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TÁR

🌟🌟🌟🌟


Lydia Tár, la directora de orquesta, tiene problemas para conciliar el sueño. Por un oído le acosan los remordimientos, y por otro, aunque vive en un apartamento de lujo, los ruidos de la casa. Decía Schopenhauer que las personas inteligentes soportan mucho peor los ruidos externos, y Lydia Tár, más allá de sus flaquezas morales y de sus debilidades eróticas, es una mujer de inteligencia gatuna y afilada. 

He vuelto a ver “Tár” porque la primera vez no me enteré de casi nada. Aquel fin de semana yo no estaba en mi casa, sino más al norte, en el hogar de una mujer que me amaba los días pares y luego me desamaba los impares. Dentro de su inconstancia hay que reconocer que era tan regular como un metrónomo de musicóloga.

Una vez fui a visitarla y me recibió como quien recibe la visita de un pariente molestísimo. Era un día impar y yo tuve que haberlo anticipado. Esa noche sin amor yo tampoco pude conciliar el sueño. Creo que fue la primera de varias noches parecidas. El sentido de la vida pasaba bajo mis párpados, absurdo y punzante, y para detenerlo, a eso de la una de la madrugada, me fui al salón con el ordenador a ver “Tár”, que la tenía pendiente y parecía bastante soporífera.

“Tár”, sin embargo, no activó -o no desactivó- los neurotransmisores que me ataban a la vigilia. Ni me dormía ni me centraba. Viví aquellas dos horas en un estado indefinible de la memoria. Meses después, ya compuesto y sin novia, sólo recordaba que “Tár” era una película sobre los intríngulis laborales y sexuales que se producen en las orquestas de renombre. Como “Mozart in the jungle”, pero en formato de dramón psicológico. Las mujeres, cuando llegan a los puestos de relevancia, se comportan igual que los hombres defenestrados: el ser humano, en la arrogancia del poder, viste igual bragas que calzoncillos.





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