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La larga marcha

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A estos muchachotes que participan en La Larga Marcha tampoco se les ve especialmente desnutridos. Ni desesperados. Hay un poco de todo: caucásicos musculados, negros fibrosos e indios indómitos. Quarterbacks de manual. Y chinos enjutos, sí, pero más listos que cualquiera. Estos chicos, por muy mal que vengan dadas, aún podrían ganarse la vida trabajando en una obra, o de estibadores en el puerto. Es una mierda, ya lo sé, pero es mucho mejor que apuntarse a una carrera suicida con un único superviviente. A un Juego del Hambre, o a un Juego del Calamar. 

No se entiende bien su presencia en el matadero. Quitando a un par de desgraciados que serán la primera carne de cañón -entre ellos el entrañable Jojo Rabbit- el resto aún puede caminar días seguidos sin apenas dormir o alimentarse. En las márgenes de la carretera se ve, eso sí, un paisaje de posguerra civil que ahora es la última moda argumental traída de Estados Unidos. Y es que la cosa, por allí, debe de estar más jodida de lo que pensamos. Va a ser la hostia, nen, porque ya no serán yankis y sudistas armados con fusiles, sino fascistas del MAGA contra demócratas de la ANR manejando granadas y ametralladoras a lo rambo. 

Una de dos: o la novela de Stephen King no se sostiene de partida, o aquí hay cosas que están mal explicadas. Yo, desde luego, no dejo de rascarme el cogote. Que Luke Skywalker ahora se gane la vida como militar psicopático tampoco ayuda demasiado a suspender la incredulidad. Al primer disparo en la sien me salí de la película y el resto ya fue un continuo avanzar con el mando a distancia, a ver cómo terminaba la prueba desesperada. Fue... la larga marcha de la tecla wind. La muy corta carrera de mi paciencia.






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Licorice Pizza

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“Licorice Pizza” es la metáfora visual de un disco de vinilo. Los discos parecen pizzas y son de color negro como el regaliz. Y los discos, como el regaliz, nos traen nostalgias del pasado... Ahí residía el misterio del título que en la película nunca se desvela. O que se desvela, pero que nosotros, en el sofá, Eddie y yo, no fuimos capaces de colegir. Y eso que lo mirábamos todo boquiabiertos, con cara de cinéfilos deslumbrados. Porque “Licorice Pizza” es una película rara, rara de cojones, pero no puedes dejar de perseguirla. En un momento dado nos miramos y nos dijimos al unísono: “Esto es muy... extraño. Pero adictivo.” Así es también la relación entre un perro y su amo: extraña, pero adictiva.  Así es la vida en general, diría yo.

El otro misterio -el principal y nunca revelado- sería saber qué le pasa a Paul Thomas Anderson por la cabeza cuando rueda sus películas. Ahora que tanto se abusa de la palabra genio, resulta que él es un genio verdadero. Uno fetén. Él nunca mira las cosas como las miramos los demás. Los demás vivimos en el mainstream de las narraciones sentimentales. Pero él no. Y no lo hace por epatar, o por dárselas de listo: es que es así, dislocado y original. Un genio, ya digo. Un puto genio. Tú le das una historia de amor entre un chaval de 15 años y una mujercita de 25 y no te hace una película convencional, de rollo melodramático, ni tampoco de comedia disparatada. No: él hace sus mezclas, sus diseños, su anomalía neuronal, y le sale una película como “Licorice Pizza” que no se puede clasificar, ni resumir a los amigos, ni explicar con oraciones que tengan una coherente ligazón. La suya es una película imposible e inabordable.

“Licorice Pizza” viene a decir eso tan trillado, pero tan verdadero, de que dos personas condenadas a entenderse al final se acaban entendiendo. También dice que la madurez no se adquiere con la edad, sino que viene otorgada de nacimiento. Unos la llevan y otros no, como los pimientos de Padrón. Y da igual las experiencias que vivas, ocho mil o ciento una. La madurez es un regalo de los genes; la inmadurez, otra putada de las suyas. Yo pienso lo mismo que Paul Thomas.




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