Happy End
The Pitt
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Siento un alivio muy poco solidario cuando el paciente que ingresa en “la fosa” es alguien que se ha puesto hasta arriba de fentanilo o se pegado una hostia de campeonato conduciendo su Maserati. Porque yo no me drogo, ni tengo carnet de conducir, y me consuelo pensando que estoy libre de ingresar en el Hospital de La Pedanía por asuntos tan festivos como estos.
Me pasa igual cuando el ingresado ha recibido un balazo en un concierto de Rosalía o se le ha tronzado el pene de tanto forzarlo en una orgía. No frecuento esos contextos. Y lo mismo cuando el enfermo es un adolescente que padece sarampión o una señora muy anciana con un problema de vasculitis. Me palpo el carnet de identidad y pienso que ya estoy muy lejos del primero y todavía a varios años luz de la segunda.
Aunque la serie está muy bien hecha y puedes llegar a sentir cierta angustia por el ingresado, estos casos no me agarran de los hombros para zarandearme. No señalan el peligro real que me acecha por ser un descuidado con las comidas o un heredero de varios cromosomas atravesados.
Aunque en la vida real he pasado un par de veces por los boxes más peliagudos de las urgencias, llega un momento, viendo “The Pitt”, que te sientes como inmune, como si la enfermedad o la muerte no te concernieran del todo o fueran una mínima probabilidad de las matemáticas. Hasta que de pronto aparece la camilla que trae desmayado a mi álter ego nacido en Pittsburgh para que se joda la fiesta y regrese la certeza terrible de mi fragilidad. Una hipocondría basada en hechos reales que podría haberme ahorrado con sólo apagar el televisor :
- “¡Varón blanco, en la cincuentena, rápido, rápido, le cuesta respirar, dolor abdominal, saturación disparada, 50 mililitros de Resucitol y 6 miligramos de Esperanzatril!, ¿usted qué opina, doctor Robinavitch, tenemos que rajarle el abdomen o meterle un catéter por la arteria femoral, pipipipipi... ¡se desploma la tensión!, ¡hay que intubar!, ¡tres inyecciones de Hostiaputaquesenosva!...
Los que se quedan
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“Todo el mundo es salvaje de corazón y además raro”.
Lo decía Lula Pace en “Corazón salvaje” y lo tengo puesto en el frontispicio de
mis perfiles. Lula tenía más razón que una santa de los pecadores.
“Los que se quedan”, sin embargo, viene a decir que
todo el mundo es raro pero guarda en su interior un corazón de chocolate. Yo, por
supuesto, no lo suscribo, ni por razones empíricas ni por pensamiento filosófico,
pero reconozco que la película de Alexander Payne me arranca una lagrimita de
emoción. Contradicciones... Es la magia del cine, supongo, que te hace creer en
los midiclorianos, y en el amor imposible con Julia Roberts en Notting Hill, y
ya puestos, en la naturaleza roussoniana de los seres humanos, donde la culpa
de nuestros defectos siempre es de los otros o de la sociedad. “Porque nadie me
ha tratado con amor...”-
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Viendo “Los que se quedan” me acordé de un profesor
que tuvimos en los Maristas, el hermano X., un indeseable que nos daba
matemáticas y rudimentos de informática. El hermano X. era burlón y despiadado.
Exigente como si estuviéramos en un Harvard provincial. Un “old school” al
estilo del señor Hunham de la película, también calvorota y falto de amor
correspondido para sublimar sus frustraciones. El hermano X no se parecía ni
por asomo el profesor Keating de “El club de los poetas muertos”, cuyo
espíritu, por contraposición, también flota en el ambiente.
El último día de curso, con los exámenes ya
finalizados, el hermano X. nos llevó a la sala de audiovisuales y nos dejó
boquiabiertos cuando nos mostró su colección completa de rock and roll de los
años 50 y nos confesó que aquella era la pasión verdadera de su vida, tan
alejada de los cálculos matriciales y de las exégesis de la Biblia. Descubrimos
que el profesor más odiado del colegio, el más hueso, escondía un tuétano de
rebeldía en su interior. Un ser humano quizá.
Nos sentimos descolocados y un poco avergonzados. Pero
el hechizo apenas duró unos pocos minutos: lo que tardó en evaporarse la
primera canción de Elvis Presley. En realidad el personaje ya nos daba un poco
igual y solo queríamos olvidarle para siempre.
Frankenstein
🌟🌟
Todos estamos hechos de trozos de cadáveres, como Frankenstein. Lo que pasa es que nuestras piezas provienen todas del entorno familiar: la nariz del abuelo, las manos de la bisabuela, las cejas pobladas del padre que ya falleció... Los muertos reviven en nosotros gracias al hilo invisible del ADN, que recose sus despojos.
El ADN es el verdadero protagonista de la vida: el que supera las generaciones y nos utiliza como vehículos. Nos creemos la pera limonera y no somos más que las carcasas que los contienen, y los preservan. Y si tenemos suerte en el amor, los traspasan. Richard Dawkins es el autor imprescindible que te cambia la manera de pensar. El otro es Tywin Lannister, el hombre sin escrúpulos que recordaba que lo importante no es el nombre, sino el apellido. O lo que es lo mismo: tú no importas una mierda, sólo lo que dejas en el mundo.
Los cadáveres son las jeringuillas desechables. Las fases iniciales de un cohete lanzado a la aventura. La cáscara dura de la semilla. Lo realmente valioso es eso pequeñito que viajaba en el interior. El ADN es la hostia: forma nuevas criaturas sin dejar costurones en la piel. Es mucho más armonioso que un corta y pega de laboratorio. El ADN es información pura: el manual de instrucciones que nos recompone con los vestigios del pasado. “Todos somos Frankenstein”: jamás he visto esa campaña solidaria en los foros de internet.
El ADN es maravilloso, pero no infalible. Por eso no me atrevo a llamarlo divino. A veces es un cirujano tan chapucero como Víctor Frankenstein. Junta los trozos sin armonía, sin sentido de la estética, como si no tuviera nueve meses para pensárselo, y produce seres humanos que lo tienen muy jodido para luego reproducirse. Es entonces cuando decimos que el ADN atenta contra sí mismo. ¿Quieres preservarte y construyes una máquina que no encuentra comprador en las redes del amor?
Una batalla tras otra
🌟🌟🌟🌟🌟
Este año, me temo, tampoco haremos la revolución. La revolución ha quedado aplazada sine die. Yo confiaba mucho en el año 2017, por aquello del centenario, pero habrá que esperar a un bicentenario que yo ya no veré. “A ver si alguien se anima”, me decía yo entonces. Tampoco hace falta que tomemos Manhattan en primer lugar, como cantaba Leonard Cohen. Con un palacio estratégico de Madrid nos vale. Y a partir de ahí, lanzarnos a soñar. Todo el poder para el soviet.
Pero pasó el año 2017 y nadie recibió una instrucción del comisario de Moscú. De hecho, no sabemos nada de él desde el año 1989. O le han pegado un tiro o se ha sumado a la francachela de Vladimir.
Las cosas están más o menos como estaban. O incluso peor. Los medios de producción están en manos de los mismos y las fuerzas del orden siguen dando hostias a mansalva. Los ejércitos no están con nosotros y el soviet ha pasado de ser un concepto histórico a una utopía de camaradas. En caso de ponernos burros, ¿qué armas podríamos oponer a las suyas? ¿Un cóctel molotov? ¿Un tirachinas? ¿La escopeta del abuelo? Estos anarquistas de la película al menos viven en Estados Unidos y disponen de armas de fuego que pueden comprar en las tiendas de juguetes. Y aun así, su esfuerzo es bastante tonto y baldío. Suicida. Contraproducente incluso. Menuda imagen que dan de psicópatas y de colgados... La revolución se hace a lo grande o no se hace. Y organizada, coño, dirigida desde arriba. Todo esto, sin el camarada Lenin, es una chapuza lamentable.
Nos quedan las urnas, sí, pero las urnas están diseñadas precisamente para impedir la revolución. Se trata de elegir entre Guatemala y Guatepeor. Si algún día nos diera por votar una propuesta revolucionaria de verdad, ellos sacarían los tanques a la calle o le pegarían un tiro al presidente. Estas cosas no las inventa mi paranoia: ya han sucedido de verdad. Así que está todo perdido. Cautivos y desarmados los ejércitos rojos y las facciones clandestinas, ya solo nos queda pelear por las migajas: un porcentaje, una regulación, una ayudita... Una batalla tras otra.
Materialistas
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Al principio pensé que "Materialistas" era una película sobre el materialismo dialéctico, ése que enseñaba mi abuelo Karl en sus exilios por Europa. Pero me equivoqué. Ya me parecía raro que Dakota Johnson y Chris Evans participaran en una película de tal calado filosófico... Y revolucionario. Ya nadie habla del materialismo dialéctico desde que cayó el muro de Berlín y así nos luce el pelo a los desheredados.
“Materialistas” tampoco profundiza en esa sabiduría ancestral que el doctor Severo Ochoa redujo en un axioma inolvidable del pop&rock: somos física y química. Y lo demás, la metafísica y el espíritu, fenómenos emergentes de las neuronas. Porque está el materialismo de mi abuelo Marx y el materialismo más antiguo que predicaba Demócrito de Abdera, y que yo también aplaudía bajo el pupitre y a espaldas de los curas.
No. “Materialistas” habla de la tercera acepción del materialismo, que es el afán por el dinero y de la subordinación a su reinado de todo lo demás. Del amor incluso. “Materialistas”, a su modo, está hablando de prostitución. Porque hay muchas prostituciones y no solo la del bar de carretera, o la de la escort en internet. Cuando una mujer como Dakota Johnson decide que ya sólo se casará con un hombre rico para dar carpetazo a su vida romántica, también se está prostituyendo. Y está bien que así sea. Nada que objetar. Si nadie engaña a nadie, miel sobre hojuelas. Sexo a cambio de bienestar: es una transacción tan vieja como el mundo.
La gran pregunta es cuánta belleza tiene que irradiar un hombre para que una materialista de pro como Dakota Johnson se olvide de la pasta. La belleza de Chris Evans es al parecer deslumbrante y suficiente. Hay tipos con suerte, desde luego... De la otra belleza, la belleza interior, esa que las mujeres dicen valorar por encima de la física porque lo importante es el intelecto y el sentido del humor, no hay ni rastro en la película. Y también esta bien que así sea. Vamos a dejarnos ya de gilipolleces.
La mamá y la puta
🌟🌟🌟🌟
A pesar de lo que dice el título, aquí no salen ni putas ni mamás. Sólo amantes contrariadas. Aun así, hay exégetas que aseguran reconocer en un par de mujeres el arquetipo de la madre y el arquetipo de la puta. Arquetipo...: hay palabras que las lees en internet y te pones a temblar. Sobre todo si aparecen en la crítica de una película francesa. Yo creo que el cine francés está sobreinterpretado desde los tiempos de Perpignan. Es la creencia boba de que ellos poseen una interpretación única de las relaciones personales, cuando luego, en realidad, como en cualquier cinematografía que se precie, el cine francés casi siempre trata de una cosa tan básica como el follar.
“La mamá y la puta” va de hombres y mujeres que se lo pasan en grande follando mientras esperan que de algún polvo alcoholizado nazca por fin el amor verdadero. Es la vida misma de los jóvenes en París, y más de aquellos parisinos desinhibidos tras el mayo del fracaso. La vida misma de los jóvenes sanos y equilibrados en cualquier país civilizado. Un afán tan noble como universal, y tan poco propicio para las sutilezas literarias.
Se pongan como se pongan los refinados, en “La mamá y la puta” ni aparecen las madres de los protagonistas ni hay mujeres que se acuesten con Alexandre por su dinero. Al contrario: Alexandre es un bohemio que se aprovecha de ellas, un vividor que se presenta en las cafeterías -y qué cafeterías, además, las más lujosas del Boulevard de Saint-Germain- con los bolsillos colgando por afuera. A Alexandre le gustaría escribir, publicar, recibir premios y agasajos... Pero se queda en eso: en que le gustaría. Acude a las cafeterías armado con una libreta y un boli solo para disimular que lo suyo es tirar la caña y probar suerte en el amor.
Alexandre es un gorrón y un picaflor infatigable que lo tiene todo para ser rechazado por cualquier mujer sofisticada: es medio facha, petulante, gorrón, infiel por naturaleza... Pero es la mar de guapo y folla como un campeón en la materia. “La mamá y la puta” es la enésima confirmación de que en el amor primero viene la belleza y luego aparecen las preguntas.
Nathan for you. Temporada 2
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Decía La Rochefoucauld, en una de sus máximas, que los defectos son más perdonables que los medios que usamos para disimularlos. No la llevo memorizada pero es más o menos así. En caso de necesitarla la tengo doblemente subrayada en ese libro imprescindible.
Deberían, no sé, enseñarla en las escuelas. En las de filosofía y en las normales. Ponerla sobre los encerados o bien visible en los vestíbulos. Debería ser un mantra fundamental para la autoayuda: si tienes un defecto, tira p’alante con tu defecto y no mires atrás. Sé que es difícil y tal, pero tú puedes. Sé tú. Porque todo eso que haces para disfrazarlo es mucho peor y además vas haciendo el ridículo por ahí. El remedio, en estas cosas, casi siempre es peor que la enfermedad.
Me acordé de la máxima de La Rochefoucauld mientras veía la segunda temporada de “Nathan for you”, que es una serie de la tele casi clandestina, como maldita o proscrita por las autoridades. Son malos tiempos para parodiar el capitalismo... Se supone que Nathan es un emprendedor especializado en salvar negocios que no funcionan o que tienen un amplio margen de mejora; pero luego, en aras de la comedia, todos los profesionales que le contratan terminan peor de lo que estaban, endeudados hasta las cejas y con la trapa del negocio a punto de caer.
Nathan es el anti-rey Midas que todo lo que toca lo devalúa. Jamás propone una solución lúcida y simple: lo suyo es aplicar una capa de enredo tras otro, generando nuevos problemas que necesitan nuevas soluciones... Es una espiral muy tonta y sin final. Es la vía muerta y catastrófica del disimulo, como advertía La Rochefoucauld. El puro descojono.







