo del infortunio. Ellos, esa gente, tienen amigos, y contactos, y jeta por un tubo... Equipos de rescate y médicos de primera. El verdadero riesgo esta reservado a los genios y a los necesitados. Y a los tontos del culo que los imitan.

En el mundo entrepreneur se necesitan muchos perdedores para que alguien puede proclamarse vencedor. Es de cajón. A veces es necesaria una auténtica masacre para que sobrevivan cuatro héroes de pacotilla. Para que los pardillos se presenten en el campo de batalla hacen falta vendedores de humo a la altura de aquellos curas que llamaban a la guerra. Se necesita ina jerga insidiosa para que la gente se anime a fracasar pensando en un futuro esplendoroso de Lamborghinis en la puerta: algo muy parecido a ese “business speach” que Alberto Casado borda en su papel de absoluto gilipollas.

(Mientras tanto, Aura Garrido, que revolotea por la serie un tanto descolocada, nos regala su presencia de arcángel de las finanzas).




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