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La cuarta temporada de “La maravillosa Sra. Maisel” no es redonda.
Tiene sus momentos tontos y sus cerros de Úbeda. Pero da igual. La cuarta
temporada es como la propia señora Maisel: no es perfecta, pero te da lo mismo,
si estás enamorado. Y yo vivo enamorado de la serie y de la señora Maisel. Un
poquitín. Uno también puede enamorarse de un personaje de ficción, ¿no? Incluso
de un dibujo animado, como les pasaba a los seres humanos con Jessica Rabbit, que
bebían los vientos, y pugnaban contra la pulsión.
De hecho, siempre que me preguntan si vivo enamorado, tengo
que matizar si me están hablando de una mujer verdadera o de una mujer de la
pantalla, que a veces se suceden, pero a veces se solapan, en una trigonometría
de fantasía. En un triángulo amoroso que vive sin conflictos ni tensiones. O
eso creo yo...
Miriam Maisel, en mi modesta opinión, es un torbellino y un
bellezón. Una mujer de armas tomar. Dice tacos, fuma, entra en reyertas con su
lengua viperina. Podrías ir con ella a comer entre camioneros y te sentirías
como en casa escuchando sus chistes soeces. Sus dobles sentidos de lagarta. Pero
luego, tras pasar por casa y ponerse el vestido de noche, y tú el frac
alquilado, podrías acompañarla a un concierto en el Carnegie Hall donde ella
sería la reina de la noche, la mujer más hermosa y elegante de los contornos.
Miriam Maisel es una todoterreno, una embaucadora de las miradas.
A mi amigo, sin embargo, que sigue la serie porque su mujer
sigue la serie y hay que hacer matrimonio en el sofá, Miriam Maisel le parece
una pesada, y una deslenguada. No soporta ese incesante parloteo que para mí es
como el canto de los pájaros. Mi amigo dice que si Miriam fuera muda todavía
tendría un pase, lo que a mí me indigna un poquitín. Lo llevo con mansedumbre. Pero
es que a mi amigo no le gusta ni su físico, del que dice que le recuerda
demasiado a Isabel Díaz Ayuso -o sea, al demonio mismo- en lo cual no va
desencaminado. Pero es que a mí, que padezco flaquezas de bolchevique, eso
todavía refuerza más mi colgadura, y mi chotadura por Midge Maisel, la reina de
los escenarios.
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