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Los padres de ella

🌟🌟🌟


A los dos minutos de ser presentados, el hombre que iba a ser mi suegro -y que con los años resultó ser mi exsuegro- se asomó por la ventana de la cocina y me señaló la montaña de Peñacorada, que se elevaba, aunque no mucho, por encima del horizonte.

- ¡Mira qué montaña! Siete mil metros de altitud, por lo menos. 

Pensé, por supuesto, que me estaba tomando el pelo.  Poniéndome a prueba, quizá, como hace Robert de Niro con Ben Stiller en la película. Las nuevas generaciones seguramente desconocen el dato, pero nosotros, los veteranos de la guerra, estudiábamos en el colegio que el pico más alto de la Península Ibérica es el Mulhacén, y el Mulhacén no pasa de los cuatro mil metros de altitud. 

Me quedé mirando la montaña con el estómago encogido. Llevábamos dos minutos de relación y de pronto ya era todo estresante y decisivo. Si le respondía que sí, que era una montaña de la hostia, tan alta como las cumbres del Himalaya, cabía la posibilidad de que él conociera el dato verdadero y me tomara por inculto. Y si le respondía que no, que eso era imposible, que ninguna cima cantábrica llegaba ni de lejos, cabía la posibilidad de que él desconociera el dato verdadero y me tomara por un listillo de la capital. En cualquier caso, un hombre indigno de su hija primogénita. 

La altura de Peñacorada era una trampa perfecta para invalidar mi candidatura. Una trampa diseñada quizá en ese mismo momento, improvisada con sagacidad, nada más ver mi pinta de pringado entrando por la puerta.

La otra opción -que al poco se reveló como la verdadera, porque yo me limité a mirar por la ventana y mi futuro suegro siguió hablando y hablando- es que él no tenía ni puta idea de la altura de las montañas, ni en general de las alturas de casi nada. Lo mismo me dijo siete mil metros como pudo haber dicho setecientos, o quince mil ochocientos. Mi exsuegro era así, lenguaraz, desubicado, un artista de lo impreciso. Cuando le conocí ya había alcanzado ese estatus envidiable de decir cualquier cosa indocumentada y despertar el candor de los allegados: “Son las cosas de Fulano”. 

A mí, de mayor, me gustaría ser como él.





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