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Rivales

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En la otra “Rivales”, la de Luca Guadagnino, se respiraba amor por el tenis y salía Zendaya con su hermosura de colibrí. En la “Rivales” de Fernando Colomo, en cambio, se respira odio por el fútbol y sale Kira Miró proponiendo otra versión de la belleza. Las dos películas coinciden en el título pero difieren en su filosofía. Y no solo eso: la de Guadagnino era una película digna y entretenida; la de Colomo -y me sabe mal decirlo- es una tontería muy chusca al servicio de la moda. 

La tesis de “Rivales” es que todos los aficionados al fútbol son gilipollas. Y de ahí para arriba: machistas, tocones, marrulleros, salidorros, horteras, incultos... El catálogo completo de los Torrentes en Iberia. Y más aún: sus mujeres, que son las mamás de los jugadores, o son unas pedorras de campeonato o unas consentidoras de la barbarie. 

El fútbol, según la progresía de Colomo y Oristrell, es ese deporte competitivo que ensucia las mentes de los chavales. Una excusa para que el macaco de la grada se comporte como tal. El pan y circo de la chusma. ¿Y, nosotros, entonces, los futboleros que leemos a Proust y a Delibes? ¿O que, al menos, tratamos de leerlos cuando no dan Champions por la tele? ¿Qué somos? ¿Rarezas de zoológico? ¿Almas descarriadas? El fútbol, en “Rivales”, es esa costumbre prefascista que algún día habrá que prohibir para que reine la paz y la concordia. 

En mis tiempos de entrenador conocí a varios padres como estos de la película: gente atravesada, maleducada, muy básica de planteamientos. Con ellos mantuve un trato correcto pero distante. Muy distante. Pero también conocí -y eran muchos más- a gente maja, predispuesta para bien, ejemplar en nuestro campo y en el campo del rival. Padres que si vieran “Rivales” se verían acusados de un crimen sociológico que ellos jamás cometerían. 




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¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?

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El amor es sexo, y para todo lo demás, ahí está el diccionario de la RAE. Dicho de otra manera: cuando el erotismo sale por la puerta, el amor salta por la ventana. Es de cajón, de 1º curso de la Vida. No sé por qué existe tanta confusión terminológica. 

En 1993, cuando se rodó esta película, parecíamos más cerca de la verdad. No es que te rías mucho con la comedia de Pereira, pero entiendes bien a los personajes: hay oxitocinas, endorfinas, reacciones químicas muy interesantes... Ahora, con el regreso de las puritanas, la oscuridad vuelve a cegar nuestra mirada. Y a enturbiar el pensamiento.

Cuando se apaga la llama pueden pasar dos cosas: o viene el frío de la noche o queda un rescoldo acogedor. Que el sexo se acabe no quiere decir que haya que levantar el campamento. Es opcional. Pero el rescoldo, digan lo que digan, ya no es amor. Los griegos lo sabían y lo plasmaron en sus pergaminos. Nosotros, en cambio, que ya escribimos sobre las nubes, vivimos extraviados. 

Hay cien palabras hermosas para describir lo que ahora es calor de brasero y antes era fuego que quemaba. Se puede estar enamorado, sí, pero también encariñado, agradecido, relajado en  compañía. A gustito. No pasa nada. Hay una edad para todo; un estado del alma para cada circunstancia. “Llevo enamorado de mi mujer treinta años, pero ya nunca follamos”. Ese tío es un mentiroso, o como poco, un engañado de la semántica. Cualquier apego tiene su palabra justa y correspondiente. Que la busque y que deje de engañarnos. Y de autoengañarse. 

El amor sólo es una variante más de los afectos, aunque eso sí, la más citada y afamada. Las más evocada por los juglares. La más eléctrica y juguetona. La más presente en los títulos de las películas. Y es que el amor, al ser fuego, siempre deja cicatrices en la piel, y se hace difícil de olvidar. El amor es una amistad encamada. No sé me ocurre mejor definición que ésa. Se la escuché una vez a Antonio Gala, que era un sabio cursilón. 





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Moros y cristianos

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Todas las películas de Azcona y Berlanga son esencialmente la misma: el personaje principal desea conseguir algo y a su alrededor se confabulan los estúpidos para ponerle una zancadilla. A veces, demasiadas, el estúpido es el personaje principal, pero él no se da cuenta.

    Algunos desgraciados, como Plácido con su motocarro, o Canivell con sus porteros, salvan la jornada a costa de volverse casi locos. Otros, como el verdugo que no deseaba ejercer, o el bancario que no quería casarse, fracasarán en su lucha liberadora, y vivirán existencias muy tristes más allá del “Fin” anunciado por el rótulo. Pero aquí, la verdad, en Moros y cristianos, los turroneros se quedan en un limbo difícil de definir. Al final logran promocionar sus productos, pero por el camino se dejan un muerto, muchos dineros y la dignidad pisoteada de los apellidos: Planchadell, el de los listos, y Calabuig, el del tonto, que son sustituidos en los cartelones por una familia anglosajona muy alejada de Jijona.

        Alrededor de los personajes azcona-berlanguianos pulula una nube de moscas cojoneras que jamás aportan nada y siempre andan molestando. Son los amigos, los familiares, los extraños..., gentes que jamás escuchan a nadie y sólo están esperando su turno para colocar su rollo más o menos pertinente. Las películas de Azcona y Berlanga son, básicamente, el grito de Francisco Umbral en aquel programa de la Milá, donde exigió hablar de su libro tras tanto escuchar a los demás.

    Toda esta filmografía -quiero decir- es un estudio sobre la incomunicación humana. Cuando me sumerjo en las tramas, no noto fractura entre la realidad y la ficción. Cambia el contexto, pero la fauna es exactamente la misma que me encuentro por la vida. La vida, más allá de la tele, también está poblada por un ejército de incapaces, de pesados, de neuróticos, de egoístas, de pendencieros, de tarados, que salen cada mañana de sus trincheras para tomar posiciones en las colinas. Yo me creo Moros y cristianos a pies juntillas, con sus peseteros y sus liantes, sus imbéciles y sus salidos, sus mendrugos y sus aprovechados. Y me meo de la risa. Quizá porque yo también tengo lo mío...



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Vete de mí

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A las amistades las escogemos dentro del contexto que nos toca vivir: el patio del colegio, el lugar de trabajo o el bar de la esquina. Son, en cierto modo -porque también nos guía nuestra afinidad, y nuestro carácter- personas casuales, sustituibles si vienen mal dadas o si una mudanza nos separa. 

    La familia, en cambio, nos viene dada para siempre. Es obligatoria y eterna, hasta que la muerte nos separe. La familia no viene escrita a lapicero, sino cincelada en piedra como un mandamiento caído en el desierto, aunque uno viva en Melbourne y el otro en Ripollet. La lejanía, o el rencor, o la indiferencia, no te salvan de saber que en el mundo hay familiares que se parecen a ti. Que son como tú, en un porcentaje variable de sangre común. Los amigos, después de todo, son hijos de su padre y de su madre, y allá cada cual con lo suyo. Pero un familiar es el portador de nuestras reliquias más o menos presentables: un rasgo, un gesto, una manía, algo que nos recuerda que por esas venas también navega un barco con nuestro nombre repintado.

    Si el padre mira al hijo, o el hijo mira al padre, y se produce la aceptación resignada de esa similitud, la relación pude llegar a buen puerto. Pero si sucede, como en Vete de mí, que padre e hijo se miran y no se aceptan, y el primero ve en su hijo al fracasado que no despega en la vida, y el segundo ve en su padre al carca que no se atiende a razones, las puyas saldrán de las bocas como puñales que se clavan en lo más íntimo, envenenadas en el alcohol de la noche madrileña, de los bares y los prostíbulos. Juan Diego y Juan Diego Jr. no soportan mirarse en el espejo porque se reconocen a sí mismos imperfectos, y desgraciados, y prefieren echarse culpas que en realidad ninguno tiene. Cada uno es como es, y viene condenado por los genes.

    Hasta que llega la madrugada, y la resaca, y el cansancio de la brega dialéctica, y tomando como ejemplo a la Dama y el Vagabundo, Juan y Juan Diego firmarán la paz y la reconciliación compartiendo unos espaguetis sacados del frigorífico. Dos tipos lamentables que se abalanzan en silencio sobre el mismo plato, maleducados y ojerosos, reconociendo en silencio que lo que Dios ha unido jamás podrá separarlo el hombre.


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