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¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?

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A veces me sorprendo canturreando “Qué hace una chica como tú en un sitio como éste” por los pasillos de mi colegio. Es el legado más duradero de la película: esa canción pegadiza que ilustra los encuentros extraños y benéficos. Un sonsonete eterno en la lista de los 100 Grandes Éxitos Generacionales. Casi un himno -me atrevo a decir- para celebrar que a veces, en entornos poco propicios, aparecen mujeres maravillosas como mariposas de colores.

La canturreo una vez por curso, tal vez dos, cuando recala en nuestra misión la sustituta de una sustituta -esto es la enseñanza pública y basta una manicura fallida para coger una baja- y quedo sorprendido por su belleza sin igual. O, cuando entablo conversación, porque quedo admirado de su agudeza chispeante. Alguna vez coinciden la belleza y la perspicacia en una misma Carmen Maura de película y entonces ya se produce el acabose. Es entonces, en esas apariciones marianas, cuando la canción de “Burning” ya no suena en el licorice pizza de mis neuronas, sino directamente por megafonía, a todo meter, para dar fe de que ha llegado una persona extraordinaria y que tal vez habría que festejarlo con pasteles en el próximo recreo.

De todos modos, la película de Colomo no cuenta la historia de una interina que viene a cubrir una baja laboral, sino la mala vida de una peluquera casada con un hijoputa en la España sin divorcios. Los espectadores modernos lo damos tan por supuesto, lo del divorcio, que al principio no entendemos por qué ella no lo manda a la mierda y le tranca la puerta con siete cerrojos inexpugnables. Pero es que era, so bobo, la España de los curas, que todavía coleaba. Lo que Dios había bendecido ya sólo lo podía separar un tribuno de la Rota. 

Parece todo muy lejano, casi como de la época victoriana, pero sólo nos separa una generación de aquel régimen de talibanes con alzacuellos. Así que ojo, mucho ojo, que amenazan con volver.



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Tigres de papel

🌟🌟🌟

Allá por 1977, en los albores de la Restauración Borbónica, los progres se lanzaron a probar las costumbres tanto tiempo prohibidas por la ley y por la Iglesia. Algunos lo hicieron porque sentían el impulso o la necesidad, pero otros, como los protagonistas de “Tigres de papel”, simplemente porque sentían el afán de experimentar. Porque querían tocar los cojones a los guardianes de la moral que aún blandían un arma en la mano y un hisopo con la otra. 

Los personajes de "Tigres de papel", si tienen que fumarse un porro, se lo fuman; si tienen que apuntarse a una orgía, se apuntan; y si tienen que separarse del pariente o de la parienta -que no divorciarse, ojo, porque hasta 1981 no se tramitó la ley que lo permitía-, pues se separan.
A Carmen Maura y su trupé de moscones les bastan dos broncas y una desavenencia para tomar la decisión de largarse de casa y experimentar esa sensación excitante de saberse libres tras años de vigilancia. Pero como son ciudadanos majos y enrollados, las rupturas no son nada traumáticas ni virulentas, y así, de vez en cuando, cuando aprieta la soledad, las parejas firman un armisticio para aliviar las penas y sofocar los instintos. El buen rollo preside estas des-uniones a-legales que tienen más de protesta que de convicción. En el fondo de sus corazones, estos personajes se quieren, y se estiman, y viven en casas separadas simplemente porque se lo pueden permitir. 

“Tigres de papel” se ha quedado muy obsoleta y aburrida. Casi cincuenta años de reyes y legislaturas nos contemplan... Pero en el asunto de las separaciones conyugales es una película muy moderna y yo diría que hasta envidiable. Ahora mismo, con los precios del mercado inmobiliario, muchas des-parejas modernas se ven obligadas a vivir bajo el mismo techo y a ver las películas en el mismo sofá compartido, con más o menos distancia entre los cuerpos, según el humor y el aguante de dada uno.




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Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón

🌟🌟🌟

Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón no es realmente una película. Concebida en principio como un mediometraje, Almodóvar, que atareado en la Telefónica sacaba ratos de donde podía, y dineros de donde le dejaban, fue llamando a sus amigos punkis, a sus colegas travestis, a sus follamigos de la movida, para ir rellenando minutos y convertirla en una gamberrada que abriría nuevos caminos. En las ciudades de provincias nadie entendió su película, porque las tribus de Madrid eran gentes tan desconocidas como los extraterrestres, o como los aborígenes australianos. Y entre la lluvia dorada, el moco gastronómico y el concurso de pollas que el mismísimo Almodóvar presentaba al grito de "¡Erecciones Generales!", la película no duró en cartelera ni para cubrir los gastos de la distribuidora. En las ciudades civilizadas, en cambio, donde había apertura de mentes y también apertura de piernas, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón encontró un público entusiasta, comprensivo, al que le importaba muy poco que la trama fuera simplona o que los medios técnicos fueran de cuarta categoría. Aquello era un espectáculo que indignaba a los curas y soliviantaba a los meapilas, y sólo con ir a verla uno ya obtenía el diploma de tipo moderno, o de mujer enrollada.

     Sólo cinco años después de que Franco muriera dejando las pantallas como una patena, ahora salía en ellas una punky de quince años que se meaba en la cara de una urofílica murciana. Y una vecina de Madrid que cultivaba macetas de marihuana en su terraza. Y una caterva de travestidos que te ofrecían su cuerpo serrano si estaban de buenas o te arreaban con el bolso si les pillabas mal follados. Tan avanzada era para su tiempo, la provocación de Almodóvar, que incluso se pasó de frenada en algunas cosas, y ahora que estamos viviendo el retroceso del péndulo, y el cuestionamiento de las licencias, ya no se podrían rodar ciertas cosas que ahora provocan un poco el sonrojo. Entre eso, y que las parafilias sexuales ya no nos sorprenden, y que en los restaurantes hemos comido cosas peores que unos mocos, Pepi, Luci y Bom... hoy sería una película con mucho menos bombo y recorrido. El caca-culo-pedo-pis de un adolescente descarado y ocurrente. Es la maldición de las películas pioneras, que desbrozan la selva a machetazo limpio, y quedan exhaustas, para que otros fluyan tranquilamente por el sendero.  




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