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En las películas de Almodóvar, cuando un burgués se deprime o sufre de desamores, siempre hay otro burgués que le deja un casoplón para curarse de los nervios. La llamada de teléfono no tarda demasiado en resonar: es el amigo, o el familiar, a veces incluso el ex amante, que te presta un paisaje terapéutico a muchos kilómetros del dolor.
Existe una red solidaria en esa clase social que nosotros, los pobres, no podemos permitirnos. Aquí abajo, cuando te jodes, te jodes en tu piso ruidoso, en tu cochambre de paisaje. No va llamarte nadie para invitarte a su chalet en Lanzarote, a su masía en el Ampurdán, a su piso céntrico en Madrid donde ningún vecino da po`l culo y los techos son altos como la Luna, como la Luna... Nuestras miserias sentimentales no tienen cabida en “Amarga Navidad”.
Los ricos también lloran, sí, pero se recuperan mucho antes. Es una especie de terapia inmobiliaria que manejan entre ellos. Un tejemaneje que es en realidad muy marxista, porque el que da, da lo que puede, y el que recibe, recibe lo que necesita. Es una utopía comunista que ellos, por supuesto, negarían practicar. Los ricos, tan cínicos y tan prácticos, tienen mejores psiquiatras y mejores compañías, pero también mejores paisajes en los que distraer la mirada y el sentimiento.
Es por eso que en “Amarga Navidad” mis neuronas espejo no terminan de encenderse. Asisten a estos dramones sin que yo sienta ni padezca. Simplemente observo, tomo nota, se me ocurren gilipolleces... Pensaba, por ejemplo, en que Bárbara Lennie es sin duda el álter ego de Almodóvar más hermoso de su cine. Esta mujer -que no su personaje- sí logra encenderme otras neuronas relacionadas con el deseo, con la supervivencia necesaria de la especie. Cada vez que yo sonrío en una fotografía, se muere un gatito en algún lugar de la ciudad; la suerte es que Bárbara Lennie, cada vez que sonríe en una película, lo resucita por ensalmo.

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