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Rivales

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En la otra “Rivales”, la de Luca Guadagnino, se respiraba amor por el tenis y salía Zendaya con su hermosura de colibrí. En la “Rivales” de Fernando Colomo, en cambio, se respira odio por el fútbol y sale Kira Miró proponiendo otra versión de la belleza. Las dos películas coinciden en el título pero difieren en su filosofía. Y no solo eso: la de Guadagnino era una película digna y entretenida; la de Colomo -y me sabe mal decirlo- es una tontería muy chusca al servicio de la moda. 

La tesis de “Rivales” es que todos los aficionados al fútbol son gilipollas. Y de ahí para arriba: machistas, tocones, marrulleros, salidorros, horteras, incultos... El catálogo completo de los Torrentes en Iberia. Y más aún: sus mujeres, que son las mamás de los jugadores, o son unas pedorras de campeonato o unas consentidoras de la barbarie. 

El fútbol, según la progresía de Colomo y Oristrell, es ese deporte competitivo que ensucia las mentes de los chavales. Una excusa para que el macaco de la grada se comporte como tal. El pan y circo de la chusma. ¿Y, nosotros, entonces, los futboleros que leemos a Proust y a Delibes? ¿O que, al menos, tratamos de leerlos cuando no dan Champions por la tele? ¿Qué somos? ¿Rarezas de zoológico? ¿Almas descarriadas? El fútbol, en “Rivales”, es esa costumbre prefascista que algún día habrá que prohibir para que reine la paz y la concordia. 

En mis tiempos de entrenador conocí a varios padres como estos de la película: gente atravesada, maleducada, muy básica de planteamientos. Con ellos mantuve un trato correcto pero distante. Muy distante. Pero también conocí -y eran muchos más- a gente maja, predispuesta para bien, ejemplar en nuestro campo y en el campo del rival. Padres que si vieran “Rivales” se verían acusados de un crimen sociológico que ellos jamás cometerían. 




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Rivales

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1. En vez de entrechocar las cornamentas como venados, o de morderse la yugular como hienas, Art y Patrick deciden disputarse el amor de Zendaya dándole raquetazos a una pelota.  En eso consiste, más o menos, la evolución de los homínidos: en sustituir los métodos sangrientos por otros más civilizados. La raqueta de tenis no es más que la sublimación de la vieja cachiporra. 

Cuando el mono de Stanley Kubrick lanzó el fémur al aire para convertirlo en una nave espacial, también pudo haberlo transformado en un stick de hockey o en un taco de billar. Incluso en una guitarra eléctrica de rockero, que también es fálica y derrite las voluntades. Esgrimir un instrumento musical es otra estrategia de apareamiento; lo mismo que coger un pincel para pintar o un MacBook último modelo para escribir una novela. Demostraciones de valía y colas de pavo real.

(La represión de la berrea, por cierto, ha recorrido un camino paralelo a la represión de los obreros: antes nos diluían a tiros y ahora les basta con convencernos de votar al enemigo. Donde antes había un tanque disparando a la multitud, ahora hay un telediario de Antena 3 a las nueve de la noche. Ya no hay que dejar un cadáver en la acera para que Fulanita se decante por Menganito o para que los empresarios sigan acumulando capital). 


2. ¿Qué es más fuerte: la amistad o el amor? La pregunta es una soberana gilipollez, pero hay centenares de libros en las secciones de Verborrea opinando sobre el asunto. Hay amistades para siempre y amores para casi nunca. Y al revés. No existe una ecuación definitiva. En “Rivales”, por ejemplo, la amistad de Art y Patrick parece hecha a prueba de bombas, y sin embargo bastará la presencia de Zendaya en minifalda para que se resquebraje por la línea más débil de su estructura -que en el caso de los hombres siempre parte del perineo. 

En otras películas, en cambio, hemos visto pasiones que temblaban por culpa de amistades que eran más poderosas que el amor. Son todas esas en las que el fulano, casi siempre irlandés y con gorra de faena, prefiere emborracharse en la taberna antes que llegar puntual a la hora de cenar. 




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